Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cuando todo se derrumba, el ser humano continúa de pie.

Estamos a merced de caprichosos y enfurecidos dioses que manifiestan sus designios para nosotros de forma beligerante, midiendo nuestra resistencia a través de fuerzas naturales que aniquilan todo aquello creado y tocado por el hombre, pero el humano mismo es incapaz de sucumbir pues su interior ya es una hecatombe espiritual y existencial por un tornado de deseos, reflejos, voluntades, fantasías y tinieblas que siembran recuerdos garantizando la inmortalidad o mantienen su armadura carnosa lista para el siguiente enfrentamiento. Esto lo vemos ahora en las quietas pantallas televisivas mientras rescatistas y población sostienen la tenaz creencia que existe la libertad allende a la sofocante prisión de concreto que contiene a quienes encuentran fortaleza en sí mismos, y sólo encuentran alimento en la esperanza. Es terrible, pero lo sería aún más si la humanidad no se mantuviera como tal, por lo que una débil y centellante promesa de mejora siempre extinguirá la pesadumbre, aun si ésta rodea una capital asolada por el desastre, la mentira y la incertidumbre.
“Lo Imposible”, coproducción española-estadounidense estrenada en el 2012, sintetiza formidablemente ese brío que invita a la enérgica lucha por la supervivencia propia y ajena mediante una historia real registrada en Tailandia el año 2004, cuando la veleidosa Madre Naturaleza obsequió un regalo amargo a dicho país en forma de un tsunami colosal que barrió con sus costas. El acontecimiento es el marco para el registro de un evento verídico que involucró a una familia española cuyos integrantes se vieron separados por la catástrofe sólo para reunirse mediante el motor más puro y complejo que alimenta la voluntad: el amor. La cinta dirigida brillantemente por el barcelonés Juan Antonio Bayona modifica la etnia de sus protagonistas -una jugada de tintes globalizantes que no afecta el resultado- para transformarlos en una familia inglesa integrada por Henry (Ewan McGregor), María (Naomi Watts) y sus tres hijos llamados Lucas (Tom Holland) -el mayor-, Thomas (Samuel Joslin) y Simon (Oaklee Pendergast), quienes se encuentran de vacaciones navideñas en las costas asiáticas. Su vida dará un giro de 180º cuando la titánica fuerza oceánica ya mencionada, arriba a la playa donde se encuentran, sucumbiendo a la vertiginosa marea. Al terminar la pavorosa experiencia, se percatan que han sido divididos: Henry localiza a los pequeños Thomas y Simon, mientras que la lacerada y muy herida María cuenta con el férreo Thomas para salir adelante. Sus historias se mostrarán en forma análoga siendo nosotros testigos de los incontables esfuerzos por reunirse a pesar de la devastación y varios factores en contra que incluyen la obstaculización cultural propia de un fuereño en país extraño, la escasez de recursos de cualquier tipo y, en el caso de la madre, su afectación física y mental producto de la fiebre a raíz de una profunda herida en la pierna.
La película es notable por la minuciosa construcción de los personajes, quienes producen pathos a raudales debido a una psicología muy detallada que los torna posibles, muy reales. Lejos se encuentran de la manipulación sentimental y cada acción que producen, cada decisión que toman y cada lágrima o sudor que derraman nos afecta en consecuencia, manteniéndonos en una expectación genuina producto de su excelente caracterización. Bayona crea mediante una cámara ligera y sutil un mundo en pantalla lesionado en todo sentido, tanto por los dolorosos rastros que el tsunami ha dejado en piel y cemento, como por una narrativa sensible muy consciente de que no se puede explorar un evento de esta clase recurriendo a las estridencias impresionables o explotativas del Hollywood básico, sino mediante a una narrativa mesurada que se enriquece por estos personajes ricos y profundos que evolucionan frente a nuestros ojos; en particular Thomas, quien lleva a cuestas todo el desconsuelo de esta inesperada condición de desamparo viendo por su madre y, en una escena conmovedora por su potencia argumental, por otros una vez que arriban a un saturado hospital entre lamentos y miradas vacuas que no logran comprender por qué y cómo sucedió esto. Las actuaciones son pivote para este logro y la cinta cuenta con histriones que ejecutan con maestría el cometido, dando el toque necesario de crudeza y realidad que nunca llega a la visceralidad más abyecta, sino incluso a dulces momentos de ternura entre ellos.
“Lo Imposible” casi parece eso, una película de benevolencia tal con su tema y sus personajes sin abandonarlos a la banalidad procreadora de emociones facilonas. Y es, además, un modesto modelo de inspiración en un momento de desazón nacional cuando, a través de los rescates entre los escombros y los salvamentos que se registran, verificamos que, en efecto, todo puede derrumbarse a nuestro alrededor, menos el espíritu humano. Ahora veo que Lo Imposible es más que posible.
Correo: [email protected]

 

¡Participa con tu opinión!