Luis Muñoz Fernández

Entre los años de 1940 a 1960, los fundamentos para la enseñanza de la materia residían, prácticamente, en el libro de texto, auxiliado de un simple, casi raquítico, apoyo de la disección. La anatomía constituía una disciplina que sólo se memorizaba y que, lamentablemente, muchas veces no se comprendía.

Como el número de alumnos que ingresaban en la facultad resultaba muy alto, la asignatura era utilizada como filtro, para evitar el excesivo paso de estudiantes al segundo año de la carrera. Ello hizo de la anatomía una leyenda borrascosa, traumática y negra.

Vicente Guarner. El profesor de anatomía, 2000.

 

La adquisición del libro de anatomía es uno de los actos fundacionales de todo estudiante de medicina en cualquier parte del mundo. En mi generación, el texto oficial era la“Anatomía Humana” de Fernando Quiroz Gutiérrez (Editorial Porrúa, 1977), en tres volúmenes de portada austera, color café y letras doradas. Del doctor Quiroz se contaban muchas anécdotas, una señala que le apodaban “el burro Quiroz” porque, tras reprobar varias veces la materia de anatomía durante la carrera de medicina, acabó gustándole tanto que decidió dedicarse a enseñarla en resto de su vida.

Durante los primeros años de la carrera se estudian  una serie de materias englobadas bajo el término “morfología”, es decir, aquellas que nos describen primordialmente los aspectos estructurales (morfología = tratado de la forma) y algunos aspectos funcionales del cuerpo humano: la anatomía, la histología (la anatomía microscópica) y la histología (la anatomía del desarrollo). Su contenido es la base sobre la que se erige el resto del conocimiento médico, si bien en la actualidad, con el avance espectacular de la biología molecular, estas materias ya no tienen el predominio del que gozaron antaño. De cualquier manera, su estudio es obligado para todo médico, en especial si en el futuro va a cultivar la cirugía general o alguna de sus especialidades.

En la preparación de un médico, sobre todo durante los primeros años de la carrera, influye poderosamente el ambiente que lo rodea y las personas con las que trata. Es una fortuna trabar amistad con estudiantes aventajados o médicos de alta calidad académica de los que uno puede obtener consejos útiles sobre cuáles son los mejores textos en los que podemos estudiar cierta asignatura.

Recuerdo como una de esas influencias positivas la del doctor Héctor Berumen Félix, que en aquella época era profesor del laboratorio de histología. Entre otras muchas cosas, a él le debo el haber entrado en contacto con el que hasta ahora me sigue pareciendo el libro de anatomía humana más hermoso, completo y didáctico que conozco. Y también el más exhaustivo, pues es a la vez un tratado de histología y embriología.

Además de su elegante texto, sus ilustraciones son insuperables, en especial las que nos muestran la estructura microscópica de órganos y territorios complejos como el bazo, los ganglios linfáticos, el timo, los riñones y la médula ósea. Me refiero a la Anatomía de Gray que, salvo el deliberado juego de palabras, nada tiene que ver con la exitosa serie televisiva titulada Anatomía de Grey (con “e”).

Este libro debe su nombre a Henry Gray, un anatomista inglés del siglo XIX de cuya vida, a pesar de la enorme popularidad y prestigio de su texto, poco se sabe. La primera edición apareció en Inglaterra en 1858, es decir, hace 160 años, con el título Henry Gray’s Anatomy Descriptive and Surgical (Anatomía descriptiva y quirúrgica de Henry Gray). Un año después fue publicado en los Estados Unidos. Se convirtió de inmediato en un best seller (es de hecho el máximo best seller médico de todos los tiempos) y se sigue publicando hasta la actualidad en una edición de gran formato que incorpora con fortuna los nuevos conocimientos y las ilustraciones de la anatomía microscópica y la embriología que no tenía la edición original. Es lo que se dice un clásico: la “Biblia” de la anatomía.

Henry Gray nació en Londres, posiblemente en 1827 y en 1845, habiendo cumplido los 18 años, se inscribió como estudiante de medicina en el Hospital Saint George de aquella ciudad. Fue un estudiante dedicado y se interesó pronto en la anatomía que estudió en libros y, sobre todo, mediante la disección meticulosa de numerosos cadáveres. En 1848 se convirtió en miembro del Colegio Real de Cirujanos y un año después, ganó el premio trianual que el Colegio otorgaba con el ensayo El origen conexiones y distribución de los nervios del ojo humano y sus apéndices.

En 1852, gracias a la presentación de un trabajo sobre el desarrollo de los nervios óptico y auditivo, ingresó como miembro a la Royal Society, una de las más antiguas y prestigiosas agrupaciones científicas del mundo. Tenía apenas 25 años de edad. Dos años antes, ingresó como cirujano adscrito al Hospital Saint George, en donde fue demostrador de disecciones y después profesor de anatomía. Publicó su libro cuando tenía alrededor de 31 años. La segunda edición apareció en 1860.

En 1861, cuando tenía 34 años de edad, Henry Gray atendió a un sobrino enfermo de viruela. Lamentablemente, se contagió y murió poco después.

Las soberbias ilustraciones de su libro son obra de Henry Vandyke Carter. La mayoría se inspiraron en disecciones realizadas por Gray y Carter y unas pocas fueron tomadas o adaptadas de otros textos de anatomía. Carter también había estudiado medicina y era demostrador de disecciones en el Hospital Saint George. Hijo y hermano de artistas, su padre le puso Vandyke en honor a Anton van Dyck, el famoso pintor flamenco del siglo XVII. A diferencia de Gray, Carter tuvo una dilatada existencia, fue médico en Bombay (Mumbai, India) e hizo contribuciones a la medicina tropical, especialmente en lo relativo a la fiebre recurrente y la lepra. Tras su jubilación y regreso a Londres, fue cirujano honorario de la reina Victoria.

La colaboración de ambos hombres se dio con naturalidad. Carter reconocía en Gray su gran disciplina para el trabajo y el cuidado que ponía en las disecciones. Gray supo de las habilidades para el dibujo de Carter, muy superiores a las suyas, y lo invitó a trabajar en su libro.

Valorando su futuro, Vandyke Carter anotó en su diario el día que cumplió los 19 años:

Con energía y perseverancia mucho puede hacerse y nada se hace sin ambas. Sólo hay dos caminos: el que conduce a la mediocridad y el que lleva a la eminencia.

Unidos por la anatomía en un breve instante, aquellos dos hombres nos siguen descubriendo hoy la belleza oculta en el estudio del cuerpo humano.

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