Luis Muñoz Fernández.

Una de aquellas tardes otoñales me emocioné ante la contemplación de una puesta de sol, con sus árboles a lo lejos y sus nubes rosadas e iridiscentes. De algún modo me identifiqué con aquellos árboles, con aquellas nubes, con aquel sol espectacular que parecía esconderse tras los montes sólo para que yo fuera feliz. Ver bien la realidad –fue entonces cuando lo intuí– es verla como espejo de uno mismo y del mundo. Porque todo reverbera en todo. Y porque en aquellos árboles, como en aquellas nubes o en aquella puesta de sol, estaba yo, aunque entonces, como es natural, no podía expresarlo como ahora. Me había visto a mí mismo y al mundo sea en su frondosidad o en su abandono, en el caso del árbol; en su color o volubilidad, en el de la nube; y en su majestuosidad en el del sol. Y, ¿cómo no emocionarse al comprobar que todo, absolutamente todo, está en cualquier cosa?

Pablo d’Ors. Entusiasmo, 2017.

 

La muy recomendable biografía de Alexander von Humboldt escrita por Andrea Wulf (La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt. Taurus, 2017) es el deslumbrante fresco de una época que dio origen a la nuestra o, por lo menos, a la de los que nacimos en pleno siglo XX.

De los numerosos personajes, relatos y conceptos que en ella aparecen, me atrevería a asegurar que el núcleo principal del libro gira en torno a lo que la escritora considera el mayor legado del científico alemán: su visión integradora de la naturaleza, incluyendo al ser humano, y la indisoluble relación entre el registro e interpretación racional de los hechos a través de la ciencia y los sentimientos que este conocimiento despierta en el espíritu humano. La hoy cada vez más evidente correlación y necesidad mutua entre la ciencia y el humanismo, entre la ciencia y el arte, entre los conocimientos y los sentimientos.

Es una biografìa que se acompaña de otras biografías, las de aquellos que se vieron influidos por el poderoso legado de Humboldt, herencia que determinó su vocación y forma de entender el mundo. Así, surgen al final del libro las vidas de Charles Darwin, Henry David Thoreau, George Perkins Marsh, Ernst Haeckel y John Muir:

Los discípulos de Humboldt, y después los discípulos de estos, transmitieron su legado con discreción y sutileza y, a veces, sin querer. Los ambientalistas, ecologistas y escritores de la naturaleza de hoy en día tienen sus raíces firmemente plantadas en la visión del naturalista del XIX, aunque muchos no hayan ni oído hablar de él. Humboldt es el padre fundador.

El biólogo español Miguel Delibes de Castro nos dice que existen dos enfoques sociales en beneficio de la naturaleza:

Para unos, el valor del medio natural es intrínseco, trasciende a su utilidad para la especie humana, mientras que para los otros, es al contrario. Ambos defienden conservar el ambiente, pero los primeros entienden por ello básicamente preservar espacios libres de la influencia humana (por ejemplo, los parques nacionales), en tanto que los segundos se refieren a conservar los recursos naturales usándolos prudentemente (por ejemplo, las pesquerías). Por este motivo, históricamente se llamó a los unos preservacionistas y a los otros conservacionistas… la persona a la que indefectiblemente aluden todos los textos cuando mencionan la preservación de la naturaleza, el paladín supremo del movimiento preservacionista, fue John Muir.

John Muir nació en Dunbar, Escocia, el 21 de abril de 1838 y murió en Los Ángeles, California, el 24 de diciembre de 1914. Su padre fue un hombre profundamente religioso que obligó a sus hijos a que  aprendiesen de memoria muchos pasajes de la Biblia. Cuando John tenía once años, su padre decidió emigrar con su familia a los Estados Unidos, ya que pensaba que allí podría vivir de acuerdo a los principios bíblicos. Esta idea encajaba en la concepción que los norteamericanos blancos tenían respecto a su misión en los Estados Unidos: hacer realidad el reino del cielo en la tierra. Era parte de la doctrina del Destino Manifiesto que ya circulaba en aquella época.

Tras pasar una temporada en Canadá para evitar ser reclutado durante la Guerra de Secesión, Muir regresó a los Estados Unidos en 1866. Trabajando en una fábrica de carruajes en Indianápolis, sufrió un accidente que casi lo dejó ciego, sin embargo, logró recuperarse por completo. Tomando este hecho como una señal divina –Dios tiene que llegar casi a matarnos para enseñarnos sus lecciones–, decidió seguir los pasos de Humboldt en la Amazonia. Recorrió a pie las más de mil millas entre Indianápolis y la Florida pero allí enfermó de malaria y tras un corto viaje a Cuba, no logró su propósito de viajar a Sudamérica. Lo conseguiría hasta 1908, con 70 años cumplidos.

Amante de la naturaleza desde niño, decidió ir a California, llegando a San Francisco en 1868. No le gustó la ciudad, así que la dejó de inmediato y atravesando a pie todo el Valle Central de California, llegó a la Sierra Nevada, disfrutando el contacto con las flores y el aire puro del Valle de Yosemite, en la ladera oriental de la Sierra. Allí permanecería de manera más o menos continua hasta 1874. A partir de entonces, se dedicó a escribir sobre su vida en Yosemite y sobre otros viajes que realizó después.

Su pasión por Yosemite, lugar que describió vívidamente y con detalle en sus artículos, atrajo el interés de los norteamericanos hacia la naturaleza, cosechando un gran número de seguidores, lo que le ayudó a lograr que el gobierno federal decretara en 1890 la creación del Parque Nacional de Yosemite, el segundo de los Estados Unidos después de Yellowstone (1872) que se ubica en los estados de Wyoming, Montana e Idaho. En 1901 escribió el libro Nuestros parques nacionales. Cuando lo leyó, Theodore Roosevelt le escribió a Muir para pedirle que le organizase una visita a Yosemite guiada por él: No quiero a nadie conmigo, salvo a usted, le dijo el presidente de los Estados Unidos. La visita ocurrió en 1903, juntos se fotografiaron en Glacier Point y acamparon sobre la nieve entre las gigantescas secuoyas.

Se considera a John Muir un defensor de la naturaleza en la línea “romántico-trascendental”, es decir, que veía en el mundo natural la expresión de la obra divina e incluso la presencia de Dios mismo. Es lógico dado el entorno familiar en el que creció. Las descripciones de los paisajes que contemplaba nos muestran esta faceta tan característica de Muir:

Llegaba ahora el atardecer, solemne y callado. Alargadas sombras azules, puntiagudas, se arrastraban por los campos nevados, mientras que un resplandor rosado, apenas discernible al principio, se hacía cada vez más intenso y teñía las cimas de las montañas, sonrojando a los glaciares y a los riscos ásperos que los coronaban. Se trataba del arrebol alpino, una de las manifestaciones terrenales de Dios más impresionantes que haya visto. Al tacto de esta luz divina, parecía que una conciencia embelesada, religiosa, despertaba en las montañas, que permanecían en silencio y expectantes como feligreses devotos.

John Muir fue de los primeros en advertir el papel de los glaciares en la conformación de los valles y montañas por arrastre y erosión a lo largo de miles o millones de años. “Los molinos glaciares de Dios muelen despacio”, decía refiriéndose a ellos.

Sus escritos muestran que necesitamos preservar espacios naturales no sólo para su conservación, sino como auténticos santuarios a los que acudir para restablecer nuestra salud espiritual tan maltratada por los agobios de la vida cotidiana.

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