Carlos Reyes Sahagún

¡MMMMMenos díaaaas! En las oficinas públicas el saludo se repite cada mañana, mientras el corazón naufraga en un mar de sentimientos en el que, como oleaje embravecido, se mezclan; chocan entre sí, la nostalgia y la angustia, la tristeza de dejar de ser y la impotencia para evitar el destino que aguarda allá nomás, en seguidita del cada vez más próximo 30 de noviembre (30/11).

A lo lejos se vislumbra ya el barranco del desempleo en el que se despeñará más de una –primero las damas- y uno. Ya van muy adelantados los preparativos para el concierto que se verificará la tarde del 30/11, en el que se interpretarán obras maestras como Fallaste corazón, Cuando el destino, Las golondrinas, A mi manera, y otras muy del gusto de aquellos que pudieron todo y con todos, menos detener el tiempo.

Menos días, saludan en las oficinas públicas. Cada hojita arrancada al ya de por sí enflaquecido calendario es vista como el agua que entra en el casco abierto de un barco, y que rápidamente se aproxima a la línea de flotación. Entonces se cruzan los dedos, se cruzan los ojos, se cruzan las piernas; se cruza todo lo cruzable, la calle, la ciudad, la plaza, el tejabán de Dhr. Jan Hendrix y la catedral, con la inútil pretensión de evitar que el agua alcance esa línea, porque entonces sí, la nave llegará a un punto de no retorno; ese momento en el que el naufragio será inexorable. ¡Ay, cómo me gusta esta palabrita!: inexorable; esa y sus parientas cercanas: inapelable, irremisible, ineluctable.

Pero esta es sólo una metáfora porque en la realidad de un choque marítimo; del mar abierto que engulle naves, si en el buque dañado se achica el agua con la suficiente velocidad, es posible reflotar una embarcación (véase, por ejemplo el choque entre el Estocolmo y el Andrea Doria, la noche del 25 de julio de 1956, en el Atlántico norte).

En esta otra realidad, no hay metáfora: el barco se hunde y se hundirá… Se hunde de manera inexorable porque, ¿cuándo se ha visto que el Sol regrese del poniente; que los muertos revivan –no aplica a películas-; que los cocodrilos vuelen? ¿Cuándo? Entonces, lo que ocurre es que en esas oficinas comienzan a escasear las llamadas telefónicas y las citas, al igual que la gente que hace antesala, en tanto las agendas se van poblando de vacío por falta de actividad, y las pantallas de las computadoras van quedándose en blanco, porque no hay nada que escribir; nada que planear. ¿Para qué, si no hay futuro?; no hay mañana. Es como, perdóneme la afectación, el Canticum canticorum salomonis, una obra del compositor polaco Krzysztof –así se llama y ni modo- Penderecki, algo dantesco.

El barco se hunde… Por fortuna. En este sentido, el mayor acierto del Constituyente; el más grande acto de sabiduría del legislador, fue haberle puesto término al ejercicio del poder, plazo fatal, irremisible, inexorable, 30/11, seis años exactos. De veras que sí porque, de acuerdo a una regla de tres simplísima: si en seis años se sienten eternos, ¿Cómo se sentirían si de veras lo fueran?

¡Menos días! ¡Abandonen el barco! Los gallones -¿se acuerda de la expresión, muy socorrida en el pasado, para referirse a los poderosos?- o se embriagan –es metáfora- o se convierten en camaleones –no es metáfora-. Si es lo primero, será para no sentir cuando se los trague el mar de olvido que les espera gracias a su mediocre desempeño, o la soga que poco a poco va acomodándose en sus cuellos, para sostenerlos en el vacío -también es metáfora-, porque saben que su caso está perdido, y que la única puerta a la que pueden acceder es la de salida. ¡Viva la Revolución! ¡Muera el Supremo Gobierno!

Si es lo segundo, es porque animan esperanzas –los lazos familiares suelen ser más poderosos y efectivos que los partidistas. No cuotas ni cuates, pura familia-, y entonces, cual bailarina que ejecuta un solo en perfectísimas y silenciosas puntas, inician la travesía que los llevará de un lado al otro del Lago de los Cisnes, y en el trayecto migrarán de principios, de ideología, de todo, para tener un lugar en la próxima administración.

Por otra parte, de manera casi imperceptible al principio, así como el Sol va preparando lentamente su irrupción en el horizonte, pero luego con una fuerza arrolladora, en las personas que rodean a estos poderosos sexenales, en quienes los tratan, va operándose un cambio de comportamiento; de trato, como si de pronto estos gallones fueran convirtiéndose en gallinas, hasta terminar siendo pollitos que ni pío dicen.

Aquellos que en la cúspide de su poder veían a todos hacia abajo, poco a poco se han visto en la penosísima necesidad de levantar la cabeza hasta, quizá, invertir los términos, como si el proceso los fuera humanizando, convirtiéndolos en mortales tan mortales como todos los mortales. El respeto va despojándose del temor que alimentaron, para llegar a la conclusión de que, después de todo no eran ellos los interesantes, los inteligentes, los valiosos, los honestos, sino el poder de que estaban revestidos. Esfumado éste, trasladado a otras manos, se les acaba la gracia, la simpatía. Están listos; doraditos y calientitos, para que los devore El Basurero de la Historia…

Menos días, y contando… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).