Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Fornicar te duele

Erich Fromm, en su conocido texto psicoanalítico/filosófico sobre “El Arte de Amar”, escribió que “…la conciencia de la separación humana -sin la reunión por el amor- es la fuente de la vergüenza”. Tal vez esto transitaba por la mente del director Steve McQueen (sin parentesco con el finado y legendario actor) al concebir este profundo y perturbador trabajo cinematográfico, pues tal oración bien podría ser la tesis de esta estampa sobre auto abandono fortalecido por un voraz apetito carnal que desgarra desde los órganos internos de una narrativa que se rehúsa a complacer a un público en su mayoría formado en estas lides por la mirada maniquea de la televisión abierta. En efecto, la disociación sin miramientos o atavíos emocionales produce un efecto de vergüenza (“shame” en inglés) a largo plazo, pero lejos de cualquier trauma social o condicionamiento cultural, tal percepción ha permitido también la concepción de esta excelente película, una producción que debe verse con cierto aire apremiante ante la preferencia de un público que favorece fulanos anodinos que emplean onanistamente pasteles americanos frente a coitos que laceran e implosionan la psiquis de un protagonista a escasos milímetros de cualquier autóctono urbano.
Michael Fassbender protagoniza con brío y poderío esta cinta interpretando a Brandon Sullivan, una isla de hombre en pleno Nueva York que sólo supera su marasmo cotidiano (actividad monótona en oficina cubicular, compañeros de trabajo y jefe con obsesiones pueriles y banales -futbol, cerveza, T.V., etc.-, distancia insalvable entre él y la satisfacción) con una constante actividad sexual que bordea la adicción, ya sea con voluptuosas prostitutas, conquistas casuales en el metro o consigo mismo. Los primeros 15 minutos de la cinta muestran tal dinámica, y lo que separa a esta actividad de prácticas masturbatorias o copulativas ordinarias es la cualidad simbólica que poseen, sobre todo en esos delicados y bien iluminados close-ups que el director obsequia a Fassbender en los puntos climáticos de la relación carnal, donde no apreciamos un rostro iluminado por el éxtasis sino un gesto de infinito dolor, como si el penetrar o eyacular fuera un suplicio o un azote…y tal vez eso sea. El contrapeso del sigiloso y discreto Brandon lo encontramos en su hermana Sissy (Carey Mulligan), exuberante neoyorquina pero de frágil condición existencial que arriba a su departamento en busca de asilo y amparo. La dinámica entre ambos permitirá ahondar en su psicología al mostrar como el aislamiento puede ser la herramienta definitiva en este mundo donde la modernidad pretende forzar la vinculación y la hermandad por vías estériles como Facebook o Whatsapp. Una ironía que sólo puede resolverse en el olvido de la carne ajena y copular hasta agotar las lágrimas.
No cabe duda que estamos ante la incubación mesurada de un prometedor director, pues al ser esta tan solo su segunda cinta (su predecesora fue la excelente y exquisita “Hambre”), Steve McQueen entiende los mecanismos del lenguaje cinematográfico y su importancia en el trabajo con los actores, pues esos largos planos y los malabarismos cromáticos entre tonos fríos y cálidos en ambientes predominantemente nocturnos, así como los mesurados desnudos frontales y prolongados actos sexuales, sólo funcionan si la visión del cineasta se amalgama con el buen funcionamiento del trabajo histriónico de su reparto, lo que ocurre maravillosamente en esta producción, ya patentizado en su tercera cinta “12 Años Esclavo”. “Shame: Deseos Culpables” (título de cualidad engañosa en su lectura moral, pues jamás hay retrocesos éticos o reprimendas de pureza en la cinta) habla de esa separación entre individuos donde el amor es subjetivo, la otredad una fantasía y la colisión resultante entre cuerpos no es el espejismo azucarado que suele ofertar Hollywood en sus espejismos sentimentales, sino un fuga mundi que no obsequia redención o salvación alguna, sólo realidad.

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