El Clasicismo

Por J. Jesús López García

Al hablar de lo «clásico», más allá de la banalización en que ha caído la palabra, que en la actualidad denota una forma de catalogar lo que habiendo pasado su momento, se queda en el imaginario popular, refiriéndose de manera estricta a lo circunscrito en el periodo de mayor esplendor de la cultura helénica, ya que la Grecia Clásica es el punto de inflexión para comprender en síntesis lo mejor de esa cultura madre del mundo occidental, periodo en que se va gestando en pensamiento y arte la mayor fracción de la personalidad del hombre europeo.
A partir de ello puede decirse que lo clásico es una manera de ver las cosas como «lo que deben ser», de ahí que en materia arquitectónica el clasicismo ha estado presente en la producción romana, en buena parte de la edificación medieval europea, en el Renacimiento, de manera velada en el Barroco y de forma definitiva en el neoclasicismo del siglo XVIII y XIX –1760-1830–, periodo en que las excavaciones de Pompeya y Herculano, antiguas ciudades romanas enterradas por la erupción del Vesubio antes de cumplirse el primer siglo de nuestra era, comenzaron a revelar arte y arquitectura que estuvieron ocultos casi dos mil años contagiando así el entusiasmo por conocer más de aquel mundo cercano por geografía a muchos arquitectos de la época, pero lejano en el tiempo.
No es que el mundo antiguo grecolatino, que llamaremos «clásico», fuese desconocido, la ciudad de Roma mostró sus ruinas siempre aunque fuese de manera parcial, por ese lapso, lo mismo puede mencionarse acerca de la antigua Atenas y muchos otros sitios en que se sobrepusieron periodos diversos, sin embargo en el siglo XVIII, la atracción por lo clásico fue valorado como epítome de lo mejor del mundo occidental, el punto de equilibrio entre una cultura en ascenso y su fase posterior de declive.
El clasicismo ha sido siempre una especie de fiel de balanza en que se considera el valor de un planteamiento intelectual o artístico, independientemente de su época y situación, ya sea por compatibilidad o antagonismo. Ejemplo de ello es que una corriente contraria de la mesura y racionalidad clásica fuese el barroco del siglo XVII, que en Francia e Inglaterra careció de esa imaginería caprichosa propia del estilo en Italia, España y la América española, por ello se le denominó a ese barroco galo e inglés «clasicismo» pues si bien manifestaba algunas «licencias típicas del barroco», en su esencia se parecía más a la manera clásica de realizar arquitectura. No en balde fue en Francia donde surgió la Ilustración y ambos países la Revolución Industrial, pues su manera racional de posicionarse en el mundo fue totalmente afín a la sobriedad clásica.
En el caso de los cambios, modificaciones y las consecuencias que trajo consigo la Revolución Industrial fueron, en particular en la Inglaterra del siglo XVIII, y en general en Occidente: crecimiento del número de habitantes, ampliación de las fábricas y por ende la mecanización de éstas.
Por otra parte, el «neoclasicismo» es el gran estilo Ilustrado del siglo XVIII, aunque para hacer honor a la verdad, durante el Renacimiento en el siglo XV se dio por primera vez el resurgimiento de los modelos clásicos –en pensamiento y en arte. No es casual que el pensamiento moderno como periodo histórico haya iniciado en ese siglo de los mil cuatrocientos, en tanto que el mundo contemporáneo marcó su comienzo en el llamado siglo de las Luces, siglos ambos en que se renovó el aprecio y el conocimiento de la cultura clásica de griegos y romanos.
En el siglo XIX, algo saturado de esa racionalidad neoclásica, apareció el Romanticismo que se contrapuso a ella con la emocionalidad que le caracterizó. Se ha dicho que el clasicismo veía las cosas «como debían ser» y el romanticismo «como se quería que fuesen». Aún así la iconología clásica siguió permeando en la arquitectura romántica por excelencia del eclecticismo. Un excelente ejemplo lo es la portada de la finca del Museo Regional de Historia ubicado en la calle Venustiano Carranza. Por su época de construcción se enmarca en el eclecticismo tardío, sin embargo por su composición obedece en buena medida a un neoclásico de pautas libres: edificio de un solo cuerpo rematado con un entablamento tradicional; vanos terciados con remates circulares y triangulares –una convención renacentista–, una sillería realzada en franjas horizontales que se «doblan» hacia abajo para converger en los dinteles, y una portada que se realza por pilastras con capiteles jónicos y rematada por un dintel interrumpido triangular.
Es un edificio sobrio que corresponde al eclecticismo pero que formalmente en la fachada –el patio principal es otro tema–, tiene una afinidad clara con el clasicismo, el cual no acabó en el siglo XIX. Sin duda alguna que nuestra ciudad acalitana guarda un sinfín de sorpresas arquitectónicas que aún no hemos sabido valorar. Sólo basta recorrer el centro citadino, para disfrutar de un enorme cúmulo de fincas que nos «hablan» de formas de ser y pensar, anhelos de gente que nos precedió, hagámoslo pues.

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