“El cine es tan solo fragmentos de tiempo”
– Orson Welles

Y dichos fragmentos trascienden como el elemento constitutivo de la moderna experiencia humana (bueno, considerando la modernidad en los últimos 119 años), capaces de moldear consciencias y consolidar culturas con el poder de una serie de imágenes en movimiento que nos atrapan y seducen a 24 cuadros por segundo, entregándonos a la última manifestación genuina del arte y su hermana más joven: el cine, producto de la fascinación inherente del hombre por trasladar sus experiencias cotidianas a todo medio disponible, desde las grutas hasta las páginas de un libro, pero concretados dichos esfuerzos en los retratos móviles capturados por los hermanos Lumière en el ocaso del siglo XIX para legarnos el crisol absoluto de las manifestaciones artísticas del siglo XX, objeto de constante fascinación e hipnótica.
Pasados 100 años, fueron muchos los festejos para conmemorar el nacimiento de la cinematografía, pero un proyecto en particular se destacó gracias tanto a su premisa como por los involucrados: un filme conformado por las vistas desarrolladas y generadas por 40 de los cineastas más destacados a nivel mundial usando tan solo el aparato cinematógrafo original de los Lumière, una caja de madera de almendro con una manivela para registrar las imágenes, un rústico trípode y una historia rica que ha cultivado la imaginación de hombres y mujeres que buscan cobijo en su sombra creativa. Un reto que directores de la talla de David Lynch, Patrice Leconte, Bigas Luna, Arthur Penn, Theo Angelopoulos, Abbas Kiarostami, Spike Lee y otros 35 cineastas aceptaron con gusto. Tan solo había que acatar 3 reglas: 1.- La vista (o filme) no podía exceder una duración de 52 segundos. 2.- No utilizar audio sincronizado (o sea, no grabar el sonido ambiente y utilizarlo en posproducción, ya que la idea era permanecer en las condiciones auditivas idénticas a las de aquella época, por ende silente) y 3.- No exceder las 3 tomas.
Lo que comienza como un experimento-homenaje evoluciona hasta consolidarse como un manifiesto existencial conformado por las mentes de estos entes creativos donde se exalta/pondera/mofa la naturaleza misma del cine y, a través de dos cuestionamientos clave que se plantea a cada uno de los directores, como: ¿Por qué filman? o ¿Tiene el cine mortalidad?, el trabajo de exponer la mirada de quienes, por un fragmento de tiempo, se proclaman como deidades caprichosas dirigiendo el destino de infinidad de personajes y situaciones. Las respuestas de algunos directores, como Penn o Michael Haneke, son en extremo reveladoras.
El resultado conjunto, inevitablemente, termina siendo algo dispar ya que algunos directores como Leconte, Lee, Jaco Van Dormael, Nadine Trintignant o Fernando Trueba se autolimitan a seguir los estándares visuales de los Lumière ofreciéndonos vistas de situaciones o momentos meramente cotidianos ubicados en contextos contemporáneos (v.g. la llegada del expreso europeo, un bebé, un travel que expone la parte posterior del Museo Louvre, trabajadores saliendo del McDonald’s, etc.), filmados con eficiencia pero cierta autocomplacencia. Otros aprovecharon la naturaleza narrativa que provee la filmación en condiciones primitivas para elaborar los equivalentes a un haiku fílmico, elaborando breves pero sustanciosas historias. Tal es el caso de Zhang Yimou quien aborda como fondo temático la Gran Muralla China; Claude Lelouch y una surrealista visión del amor transgredido; Angelopoulos adaptando la llegada del Ulises homérico a las costas de Ítaca y David Lynch, quien indudablemente desarrolla la aportación más notable de todo este proyecto con un aprovechamiento soberbio a nivel narrativo de sus 52 segundos para desarrollar lo que aparenta un cruce entre Ed Wood y Griffith con los toques plásticos acostumbrados del director norteamericano. Simplemente maravilloso.
Esta coproducción entre Francia, España, Dinamarca y Suecia y coordinado por la directora francesa Sarah Moon, está llena de posibilidades y potencialidades que, tal vez por las restricciones de una duración limitada a una hora y media, se ven restringidas y, en momentos, un tanto desaprovechadas ya que una vez revisada permanece una inquietud en el paladar sensorial del cinéfilo de querer degustar aún más de las reflexiones y visiones de estos titanes creativos quienes seguramente tendrían más que mostrar y decir.
Sin embargo, el filme subyuga y fascina al compartir con el cinéfilo casual o consagrado lo que siempre hemos sabido y que Jean-Luc Godard, padre de la Nueva Ola Francesa, sintetizó muy bien: el cine es mejor que la vida. Para bien o para mal.

Nota: La cinta jamás fue distribuida para su exhibición comercial o casera en nuestro país, pero se encuentra disponible a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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