Por J. Jesús López García

En nuestros días en que el graffiti es visto por muchos como una ofensa dirigida a la población y a la ciudad mediante sus edificios públicos o privados, tal vez es porque desde el Renacimiento –con algunas excepciones como en el caso del barroco–, con la invención y paulatinamente con más uso de la imprenta, los edificios dejaron de ser el soporte de otras artes como la pintura mural, la escultura, el arte vitral, entre otros, que utilizadas como instrumento representativo de una visión del mundo, funcionaban como un texto cuyo contenido iba mucho más allá de la expresión de un simple comunicado o la manifestación de un mensaje. Con la imprenta, lo expresable en artes plásticas, en muros y vanos de la vieja arquitectura, se hizo de manera más eficiente y menos costosa en la forma de un libro, además de tener una penetración mayor.

Las diferentes guerras de los atenienses eran transmitidas de manera oral de generación en generación, o bien a través de la apreciación de los frisos de sus templos, especialmente en los del Partenón. Tiempo atrás la cosmovisión egipcia era transmitida en pinturas y relieves practicados en los muros de los templos. La ciudad de Roma poseía frescos en sus muros pero también mensajes encriptados –ya que no todos sabían leer– con bendiciones, maldiciones, solicitudes y agradecimientos.

Parecería que la letra impresa desplazaría al arte figurativo en los edificios, sin embargo no fue así. La potencia de un muro que expresa un lenguaje es tal que tras la Revolución Mexicana se dio el último episodio del muralismo occidental, y con él se fincó en buena medida la identidad nacional.

La arquitectura y el urbanismo portadores de mensajes no sólo se atienen a una expresión solemne, Nicolai Gógol (1809–1852) el gran escritor ucraniano en lengua rusa, en su texto «Roma» habla del contraste de París con la ciudad capital de los italianos, y de lo que más reitera en su descripción de la ciudad –personificación de la modernidad y del cosmopolitismo– son precisamente los anuncios y los nombres de los edificios los que se despliegan ante el personaje de la narración de una manera gráfica y luminosa.

Y aún en ello existe la posibilidad de manifestar un mensaje que pueda ir más allá del simple nombramiento comercial de un establecimiento. En ese sentido desde niño, o al menos desde que recuerdo, hace ya varias décadas, me atraía el nombre expresado en dos letreros contundentes de la tienda «La Sinceridad», ubicada en el cruce de las calles Emiliano Zapata y Antonio Arias Bernal. El nombre es poderoso y alude a un tono, una promesa, una virtud y un trato digno y respetuoso al cliente, nombre curioso y original, sencillo y austero como el edificio desde el que se pronuncia: una maciza construcción de pocos vanos enmarcados por jambas y dinteles en ladrillo aparente.

Como se ve, para llamar positivamente la atención, no es necesario el diseñar y construir un edificio muy ornamentado o que haga gala de una elaborada composición; tampoco se requiere un nombre grandilocuente y pomposo que al final termina por constituirse como parte del kitsch, como el llamar «El Palacio del Calzado» a una sencilla zapatería que se da aires nobiliarios.

Los edificios seguirán siendo soporte de mensajes explícitos e implícitos por mucho tiempo por venir. Esos mensajes pueden ir a contracorriente de la naturaleza del edificio y del uso que se esté dando a el; pero también los hay que tienen una feliz convergencia con ellos como el caso de «La sinceridad» que ofrece sin costo ese valor en el trato, antes que el resto de productos que posee en sus inventarios.

No siempre los mensajes con que se bautiza a los edificios son pensados. Al margen de nombres propios de todo el edificio o de algún establecimiento en particular, en ocasiones algún chispazo de inspiración sirve para nombrar a algún ejemplar de arquitectura y hacerlo más memorable, tal y como sucede en la Residencia Schlesisches –edificio de apartamentos– en la ciudad de Berlín obra del arquitecto portugués Álvaro Siza Vieira (1933) que en la parte superior justo en el remate de su esquina, con caligrafía insegura se lee Bonjour Tristesse. Ese melancólico saludo a la tristeza gustó a los habitantes y al arquitecto y así terminó por llamarse esa finca. El texto sigue ahí, no se cambió por letras doradas y bien perfiladas, como las de nuestra tienda. Basta con que el nombramiento de un edificio se haga de manera sincera, para que nombre y arquitectura adquieran una relevancia en la memoria que difícilmente alcanzarían en esos edificios de manera autónoma.

En Aguascalientes, múltiples inmuebles de antaño aún portan en sus paredes o elementos exentos de la volumetría, el letrero que los han identificado por varios años, tal y como sucedía con «La Trapeadora» en General Barragán esquina con Norberto Gómez; la tienda de abarrotes «El Gato Negro» en La Alameda o con la Cantina «La Chispa» en Guadalupe.