Luis Muñoz Fernández.

Estuve en el almacén de maderas, en la carpintería, en la curtiduría, en la fábrica de pigmento negro de humo y allí donde se obtiene la trementina, pero, al observar con detalle las copas de los pinos moviéndose y reflejando la luz en la distancia, muy por encima del resto del bosque, me di cuenta que aquellos primeros no eran los usos más elevados del pino. Lo que yo más aprecio no son los huesos, el cuero o el sebo de los pinos, sino el espíritu vivo del árbol, no el de la trementina, con el que puedo simpatizar y que además cura mis heridas. Es tan inmortal como yo y, tal vez, crezca hasta llegar al cielo, desde donde seguirá alzándose sobre mí.

Henry David Thoreau.Los bosques de Maine, 1846.

 

La vida y obra de los seres humanos, cercanos y lejanos, contiene la semilla del ejemplo que nos ayuda superarnos, a intentar vencer nuestras miserias para acceder a una forma más noble de existencia. Si, según reza un dicho, la mejor forma de aprender es tener que enseñar, ¡cuán inspiradora puede resultar la lectura de una biografía que, sin querer, descubrimos al momento de preparar una clase, una conferencia o la participación en un seminario!

Estos descubrimientos aparecen entre la barahúnda informativa que nos agobia, como luces serenas que sólo podemos apreciar y de las que podemos aprender si hacemos a un lado la basura. Separar el grano de la paja, de tantísima paja, es tal vez hoy más que nunca el arte de la supervivencia, una garantía para mantener la cordura y el foco para concentrar la atención, evitando así la dispersión mental que nos resta energía y nos hace vulnerables a la manipulación.

Aldo Leopold nació el 11 de enero de 1887 en Burlington (Iowa). Aunque su lengua materna fue el alemán, aprendió el inglés desde temprana edad. Las estancias vacacionales con su familia en el lago Hurón (Michigan) y las islas Cheneaux estimularon desde la niñez su afición por la vida silvestre que tan bien encauzaría después.

Estudió en la Escuela Forestal de la Universidad de Yale y en 1909 recibió el título de máster en Ciencias Forestales. Dos años después Leopold ya supervisaba el bosque nacional Carson, una superficie de un millón de acres. En 1912 se casó con Estella Bergere, con quien tuvo cinco hijos que, siguiendo el ejemplo de su padre, se convertirían todos en notables científicos estudiosos de la naturaleza.

En 1924 Leopold fue nombrado director asociado del Laboratorio de Productos Forestales de Madison (Wisconsin) y logró que el Servicio Forestal de los Estados Unidos protegiese medio millón de acres del bosque nacional de Gila (Nuevo México), que se convirtió en la primera área preservada del sistema de bosques nacionales de aquel país.

Leopold renunció a su puesto en el mencionado laboratorio en 1928 y en 1935, tras estudiar en Alemania los métodos europeos de gestión forestal, fundó con otros ocho destacados preservacionistas la Sociedad para la Vida Silvestre (The Wilderness Society).

Ese mismo año adquirió una granja cerca de Baraboo (Wisconsin), en una zona conocida como los Condados Arenosos (the Sand Counties), una tierra degradada en donde, con la ayuda de su familia, puso en práctica sus ideas de restauración ecológica. Durante los fines de semana plantaron miles de árboles y lograron recuperar la rica biodiversidad que aquella región tuvo en otras épocas. Allí convirtieron un viejo gallinero en su vivienda, The Shack, “la choza”.

Aldo Leopold murió de un ataque al corazón el 21 de abril de 1948, cuando combatía en una granja vecina un incendio que amenazaba a sus amados árboles.

En 1982 sus cinco hijos (Starker, Luna, Adelina, Carl y Estella) crearon la Aldo Leopold Foundation (https://www.aldoleopold.org), con sede en Madison, encargada de conservar, acrecentar y difundir su legado. Según Jorge Riechmann, “Aldo Leopold es seguramente el pensador que articuló primero, en una exposición coherente a la vez que literariamente atractiva, la idea de una ética que fuese más allá de las relaciones entre individuos humanos, y de una política que dejase de considerar a la naturaleza en términos puramente mercantiles”.

La obra escrita más conocida de Aldo Leopold es Un almanaque del Condado Arenoso (A Sand County Almanac), publicada de manera póstuma en 1949 y que, junto a Primavera Silenciosa de Rachel Carson, se considera el libro más influyente del movimiento conservacionista norteamericano. En su prólogo podemos leer lo siguiente:

La conservación no acaba de ir hacia delante porque es incompatible con nuestra concepción abrahámica de la tierra. Abusamos de la tierra porque la vemos como una mercancía que nos pertenece. Cuando pensemos en la tierra como una comunidad a la que pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto. La tierra no tiene otro modo de sobrevivir al impacto del hombre mecanizado, y nosotros no tenemos otro modo de recoger la cosecha estética que ella puede darnos, y su contribución a la cultura, con la ayuda de la ciencia.

Que la tierra es una comunidad, ese es el concepto básico de la ecología; pero que debemos amar la tierra y respetarla, eso es una ampliación de la ética. Es un hecho bien conocido que la tierra nos procura una cosecha cultural, pero eso hoy en día suele olvidarse a menudo.

 Jorge Riechmann dice bien: “una exposición coherente a la vez que literariamente atractiva”. Cierto, muy atractiva. El consumismo imperante en nuestras comunidades es una terrible fuerza uniformadora que nos vuelve insensibles y nos hace olvidar nuestra deuda con la naturaleza:

Hay dos peligros espirituales en no tener una granja. Uno es el peligro de suponer que el desayuno procede del supemercado, y el otro que el calor procede de la caldera. […] Para evitar el segundo, se debería colocar un trozo de buen roble en el hogar, preferiblemente en donde no haya una caldera, y dejar que te caliente las espinillas, mientras una ventisca de febrero sacude los árboles afuera. Si uno ha cortado, seleccionado, acarreado y apilado su propio buen roble, y mientras tanto deja que la cabeza siga trabajando, recordará muy bien de dónde procede el calor, y con una riqueza de detalles vedada a quienes pasan el fin de semana en la ciudad a horcajadas sobre un radiador.

 Sus páginas desprenden una visión integradora y memoriosa de los vínculos infinitos e intrincados que unen a todos los seres vivos, que los hacen deudores entre sí y con la tierra en la que viven y yacen. Esta perspectiva, que abarca los ciclos invisibles de la naturaleza, rara vez la encontramos en estos tiempos de inmediatez y cortoplacismo:

Todas estas cosas voy pensando, mientras canta la tetera, y el buen roble arde hasta convertirse en rojas brasas sobre cenizas blancas. Esas cenizas, en cuanto llegue la primavera, las llevaré al huerto, al pie de la colina arenosa. Volverán de nuevo a mí, quizás como manzanas rojas, o quizás en forma de espíritu emprendedor en una ardilla bien cebada en octubre que, por razones que ella misma desconoce, está decidida a plantar bellotas.

El buen roble al que se refiere Leopold murió en una noche tormentosa de julio cuando lo mató un rayo. Era un ejemplar soberbio cuyo tronco mostraba ochenta anillos de crecimiento. Al cortarlo, Leopold recorre en sentido inverso, del presente al pasado, la historia de la región hasta llegar al anillo más profundo en el centro del tronco. Una historia que le susurra el aromático serrín amontonado junto al tocón.

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