RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Lo que se pensaba que iba a ser un día de conmemoración, de recuerdo, de dolor acumulado o de dolor disminuido por el paso de los años, se convirtió después en una sencilla, pero importante para algunos, ceremonia de ensayo ante la tragedia. Muchos simularon en edificios públicos lo que pasaría y lo que finalmente terminaron haciendo cuando ese “si” condicional se convirtió en el “si” de la realidad que no lee los boletines del gobierno, que no sigue los manuales de la protección civil y que de pronto los flageló con el coletazo terrible de un sismo inmenso. Inmenso por su cercanía y por un recorrido como de serpiente que venía del sur y que entró de la zona de Puebla, de Morelos y que después partió los Pedregales de Coyoacán y se fue a reventar en el corazón de la vieja y ya lastimada Colonia Roma con su moderna conurbación de la Colonia Condesa. Hoy la Ciudad de México sufre una vez más, pero hoy la ciudad encuentra una vez más un elemento para la esperanza, la confianza y la fe. Hoy el gobierno extrañamente no escucha las voces en su contra. Hoy el gobierno camina tomado de la mano con la gente. Y la gente se deja ayudar. El gobierno ha desplegado al Ejército. Sí, a ese Ejército que dentro de un mes todo mundo recordará el día 2 con otros tonos. Pero hoy el Ejército, la Marina, los médicos del sector salud, el gobierno de la CDMX, el Gobierno Federal, la Secretaría de Educación Pública, ¡todo mundo! está atento a la restauración de esa ciudad que no está, ni mucho menos, en un momento de agonía. Está en un momento de dolor, en un momento de tristeza, pero hace falta mucho, mucho más para vencer a la Ciudad de México.

 

¿APLICAR LA LEY O APLICAR EL PRETEXTO?

El caso del asesinato de la jovencita Mara Fernanda Castillo, en la ciudad de Puebla, tuvo a todo el país en una circunstancia de indignación que verdaderamente colmaba los limites de muchos otros casos anteriores, por desgracia, porque cada uno que se agrega de esta abusiva manera y con estos tintes de impunidad es un agravio no solo para la persona victima de todo esto, sino es un agravio a su género y a la sociedad  ¿y porque no?, también a la humanidad, porque estamos hablando de valores que van más allá. Estos crímenes repugnantes a veces de odio, encuentran un complemento que yo me atrevería a decir tan indigno casi como el hecho mismo y que es la culpabilización de la víctima. No es posible que alguien desde la universidad donde esta muchacha estudiaba en Puebla diga que esta es una consecuencia del libertinaje femenino juvenil contemporáneo. La gente tiene derecho de vivir y su manera de vivir, siempre y cuando no transgreda los límites de la ley y los límites de la vida normal. No tiene porqué ser aparentemente o en un intento extraño de justificación o de explicación sin inteligencia atribuido a que si no hubiera estado haciendo lo que estaba haciendo no le habría pasado nada… ¡mentira! Miles de mujeres del mundo salen a cenar o a divertirse con sus amigos en todas partes del planeta y a todas horas del día o de la noche, y eso no justifica que se le atraviese en el camino un asesino que la viole y después la mate.

En lo personal no creo mucho en las protestas multitudinarias que me huelen un poco a transferencia de responsabilidades. Creo que para terminar con el feminicidio, que no es sino una forma definida de homicidio, de la privación de la vida de un ser humano, es simplemente aplicar a ley. Quien priva de la vida a otra persona debe recibir un castigo. Si de mí dependiera yo le daría otro castigo, pero yo ni hago las leyes ni las aplico, yo solamente veo a mis hijos, veo a mi hija, veo a mis nietas, y sigo pensando que yo aplicaría otro código frente al feminicidio y la violencia extrema contra la mujer.

La madre de Mara Fernanda Castillo dice que lo único que quiere es que haya justicia y que no haya otra más ni tampoco que haya una menos y eso ha movilizado con total irritación a los distintos grupos de la sociedad que han lanzado a la calle este llamado una vez más. Para algunos estas marchas nunca salen sobrando pues son lanzar la voz para llamar la atención, pero no satisfacen, ya que no se juzga ni se sentencian culpables con una marcha. Se juzga y se sentencia con una aplicación correcta de la ley y para eso debemos vivir en un país de leyes y de protección de los ciudadanos. Protección de todos. Y no podemos creer, como en otros casos, que ahora se vaya a pedir que haya protección especial para las jóvenes y para las mujeres que salen de los restaurantes como si se tratara de otros grupos sociales que han sido vulnerados.

Tal vez haga falta reforzar las leyes, hacerlas todavía más severas. Habrá quien diga: “Un tipejo de estos merecería el peor castigo que marca la ley”, que es una prisión prácticamente perpetua; tengo entendido que la Fiscalía de Puebla va a exigir en contra del presunto asesino 85 años de prisión.

Creo que debe haber un enorme rigor en la aplicación de la ley. ¿De cuál? De la que hay. De la ley que es justa, de la ley políticamente aceptada y que es la ley que tenemos. Y aplicarla con rigor sin clemencia y sin subterfugios de este tipo de que el procedimiento, y el debido proceso, y todas esas rendijas por donde se escapan los delincuentes. Ya por ahí nos dijeron de 12 o 13 mil personas que salieron de la cárcel no con delitos tan graves como del que estamos hablando, pero salieron. Ahí está el desafío: aplicar la ley o aplicar el pretexto.

 

 

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