Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Palabras en su homenaje en Jesús María el 21 de julio de 2018.

En el salón Las Palmas al fondo del Tívoli de San Marcos en ocasión del baile de graduación de alumnos de la Escuela Secundaria Federal Uno, amenizaban el festejo dos orquestas de Aguascalientes, cada una con su propia sintalidad que sin duda en buena parte provenía de la personalidad de sus directores, la del maestro violinista Polo Dueñas que había formado parte como músico y arreglista de la Orquesta de Solistas de Agustín Lara, que le daba un toque de formalidad y de romanticismo, alternando con la orquesta del “Chato” Juárez, con un toque sabrosón, guapachoso, bullanguero, que hizo que la concurrencia, mayoritariamente jóvenes, esperara sus tandas para bailar. Entonces conocí a Ladislao “Chato” Juárez. El entusiasmo, la alegría, el gusto, el buen humor, el optimismo y tomar las cosas por el lado bueno, que siempre se lo encontraba, marcaba su orquesta, marcó su música y marcó su vida hasta su último aliento. Postrado, con la enfermedad que nos lo arrebató, mantenía su temperamento y su carácter alegre, se daba sus mañas para seguir guaseando y regalar una sonrisa de consuelo a quienes pensábamos consolarlo por el mal tiempo que la salud minada le hacía pasar.

El Ferial de Aguascalientes que se le ocurrió a Víctor Sandoval, no hubiera existido sin la inventiva, el ludismo y la sensibilidad del Chato, que supo interpretar la idea de su compadre y transformarla en un divertimento que la salvó de ser un ñoño festival de fin de cursos de una escuela de artes. Acerbo como era Víctor, crítico y autocrítico; cuando le pregunté si le gustaba el Ferial me contestó entre broma y veras: “Lo quiero como a un hijo tarado”. Alguna vez se lo comenté al Chato y le pregunté lo mismo y me dijo “para mí es un hijo contento y estoy contento de haberlo tenido”.

Estoy seguro que el contento era la fórmula secreta del Chato para vivir la vida, para vivirla plenamente, de dentro hacia fuera, por ello, porque vivir contento es un antídoto contra la amargura, la depresión, la frustración y la angustia, dice Ramiro Calle. El Chato podía estar triste, podía estar enojado, podía estar preocupado, ¡Qué se yo!, pero siempre era contento. Esto quizás pueda no entenderse o malinterpretarse, la tristeza no es el opuesto al contento, sino el descontento, la insatisfacción y quizás la amargura. Asumir la vida con plenitud, exprimirla, aceptarla con sus vaivenes, con sus altibajos, agotarla hasta que de pura vivida no quede mas remedio que extinguirla para renacer como el Fénix a una nueva vida, que no tengo duda Ladislao presentía.

A veces me pregunto qué hubiera pasado si El Chato hubiera seguido trabajando en la Maestranza, así le decían a los talleres del Ferrocarril. Me lo imagino montando una comedia musical y ¿por qué no? Me imagino a los 5,000 o más trabajadores que llego a tener el Taller bailando la música de “ferrocarrileros” de uno de los feriales más alegres y lucidores, digamos de cuando el Ferial era el Ferial. ¿Les parece mucho 5,000? ¡pues no! cientos de miles han presenciado los feriales y han bailado en sus lugares, con “ferrocarrileros” y han coreado ese otro Himno a la Alegría que es el Pregonero de Rafael Alberti con la música del Chato Juárez. Pero no, para que imaginar, tarde o temprano, Ladislao hubiera llegado a la fuente de gracia que es la música, parafraseando a Amado Nervo. Pero lo notable es como de lo guapachoso pasó a lo académico sin perder su gracia y su jovialidad, conservando ese espíritu festivo que le daba soporte armónico a sus melodías juguetonas y joviales.

Su música, la del “Chato” tiene esa sensación de gozo sosegado, que se mantiene incluso en las circunstancias más difíciles, que invade de un contento vital y contagioso, que lo mismo disfrutan, como decían los programas de los circos, “chicos y grandes”. Nace del desapego, de la aceptación de sí mismo, de la aceptación de los demás y de la compasión, compasión en el sentido original de la palabra griega de donde proviene: simpatía, que es tanto como decir compartir la misma pasión, sentir con el otro, sentir como el otro, con una adecuada actitud ante la vida, evitando conflictos innecesarios, disgustos y preocupaciones.

Ladislao Juárez Ponce ha sido uno de esos personajes de excepción con los que la ciudad se enriquece, o por mejor decirlo, personas que a fuerza de conformar lo que la ciudad va siendo, se vuelven paradigmas, punto de partida y de llegada, una forma de ser que el imaginario colectivo adopta como propia, modelo de hospitalidad, de bonhomía, de cordialidad y ¿por qué no? De cierta socarronería que haría exclamar a las abuelas “Muchacho judío, eres de lo que cortó Cupido, lo llevó a empeñar y no le dieron nada”, en un regaño con un íntimo regüeldo de satisfacción por la vivacidad y la gracia, mas que de reproche o tacha.

En la música de Ladislao Juárez Ponce están presentes los trinos de los pájaros en la frescura matinal del Jardín de San Marcos y el vaho que despedían las regaderas, la tierra mojada y las últimas exhalaciones del huele de noche, las canelitas del legañoso camino al taller, los suspiros de la cafetera, los incitantes olores de la vianda,  los bufidos de la máquina de patio, el ronroneo de la fragua de pailería, el acompasado gruñir del serrote, el martinete del yunque, el imperioso ulular del silbato en la mañanita que se volvía triste recuerdo del Calvario a las tres de la tarde, y despedida a regañadientes por la noche, la llamada entre cachonda y deprimente de la cumbancha, el sonsonete de la lata con el que el ciego acompaña la letanía de su cansina y paciente imploración de la limosna, el rechinar de la cama, el resoplar del caldero, el arrastrar de las suelas con la cadencia del danzón cómplice y alcahuete, el tiritar de la neuritis post-alcohólica de las madrugadas de farra, el eco del alabado entre incienso, velas y beatas, el vibrante coro de inocencia al ofrecer las flores del mariano mayo o del junio del Señor, entre pétalos de flores y rastros húmedos de las regaderitas de agua florida, el yo pecador y el yo aventurero, la culpa y la expiación, el enamoramiento y el repudio, el amor y el desamor, la Aurora y el Crepúsculo.

Vital y  contagioso, calmado, humilde, sencillo y lúcido, tomando la vida como un aprendizaje incesante.

Donde quiera que estés Ladislao Juárez, seguramente como quería el filósofo Leibniz estarás componiendo música para las grandes esferas, para la infinitud infinita, pera la armonía suprema, para la alegría total. Déjame decirte: “Chato, estamos muy contentos de haberte recordado porque tu recuerdo nos ha contagiado de alegría, de felicidad, de contento.”

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