José Luis Gómez Serrano

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No lejos del final de los Reinos Guerreros –sería más preciso decir: apresurando el final del período- nació en el reino de Wei un hijo de noble que desde niño se distinguió por su inteligencia; creció y estudió el reino, estudió otros reinos, estudió a los hombres y creyó encontrar la manera formal de volver grande lo que era pequeño, de desviar los ríos y de hacer producir la tierra. Ni los Anales de Chi no el historiador Sima Qin proporcionan mayores detalles de su nacimiento, lo presentan cuando es un alumno del maestro Kung Shu, quien cerca de su muerte lo recomienda a su señor, el rey Hui: “toma a tu servicio a mi discípulo Kung-sung Yang, porque tiene talento y su consejo te será útil en asuntos de Estado.” El rey escucha indiferente al maestro; éste percibe el desinterés y da una última recomendación: “si no lo quieres emplear entonces mátalo, y no dejes que abandone el país de Wei.” El rey continúa impasible y se va; el maestro advierte a Kung-sung Yang: “dije al rey que te empleara, mas no quiso; luego le dije que te matara y aceptó. Huye antes de que te apresen.” Las crónicas dan a entender que el rey era conocido por su indolencia, así como el reino de Wei por su fertilidad, y que el alumno rehusó, con desprecio, el consejo, contestando que si el rey no apreciaba su talento como para emplearlo, tampoco lo apreciaría como para matarlo. El rey olvidó el consejo y permitió, indolentemente, que su hijo el príncipe Ang continuara frecuentando a Kung-sung Yang.

Poco tiempo después llegó la noticia de que el Duque Hsiao, que era el rey de Qin, invitaba a los estudiosos a visitarlo porque quería emplearlos; en un documento que no podía ser leído públicamente en Wei, el Duque Hsiao anunciaba su deseo de recuperar la antigua gloria de Chin y conquistar el territorio hacia el Este, que su antecesor había perdido a manos de Wei. Kung-sung Yang, que había superado a su maestro y conocía las leyes y los hombres mejor que cualquiera en Wei, observó que puesto que en su país no era digno de vivir ni de morir, lo mejor sería que el Duque Hsiao fuera su rey, ya que sin conocerlo, lo esperaba; viajó al Oeste, al reino vecino, y solicitó audiencia con el duque. Por cuatro veces habló con él, intentando conocerlo y averiguar su pensamiento: primero le habló como a un Emperador, hizo comparaciones con las Tres Dinastías pero el duque replicó “si tengo que esperar mil años para ser emperador, no quiero hacerlo, necesito algo que pueda hacer en mi vida”; luego habló como a un Rey, lo escuchó distraído; después habló como a un Señor Protector, y mostró interés; finalmente habló de las formas de crear un Estado poderoso, y su conversación duró días, en donde Kung-sung Yang violó las reglas de etiqueta y se acercó hasta estar hincado sobre la alfombra en que se sentó el duque, pero las palabras que el monarca oía hicieron que no mirara la ofensa. Decidió emplear al forastero, quien a partir de ese día adoptó el nombre de Wei Yang.

Las leyes de Qin favorecían a una nobleza ociosa y empobrecían la vida del campesino, volviéndolo inútil para cobrar impuestos. La tierra cultivable pertenecía a los nobles, y el resto eran montañas llenas de bosques, y desfiladeros. Los campesinos que trabajaban la tierra de la nobleza estaban organizados con base al  (chin), que era una forma de proporcionar granos al dueño de la tierra y un pequeño diezmo al Estado. Wei Yang observó que era una forma muy improductiva de organizarse y que Qin nunca sería poderoso si el campo no producía lo suficiente; propuso cambios a la ley, pero el Duque Hsiao no se atrevía a hacerlos. Wei Yang dijo: “aquel que duda en la acción no obtendrá fama; el que tiembla ante los asuntos de Estado, no conseguirá mérito”. Otro consejero del rey replicó: “un sabio enseña sin cambiar a la gente, y un hombre instruido obtiene buen gobierno sin cambiar las leyes”. Wei Yang, que ya había estudiado a los consejeros del rey, contestó: “eso es lo que diría el hombre de la calle: seguir ciegamente las viejas costumbres y confiar en que las cosas mejorarán, sin cambiarlas. Tales personas son buenas para estar en una oficina y para aplicar la ley, pero no para crear la ley. Un sabio crea las leyes, un tonto es controlado por ellas; un hombre de talento reforma los ritos, un hombre sin valor permanece esclavizado a ellos”.

Wei Yang ganó la discusión y empezó a cambiar las leyes; los demás consejeros le guardaron rencor pero no podían hacer nada, porque el duque, quien no podía concebir los cambios necesarios pero deseaba ser poderoso, fue convencido de que el reino necesitaba nuevas leyes. Todo mundo en la corte se amparaba en los escritos antiguos, en las palabras de Lao Tzu y de Confucio; Wei Yang los despreciaba y pensaba de ellos que estaban aferrados a las costumbres y a los ritos que les permitían conservar su posición y vivir en la ociosidad, no porque fueran confucianos auténticos, pero era astuto y no los enfrentó directamente, sino que fue creando poder.

La tierra era de los nobles y estaba dividida en cuadros grandes, que a su vez se dividían en nueve cuadros más chicos como el símbolo , que significa ‘pozo’ y dio nombre a esta organización, chin; los cuadros exteriores eran asignados a familias, y el producto era de ellos; el cuadro central lo cultivaban en común y el producto era del dueño. Los antiguos habían escrito odas alabando al sistema, pero Wei Yang también los depreciaba a ellos, en especial a Mencio, quien afirmó para la vergüenza que los campesinos podían cultivar el gusano de seda y vestir con ropajes de seda, pero él conocía el campo y sabía que el único beneficiado era el noble, ya que el campesino vivía mal y el Estado no recibía nada. Decidió que el sistema chin era inadecuado, que los nobles no merecían recibir los frutos de la tierra sin cultivarla, les quitó las tierras y las dio a los campesinos. Estos se volvieron propietarios, brincaron de alegría al principio pero después surgieron los problemas entre ellos, cuando ya no tenían la autoridad del noble encima de ellos y eran libres de comprar y vender la tierra y de pelearse entre ellos mismos por los linderos de su propiedad, por el agua que debería pasar, porque los animales del vecino habían estropeado la cosecha o porque al vecino le había tocado el pedazo más grande.

Wei Yang no creía en los preceptos de Confucio para mejorar al hombre, y su prueba la obtenía en la conducta de los campesinos vueltos dueños y más pobres, aunque ahora poseían la tierra. Para remediarlo, organizó a los campesinos en pequeños grupos de cinco personas, en donde cada uno de ellos era responsable de los delitos que cometieran los demás; si uno de ellos rompía la ley, todos eran castigados. Estimuló el espionaje y la denuncia entre ellos mismos, todos tenían obligación de vigilar a sus vecinos y reportar cualquier conducta sospechosa; si alguien presenciaba un pleito a menos de cien pasos y no intervenía, era tan culpable como los pleitistas. Ofreció premios a los que denunciaran un delito, y sucedió que un campesino que llevaba la cabeza de un delincuente para cobrar la recompensa, se descuidó, alguien se la robó y cobró la recompensa. Un día llegaron dos soldados con una cabeza; declararon que era de un enemigo y querían su premio. No se pusieron de acuerdo en la repartición, empezaron a pelear, y el juez los mandó encerrar. Luego envió a sus agentes a investigar el destacamento al que pertenecían los soldados, y descubrieron que nadie más quedaba vivo, solamente encontraron los cuerpos de los compañeros, decapitados.

Para los nobles también creó premios; ya que les había quitado sus tierras, les dio la oportunidad de recuperarse mediante acciones de guerra, en cualquiera de los frentes que el belicoso país de Qin estaba librando. Dependiendo del mérito de la acción, así era la recompensa. Wei Yang consiguió, en el curso de unos pocos años, que todo mundo temiera los castigos, y como Confucio, no consiguió cambiar a los hombres pero él sí pudo cambiar su conducta.

Llegaban a oídos de Duque Hsiao quejas de las medidas que estaba tomando, pero cuando hablaba con Wei Yang, como le había tomado la medida desde las primeras audiencias, siempre encontraba argumentos para convencer al duque y obtener su aprobación. Un día el príncipe heredero rompió la ley, y el caso llegó con el hacedor de leyes. “No puedo aplicar a ti la pena prescrita, que es la muerte,” le dijo, “porque eres el heredero del reino, pero la ley tiene que aplicarse. Tomará tu lugar tu tutor, el maestro Kung-sun Chia; será muerto en forma benévola, decapitado.” Todo el pueblo supo que en ese reino ni siquiera el príncipe heredero podía quebrantar la ley, y nadie la violaba deliberadamente; si algo aparecía tirado en el camino, lo entregaban a las autoridades, se terminaron los asaltos en los caminos y la gente podía vivir en paz, aunque les pesara esa paz. Los que protestaban eran enviados a las fronteras del reino, donde morían a los pocos meses víctimas del trabajo que se les obligaba a hacer.

El país de Chin se volvió fuerte y próspero, y sus ejércitos añadían regularmente nuevos territorios. Llegaron finalmente a las orillas del Yangtze, desde donde se miraba la tierra original de Wei Yang. El territorio de Chin era muy montañoso y los terrenos agrícolas no eran muchos, al contrario de Wei que disponía de una gran planicie con la abundante agua del río.

Wei Yang habló con su rey: “las relaciones entre Wei y Chin son como un hombre enfermo del corazón y del estómago, no puede seguir así. Con el tiempo, bien puede suceder que Wei, poseedor de un terreno amplio y fértil, crezca, se vuelva poderoso y decida atacarnos, en este caso no habrá defensa ante ellos. O nosotros podemos adelantarnos, ahora que nuestras tropas están curtidas en muchas batallas; conquistaremos Wei, nos apropiaremos de la ribera Este del Yangtze, creceremos y desde ahí podremos conquistar a los demás reinos.” Wei Yang sabía que en su lugar de origen, donde la naturaleza era pródiga, se habían dedicado más a cultivar las artes que el arte de la guerra y que no pensaban atacarlos, pero su deseo de venganza contra ellos procuró palabras a su boca que despertaron la codicia del Duque de Hsiao, quien era incapaz de crear las oportunidades pero puesto frente a una de ellas, la tomaba. El rey aprobó el plan y nombró a Wei Yang comandante del ejército.

Invadieron el país de Wei, quien formó un ejército para enfrentarlos, al mando del príncipe Ang. Wei Yang envió embajadores al príncipe, diciendo: “es mejor que tú y yo, que fuimos amigos de jóvenes, nos reunamos para encontrar una solución en vez de enfrentar nuestros ejércitos a una suerte incierta.” Las palabras agradaron a Ang, aceptó reunirse con Wei Yang, quien lo agasajó con comidas finas, vino en abundancia y mujeres hermosas. El príncipe se sintió en confianza y bajó la guardia, y entonces aparecieron los guardias de Wei Yang, mataron al príncipe Ang y a su comitiva. Su ejército perdió la cabeza y se descontroló, lo que aprovechó Wei Yang para atacarlos y destruirlos. Cuando supo estas noticias, el rey de Wei gritó: “maldito de mí, que no supe atender el consejo del maestro Kung Shu y provoqué la muerte de mi hijo y la pérdida del reino.” De esta manera conquistó Wei Yang su país de origen. El Duque Hsiao lo recompensó entregándole tierras en feudo, y nombrándolo Señor de Shang. En el gobierno fue elevado al rango de Canciller.

 

Diez años después, el Señor de Shang era el hombre más poderoso del reino, el más temido por el pueblo y el más odiado por la nobleza. Pero el rey estaba contento porque había hecho crecer a Qin, y lo dejaba dirigir el gobierno; esto era lo único en que el Señor de Shang se comportaba según los escritos clásicos: el rey debe representar la dignidad pero debe delegar todo el trabajo en sus ministros.

Un día el Señor de Shang conoció a un noble llamado Chiao Liang; conversaron y lo apreció inteligente como él, se impresionó con sus palabras y le pidió que fuera su maestro, pero él le contestó: “tú te sientas mirando hacia el Sur, declarando ‘yo soy, quien está solo’; ya conquistaste el reino de Wei y ahora codicias los demás reinos de China. Así como has convertido a Chin en el pueblo más fuerte y más odiado de todos, así tú eres el hombre más fuerte y menos querido. Tienes que salir a la calle guardado por soldados, no puedes dar un paso en la plaza porque no sabes a quién, a quien mandaste cortar los pies por alguna falta, te podrás encontrar. ¿Qué seguridad puedes tener de una vida larga? El día que tu señor se levante de la mesa, ¿qué sucederá contigo? Los antiguos decían: ‘aquel que cultiva el favor del hombre, florece; el que pierde el favor del hombre, perece.’”

El Señor de Shang no quiso escuchar el consejo; cinco meses después el Duque de Hsiao enfermó, murió, y en su lugar fue rey el príncipe heredero, aquel que había violado la ley y fue castigado en la persona de su tutor. Todos los nobles que alguna vez ofendió el Señor de Shang se reunieron en torno al nuevo rey, y acusaron al Canciller de fomentar una rebelión para quedarse con el poder; enviaron soldados a apresarlo, pero ya había huido a los pasos de la montaña. Llegó a una posada y quiso hospedarse, pero el patrón le dijo: “de acuerdo a las leyes del Señor de Shang, si recibo en esta posada a alguien que no se pueda identificar, seré castigado. ¿Quién eres tú?” El Señor de Shang suspiró: “oh desgracia, que esas leyes inútiles hayan llegado hasta aquí”. Siguió su camino hasta el país de Wei, pero ahí todos lo odiaban por traidor, por haber matado al príncipe Ang con engaños y por haber traído muerte y destrucción. Decidieron aprehenderlo y entregarlo a Chin pero el Señor de Shang comprendió que ahí no podría obtener asilo y huyó, regresando a sus dominios en el país de Chin. Ahí juntó un ejército y se dirigió a la capital, pero las fuerzas del rey lo atacaron, vencieron a su ejército y al final, cuando solamente quedó él, lo descuartizaron y dejaron que perros y cuervos se alimentaran de su cadáver.

 

 

 

 

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