El mal lleva un rostro cualquiera.

Michael es un hombre de mediana edad que trabaja en una oficina austriaca cualquiera. Su fisonomía y aspecto entra en los parámetros de la más mundana normalidad y se conduce con cierta timidez ante los demás, excepto con su hermana. Su hogar está ataviado de todos los componentes que distinguen a la clase media baja europea: habitaciones pequeñas, un solo baño, modesta cocina y comedor, papel tapiz estéril y de mal gusto, entre otros mil detalles. Sin embargo, existe uno que separa a este microuniverso que Michael se ha labrado para sí mismo del resto: tiene cautivo a un niño de 10 años en el sótano. ¿Es Michael un pedófilo, un sociópata o simplemente víctima de la soledad? La película jamás ofrece respuestas obvias y directas y esta ambigüedad, que en otras manos podría tornarse exasperante, es la principal virtud de esta producción austriaca dirigida por Markus Schleinzer, quien antes de comandar este excelente trabajo se labró una carrera como y actor y director de casting, terminando como pupilo de ese precursor de la cáustica brillante llamado Michael Haneke y que logra filtrar la conciencia del espectador a la mirada triste, sombría y pavorosamente cercana del personaje titular, esa persona a nuestro lado en un transporte público que secretamente desdeñamos por lucir intolerablemente ordinario… pero sólo en el exterior. La cinta explora minuciosamente la relación entre ese hombre y el pequeño, generando una dinámica de sorprendente interacción histriónica gracias a las intensas actuaciones de Michael Fuith como su homónimo que le da título al filme y David Rauchenberger quien encarna magistralmente al pequeño Wolfgang. Más que víctima y victimario, la cinta expone el extravío existencial al que individuos como Michael se ven orillados cuando la agobiante y ahora casi obligada interacción humana se intensifica por vías electrónicas como el Facebook, construyendo entidades anacrónicas que deben perdurar mediante una descendencia espontánea, representada por el niño secuestrado. Éste a su vez se nos muestra contundente en su deseo por escapar. Su desarrollo es fascinante, pues ambos están permeados de cierta aura enigmática al no revelarnos demasiado sobre su pasado e incluso arrebatarles escenas de extenso diálogo en la mejor tradición del cine austriaco, confrontando a la audiencia con escenas permeadas de un oscuro lirismo e interpretaciones que logran rebasar el mero drama de un sujeto potencialmente desequilibrado y su presa efeba. La cinta es prudente y cauta ante cualquier representación de violencia o crueldad y deja que sea la psicología de los personajes la que lleve la pauta emocional del filme, culminando en una escena final tan abierta que pude representar todo lo mejor o todo lo peor tanto para el destino de los protagonistas como para la sensibilidad del espectador. Y eso precisamente es lo que hace de “Michael: Crónica de una Obsesión”, cine de verdad y no una mera alegoría moral sobre el hombre que no sabe qué hacer como tal. Como la vida, no hay respuestas fáciles, sólo preguntas difíciles. En ésta temporada de estrenos multimillonarios, vale la pena acercarse a un filme mínimo, modesto e inteligente que reta la capacidad del espectador para asimilar un relato nada complaciente que incita a reflexiones profundas sobre la condición humana, aún si éstas transitan por los melancólicos y tenebrosos pasillos de la soledad.

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