Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Discutían un grupo de viejos sabios, quizás más viejos que sabios, o vaya a usted a saber acerca de cual era la profesión más antigua del mundo. No faltó quien cayera en el consabido lugar común de mencionar a las meretrices. -Por supuesto que no – apuntó uno de los mas viejos – meretriz viene de merx, mercancía, primero se inventó la merx y de allí la meretriz, de manera que el oficio mas antiguo sin duda es el de mercader. -¡Qué puños de esperanzas! – intervino otro que de tan viejo tenía arrugas en las arrugas – De veras que son ustedes ignorantes, yo desde el catecismo del padre Ripalda, del mismo que nos enseñaban en la Doctrina y que nos daban vales para el cinito de la parroquia, que Jehová extrajo una costilla a Adán para formar a Eva. Qué duda cabe que la más antigua profesión es la de cirujano. – Paren allí – gritó un jubilado de la Compañía de Luz, que había trabajado 5 años y tenía 55 de jubilado – No digan tonterías, todos sabemos que Dios creador dijo “Hágase la luz” y la luz se hizo. De manera que antes de Fidel Velázquez y de la Güera Rodríguez Alcaine, ya existía un electricista, el mismísimo Jehová, tendrán que aceptar que electricista es la profesión más antigua. Todos estuvieron de acuerdo, es decir casi todos, porque faltaba la opinión de un viejo sabio líder de colonia, que había ido al baño pero como estaba prostático dilataba mucho en hacer de las aguas, hablando como orinaba, es decir tartamudeando afirmó como ametralladora: La pro-pro-profesión ma-ma-más anti-anti-gua del muuuundo es la po-po-po-lítica. Y luego inexplicablemente como habló de corridito: Antes de la creación del mundo existía el CAOS, no hay duda de que allí había un político.
Recordé este viejo chiste anoche al pergeñar estas apresuradas y húmedas notas, luego de tardar tres horas en llegar desde el centro comercial Asaltaria, hasta mi oficina en el río Madero, navegando a medio nudo por hora por las rías de la ciudad. El caos instalado de babor a estribor y de poa a propa de la ciudad. Sin duda que la precipitación pluvial de ayer en la tarde que se prolonga hasta la hora de escribir estas mojadas letras que son las 23.30, debe haber provocado además del desorden, embotellamientos, inundaciones, quizás algunos derrumbes, colisiones de vehículos, algunas víctimas que deseo fervientemente superen las lesiones. Una tormenta de esa magnitud normalmente no es esperable en Aguascalientes, pero dados los casos cercanos de Guadalajara y de Guanajuato, por citar sólo dos, no era improbable que aconteciera. Las autoridades reaccionaron habilitando recursos y actuando dentro de su falta de equipo y de preparación razonablemente bien. ¿Hubiera sido posible tomar algunas medidas preventivas? Quizás sí, y quizás habrá que tomarlas porque la temporada de lluvias apenas comienza y dados los evidentes signos del cambio climático habría que hacerlo sin demora.
Es cierto que muchas de las inundaciones que se presentan son como resultado de un trabajo inadecuado, por decir los menos, de los servidores públicos en su momento. La avenida López Mateos, por ejemplo, originalmente fue planeada por Carlos Contreras, el urbanista hijo del gran escultor finisecular Jesús F. Contreras, que hizo el primer plano regulador de la ciudad durante el gobierno del Ing. Jesús Ma. Rodríguez y la presidencia municipal del Ing. Luis Ortega Douglas. Dicen las malas lenguas, que en Aguascalientes son pocas pero tupiditas, que algún gobernador previsor compró terrenos a lo largo y a lo ancho del arrollo que era la actual López Mateos, haciendo una inversión que prometía ser un pingüe negocio, pero, como dice el dicho, “para uno que madruga, uno que no se acuesta”, un gobernador subsecuente determinó reducir el ancho de la avenida, por lo que al construirla quedaron terrenos entre lo pavimentado y los terrenos que el anterior gobernante había adquirido.
La avenida López Mateos se construyó pero se olvidaron de que a veces llueve en Aguascalientes, y no le hicieron un drenaje pluvial suficiente para desahogar las avenidas que naturalmente siguen el cauce del arrollo. La naturaleza se empeña en seguir sus caminos y no entiende de señales de tránsito ni decretos gubernativos. Don Juan Morales, presidente municipal inició una obra importantísima como lo es el canal interceptor, que luego terminó junto con obras del río San Pedro el Ing. Miguel Ángel Barberena. Luego vinieron las eras de los puentes y los pasos a desnivel y no obstante lo avanzado de la ingeniería la falta de previsión, o el escamotear la provisión, o la negligencia o la incuria, hicieron que cuando llueve más o menos fuerte, los pasos se inundan y se convierten en obstáculos para la circulación y el desfogue del tránsito. No es la primera vez que sucede y seguirá sucediendo, mientras prefieran hacer obras suntuarias, de remodelación, o de imagen y no se ataquen las necesarias obras pluviales.
La calle Madero es otro buen ejemplo, desde que fue pavimentada la primera vez, por ahí a mediados del siglo XX se le hizo un buen drenaje pluvial, pero al rehacerla hace no mucho mandaron al botadero una losa de concreto de varios decímetros, la sustituyeron y se olvidaron, otra vez, de que a veces llueve. Algo parecido sucede con Venustiano Carranza, Nieto, Galeana y otras calles céntricas. No pusieron o no calcularon adecuadamente, para el caso es lo mismo, la cantidad de agua que tendrían que desalojar.
Algún constructor me comentó que las obras estaban calculadas para soportar por encima del promedio, sin embargo esa explicación equivale a decir que en la Ciudad de México bastaría que los edificios se construyeran para soportar el promedio de intensidad de los temblores de los últimos 100 años. En un temblor por encima del promedio todo se derrumbaría. Las obras deben construirse no el promedio sino el más alto gasto o esfuerzo que se prevea y más.
Lo hecho, hecho está, pero por allí andan muchos de los responsables, políticos o constructores, ¿no sería dable exigirles responsabilidad?. Por allí andan muchos de los que planearon, autorizaron o construyeron. ¿Por qué debemos los ciudadanos asumir los riesgos e inclemencias de obras mal planeadas, mal hechas o mal ejecutadas?. ¿Por qué seguir realizando obras de apariencia, de relumbrón, de remodelación mientras continúa la necesidad, como vimos anoche, de reacondicionar pasos a desnivel, calles, drenajes, etc.. ¿Será mucho pedir? Mucho me temo que sí.

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