Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Una gran parte de la población mundial celebró el nacimiento del “Niño Dios”, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, su vida, breve, transcurrió, salvo la huida a Egipto en que sus padres lo llevaron lejos de la ira de Herodes el Grande, en una extensión quizás no mas grande que la superficie del estado de Aguascalientes. Excepto la multitudinaria asamblea en que obró el milagro de la multiplicación de los panes y los peces y la entrada triunfal en Jerusalén, su vida transcurrió en total discreción como correspondía a su etnia y a su rango social como hijo de un carpintero. Por más que los evangelistas lo emparientan con los reyes de Israel, su linaje cercano es mas bien modesto aunque por el lado de su madre se hablaban de tu con los ángeles, después del episodio de su extravío en que, luego fue encontrado disertando doctamente con los sacerdotes, el tono de su vida fue menor. Su muerte no alcanzó ni siquiera una mención específica en los anales romanos y su predicación no llegó a inquietar al prefecto Poncio Pilatos, quien no lo consideró reo para Roma y lo regresó a los sacerdotes judíos para su juicio. De los historiadores contemporáneos a él, no hay quien lo mencione y cuando lo encontramos citado por los cronistas romanos es cuando el cristianismo ha alcanzado cierta presencia en la metrópoli. La referencia encontrada en la Guerra de los Judíos de Flavio Josefo ha sido suficientemente desestimada por su falsedad, una extrapolación de algún bien intencionado padre de la Iglesia.
No obstante la relativa discreción y completa modestia en que transcurrió su vida, a los pocos años de su muerte, su doctrina se convirtió en la oficial del imperio romano y de allí se ha extendido a todo el mundo. Quizás dejando a un lado a los musulmanes que son muy prolíficos, como cristianismo, en sus diferentes concepciones sea la segunda religión más numerosa. Su incidencia en la historia ha sido tal, que incluso la datación se ha generalizado a todo el mundo occidental y por su influencia a prácticamente toda la tierra. El 25 de diciembre del año uno, la fecha de nacimiento de Jesucristo se ha tomado para regir el calendario mundial. Y, sin embargo, Jesucristo no nació el 25 de diciembre.

De hecho no sabemos cuando nació. En el Nuevo Testamento solo aparece una fecha y nada más el día y el mes, sin aludir al año. La fecha es 14 nisán, el día de su muerte. Ninguna otra fecha tenemos en los evangelios, por lo tanto los primeros cristianos se vieron en apuros para determinar una fecha para celebrar el natalicio. Como tampoco tenemos noticias de alguna celebración familiar y, quitando las bodas de Cana, tampoco sabemos que haya asistido a alguna otra ceremonia que no fuera religiosa. Sin embargo era conveniente fijar un punto de partida para el fundador de la religión que en pocos años se había convertido en la oficial de Roma y que se había difundido rápidamente particularmente en las ciudades. De hecho el nombre de paganos proviene de la palabra latina “pagus” que equivale a rancho, de manera que cuando se decía pagano era tanto como decir ranchero, porque era en las rancherías donde se habían conservado las creencias antiguas, el culto politeísta que los romanos habían heredado de los griegos. El cristianismo llegó como una novedad con un solo Dios, que, al margen de la fe, representa una gran ventaja de orden práctico. Adorar a uno solo, simplifica las cosas, porque con la religión tradicional, como podemos apreciar en los textos griegos y romanos, era vivir en la zozobra permanente de disgustar a alguno de los Dioses del Olimpo, o incluso a alguna de las deidades menores que pululaban en el mundo. Una religión moderna, con cultos sencillos, con una doctrina de amor, que  trataba por igual a todas las creaturas, que hablaba en la lengua vernácula y que no exigía grandes sacrificios resultó muy atractiva, por lo que se difundió más o menos con facilidad en las ciudades por su mejor comunicación. Es cierto, que muchas de las cualidades que hicieron atractivo al cristianismo primitivo, se perdieron con el tiempo, aunque justo es reconocer que S.S. Francisco ha hecho grandes intentos por retomar el espíritu del cristianismo sin boato y sin pompa, retomando su esencia de amor.

La religión cristiana cundió en Roma, muy seguramente también por el trabajo importantísimo de Saulo de Tarso, romano, quien formalizó su estructura tomando como modelo el que había tenido el sacro colegio pontificio, dotando a la incipiente iglesia de una formación ya probada que le permitió sobrevivir a las insidias, a las amenazas, a los ataques y a las herejías. Seguramente también se tomaron algunos elementos de culto de las religiones solares que tenían también la creencia en un solo Dios todopoderoso que identificaban con el Sol, o quizás por mejor decir, una de sus epifanías era el astro rey. De Mitra, el Dios persa, retomado en Roma como Heliogábalo, se celebraba su nacimiento en el solsticio de invierno, justamente después de la noche mas larga del año el día siguiente empieza a crecer la parte iluminada del día, hasta alcanzar su máximo en el solsticio de verano con el día mas largo del año.

Dionisio el Exiguo, que vivió a caballo entre el siglo cuarto y el quinto de nuestra era, que había hecho de la cronología su segunda vocación, tuvo una ocurrencia que le pareció absolutamente feliz por no decir inspirada: ¿por qué los cristianos tenían que contar sus años según el reinado de un emperador (Herodes el Grande) cruel asesino de los creyentes? ¿Por qué no numerar los años comenzando desde el momento en el que Jesucristo había nacido? Tomó como fecha de nacimiento el 25 de diciembre, fiándose de una tradición ya inveterada en su época. Haciendo estudios comparativos y retrocediendo en el tiempo, el Exiguo fijó la fecha del nacimiento de Jesucristo en los últimos días del año 753 de la fundación de Roma (el 1 de Enero del año 754 sería el primero de la era cristiana: Jesús tendría en ese momento ocho días). Éste fue su “error”. Herodes el grande murió en el 750 AUC (at urbes condita, de la fundación de la ciudad de Roma). La persecución de Herodes y la huida a Egipto debió ocurrir en el año 748, uno o dos años antes de la muerte del rey. De aquí que en rigor estamos viviendo el año 2023 de la era cristiana.

 

 

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