Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

¡En sus marcaaas! ¿Listoooos? ¡Nooombraaaamientoooos! Como si se tratara de un lago canadiense al que llegan la luz y los aires cálidos de la primavera; como en la culminación del ciclo de hibernación de un ursus arctos horribilis –un osito, pues–; así mismo se animan las oficinas públicas y los cotarros del poblado. ¡Por fin el Trifese ha pronunciado! Ahora sí, ¡todos a sus puestos! ¡Todos a sus órdenes, Señor Gobernador!
Ahora sí, la cargada no se hace esperar; se deja venir a todo lo que da, porque quienes la protagonizan saben que van a lo seguro. Ya no hay dudas de ninguna especie; ya se eliminó el freno de la incertidumbre democrática y la elección impugnada. El beneplácito vuelve por sus fueros, y en más de algún caso el enemigo de ayer se convierte en partidario decidido de hoy, esto siempre y cuando sea posible. Total: es este el momento de la magnanimidad (aunque también puede ser el del ajuste de cuentas).
En el pasado de la unanimidad política; antes de que se inventaran la democracia y la diversidad política, cuando el “dedo oculto del señor” se pronunciaba, todo era alegría y fiesta, celebración por lo atinado de la decisión; la mejor posible, por supuesto, y las páginas de los diarios se llenaban de felicitaciones, seguridades de que el futuro estaba asegurado, compromiso de colaborar en la construcción de un destino promisorio. ¡Felicidades, licenciado! ¡En hora buena para el país, el estado, el municipio, y ya de plano la galaxia! ¡Yo siempre supe que usted era blablabla…!
Una vez culminada esta fase, el deporte preferido de todos era la confección de gabinetes, porque se tenía la certeza de que el designado ya había sido elegido y no habría vuelta atrás.
En aquel tiempo, despejada la incógnita sucesoria, todo el mundo se encerraba en los cafés; en los fumaderos –de tabaco– para confeccionar equipos de trabajo. Se veía quienes estaban alrededor del seleccionado; con quién desayunaba, comía, cenaba, quiénes iban a saludarlo, cómo los atendía, qué les decía… Los recibía, ¿les daba la mano, los abrazaba, les sonreía, les pasaba el brazo por el hombro? O, por el contrario, los hacía esperar, o de plano rehusaba reunirse con ellos, o sólo les daba la mano, muy serio, estirando el brazo así como diciéndoles: ni te me acerques. ¡Todo era una señal, todo era cábala!, y había que aprender a leer; a interpretar los signos de los tiempos.
Y ciertamente se especulaba, se barajaban nombres, pero no había nada seguro, aunque en más de alguna ocasión las suposiciones se convertían en realidad, pero en rigor, los nombres de los elegidos sólo se revelaban hasta la tarde del día anterior a la toma de posesión. Entonces venían el ya lo sabía, o la sorpresa por lo que le había tocado a fulanito… Este fue el caso, por ejemplo, del licenciado Joaquín Cruz Ramírez, cuando el gobernador Edmundo Games Orozco lo nombró su Secretario General de Gobierno, en diciembre de 1950. A muchos sorprendió la designación debido a que Cruz Ramírez estaba notoriamente distante del flamante gobernador, que lo invitó para, digamos, echarse a la bolsa al jaliciense.
En fin. Así eran las cosas en aquel tiempo, pero entonces, en 1995 inventamos la democracia, que profundizamos en 1998. Con ella apareció la incertidumbre; la saludable duda democrática, y entonces ya no se supo quién era el bueno –o la buena, diré, para que la magistrada Alanís no se me vaya a enojar–, y menos quiénes lo acompañarían. Con semejante incertidumbre a cuestas, los desplegados publicados en los periódicos disminuyeron casi hasta desaparecer, y las adhesiones abiertas cayeron en picada porque, ¿qué tal que ganara el otro y se enterara que no estuve con él desde el principio? ¡No! ¡Nunca! Calladitos nos vemos más bonitos, mientras no se anuncie el resultado final, pero final final, ¿eh?
En verdad fueron semanas difíciles, éstas en las que tuvimos que esperar a que decidieran los seis jurisconsultos devenidos en electores. En primer lugar, porque el tiempo se acercaba a su plenitud, y nada que se resolvía el asunto; la moneda seguía en el aire, a vuelta y vuelta, solazándose en el Sol. Unos decían que no, que la elección no sería anulada porque jurídicamente los elementos de la impugnación resultaban insostenibles. Otros consideraban que sí, porque por menos se anuló la elección del distrito 1° en 2015, en tanto unos más consideraron – ¡lo juro por la salud de su político favorito!– que el asunto ofrecía una oportunidad inmejorable para darle una lección a la Iglesia Católica, que se estaba saliendo del templo para ocupar la plaza –no fuera a ser que ya entrada en gastos se le antojara meterse a palacio–. Finalmente, también escuché que la petición de nulidad no prosperaría porque meterse con la Iglesia sería meterse en problemas, dado su ascendente, y como dijo el recientemente fallecido clásico: ¿pero qué necesidad? Señores: seamos laicos, pero no fanáticos. Ahora nomás quiero ver quién es el guapo, el machín, el valiente de Gobernación que le aplica un estate quieto a don Chema y eclesiástica compañía.
Mientras tanto en Ciudad Gótica el que se va; ese pequeño dios que vive su crepúsculo, que se humaniza conforme los menos días; el mismo que ya se está quedando solo, le canta al poder que se le escapa de las manos de manera inexorable; une su voz a la del excelentísimo Cuco Sánchez, y con él clama, proclama y reclama, fíjese bien: “Maldito sea tu amor, ¡cómo te estoy adorando! … Estoy hasta el mero fondo; no puedo caer más bajo… Mejor tú sigue feliz, ¡y a mí que me lleve el diablo!”.
Menos días, y restando… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).