Mircea Mazilu

Ninguna revolución se puede entender y explicar si no se lee y se investiga sobre la situación previa a ella. Para comprender por qué estalla, por qué alcanza tales dimensiones y por qué logra tantos cambios, es necesario saber cuál era la realidad socio-política del país antes y cómo vivían en ella los actores que más tarde protagonizarían la rebelión contra el orden público. Así pues, el presente artículo analizará cuál era el papel de los campesinos, los protagonistas de las clases bajas en el México rural de principios de la centuria pasada, y cómo vivían éstos en la época del Porfiriato, el momento clave para entender el porqué del estallido de la Revolución de 1910.

En líneas anteriores mencionaba la división del campesinado mexicano en peones, comuneros y campesinos libres. En las presentes me gustaría hablar un poco más de cada uno de ellos, empezando por el primero. Los peones son la mayoría de los trabajadores en el campo que han sido despojados de sus tierras por el régimen porfirista y están obligados a trabajar para un señor de por vida, debido a una deuda ficticia que adquirieron con respecto a éste, una deuda que se transmite de padres a hijos y de generación en generación. Éstos trabajadores desafortunados reciben jornales nominales de entre 25 y 50 centavos diarios, nunca pagados en efectivo sino en vales de crédito con los que pueden comprar su comida, normalmente más cara que sus ingresos, en la tienda de la hacienda. Los peones son predominantes en el Centro y en el Norte del país y constituyen alrededor del 80% de todos los trabajadores de las haciendas y plantaciones en México.

En los estados del Sur, predomina un sistema de peonaje llevado al extremo que, en su viaje por México de 1907-1908, John K. Turner llamó esclavitud. Efectivamente, en aproximadamente 10 estados del sur del país, los señores de la tierra compraban personas o, debido a “las deudas”, las obligaban a trabajar toda su vida en unas condiciones inhumanas con castigos y puniciones que, en muchas ocasiones, acababan con la vida de los trabajadores. Así sucede en las plantaciones de henequén de Yucatán y Campeche, en las industrias maderera y frutera de Chiapas y Tabasco, en las plantaciones de hule, café, caña de azúcar, tabaco y frutas de Veracruz, Oaxaca y Morelos, por mencionar algunos. Se calcula que entre 750 y 800 mil personas trabajaban en condición de esclavos en 1910 en México.

Este estado de las cosas tiene su explicación en la administración de Porfirio Díaz, durante la cual los campesinos acabaron en peones o esclavos debido a la ley de registro de la propiedad promulgada por el dictador, la cual permitió que los favoritos de éste se apoderaran de todas las tierras cuyos propietarios no podían demostrar posesión sobre las mismas. Antes del Porfiriato, cuando una persona poseía una tierra consideraba simplemente que era suya, ya que su familia, desde épocas coloniales, era dueña de ésta. La administración de Porfirio les quitó las tierras a los campesinos que no tenían registro sobre las mismas y transformó México en un sistema de servidumbre.

Por otra parte, hay que mencionar la figura del comunero, que pertenece a una comunidad de campesinos, igual de explotada y maltratada por un señor, quien se hace dueño de sus tierras. Tanto los peones como los comuneros, son constituidos en su mayoría por indios que no hablaban español y no estaban integrados en la nación, a diferencia de los mestizos que sí hablan español, están más integrados en la nación y en el comercio y, en muchas ocasiones, son pequeños propietarios de tierras.

Finalmente, los campesinos libres son aquellos cuyas tierras han sobrevivido a la ley de registro del Porfiriato, aunque su tamaño en muchas ocasiones no superaba las 10 hectáreas. Esto se explica por la ubicación de sus tierras en montañas o en lugares poco accesibles o por las luchas encarnizadas que éstos campesinos llevaron a cabo contra las autoridades. En 1910, sólo Oaxaca, Morelos y Guerrero tenían la mitad o más de su población en condición de campesinado libre. Por último, en la élite de este grupo se encuentran los rancheros, propietarios ricos del campo cuyas tierras oscilan entre 100 y 1000 hectáreas y cuyo número alcanza los 50 mil en 1910.

En definitiva, a la altura de 1910, el campesinado mexicano ha sufrido demasiado y está listo para iniciar una lucha en contra del régimen de su país, a pesar de que es un mundo con realidades y situaciones muy diferentes. No hay una mentalidad o una conciencia de clase y de unidad, de ciudadanos y miembros de un país, de objetivos e intereses a perseguir de forma común como pertenecientes al mismo escalón social. El campesinado mexicano de esta época es un mundo muy diverso y fragmentado, un factor importante a tener en cuenta más adelante cuando hablemos de su participación en el conflicto armado que estallaría en 1910.