Las sinuosas calles de París parecen serpentear con el hormigueante movimiento de su populosa masa humana. El día y su luz resalta todo detalle del cotidiano francés cual lienzo trabajado por Lautrec y la colorida estampa de indiscutible resabio europeo, sólo encuentra un elemento atonal: un carterista que ejecuta su silencioso arte al avanzar por las pedregosas avenidas de una Ciudad Luz todavía fulgurante en su esplendor cultural ante el amanecer del Siglo XX. La sombría figura de anónima identidad pasa desapercibida para otro personaje que inevitablemente acapara la atención de la cámara, ya que su rostro también permanece fuera del alcance de nosotros pero su postura firme y lenguaje corporal icónico lo revela como nuestro protagonista. Conforme la cámara sigue sus movimientos con mesurada progresión, se nos revela su faz en uno de los jugueteos visuales más característicos del cine de aventuras, donde la identidad del héroe llena literalmente la pantalla y que remite con cierto aire de nostalgia a aquellos primerizos y honestos esfuerzos de su director, Steven Spielberg. Así comienzan tanto las hazañas cinematográficas de uno de los personajes insignes de la historieta en el Viejo Continente, como el comienzo en el proceso de su reconocimiento para el conjunto cinéfilo occidental, el cual, sobre todo en nuestro país, fue negado en cuanto a su exposición, ante una celebridad a cuatro tintas que bien podría ser el símil transatlántico en papel y tinta de un Superman en Norteamérica o un Memín Pinguín en nuestra idiosincrasia nacional. Y sólo tuvimos que esperar 82 años.
Tintín es un personaje embrionado en una era -el ocaso de los 20’s- donde la exhibición y propagación de conocimiento e información, era vital para el desempeño de las actividades políticas y sociales en toda jerarquía comunitaria durante los brutales cambios que provocaban los dolores de crecimiento de un siglo recién alumbrado en los anales históricos, lo que especifica su profesión de periodista trotamundos y excusa perfecta para sumergirlo en toda clase de argumentos sustentados en misteriosas intrigas de atmósfera pulp, hallazgos fortuitos de índole arqueológica o elementales correrías aventureras que deben mucho a las notorias hazañas reales de figuras equivalentes como Amelia Earhart o Sir Percy Fawcett. Todos estos elementos solían conjugarse para que su creador, Georges Pierre Remi (mejor conocido por su nóme de plúme “Hergé”) elucubrara intrincadas tramas donde incluso los titulares de la época jugaban un papel primordial en la manufactura de la narrativa, fresca en su sincronía con los eventos cotidianos y placentera en su diseño antropocéntrico donde el público infantil aspiraba a suplantar los heroicos lances del blondo personaje con copete horizontal y ayudante canino, mientras que el más maduro sonreía ante las fluidas anécdotas rebosantes de escapismo dominguero.
La película recupera exitosamente todos los factores mencionados en una parafernalia audiovisual que, paradójicamente, fusiona la tecnología informática de punta en su representación visual (en este caso, la hasta hace poco reprobada en motion capture) con un enfoque sobrio en su figuración evocativa que pretende afiliarse a un momento histórico de características precisas en su ambientación y espacio, rubro en lo que satisfactoriamente cumple sin llevarlo a un rigor arquitectónico o plástico. De hecho, las escenas transcurren con tal laxitud que poco a poco se nos va desvelando a un Spielberg lúdico, calmo y estrechando sin rubor a aquella añeja sensibilidad “B” con que lo conocimos y que le abriera senda antes de su masiva deificación vía sus “personales” relatos de insoluble autoconformiso y pedantería. Tintín bien podría ser su nuevo hijo adoptivo fílmico después de abortar a “Indy” en la estreñida y comatosa “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal” (2008).
Los acontecimientos recurren a los aspectos básicos de las gestas valerosas, presentando a la galería de caracteres representativa del universo fraguado por Hergé: El núbil Tintín junto a su fiel can Milú, se topan con un galeón en miniatura llamado “El Unicornio de Oro”. Al adquirirlo de un mercader callejero, el enigmático y adinerado Sakharine tratará de obtenerlo por todos los medios (nefastos, por supuesto), pues en su interior se encuentra la clave para la obtención de un cuantioso tesoro. Una vez planteada la premisa, todo es cuesta abajo, ya que la aventura lo llevará a bordo de un barco donde conocerá al mítico y epopéyico borracho Capitán Haddock, todo un glosario en léxico soez náutico e incluso alguno que otro de su invención que se involucra en la riesgosa empresa al descubrir que el tesoro fue ocultado por un antepasado suyo. La dupla se equilibra a la perfección: Tintín provee la resoluta convicción de los héroes clásicos, resolviendo los asuntos con ingenio, experiencia y sus puños; mientras que Haddock asiste con su beodo humor y mala leche. De igual forma, intervienen los siempre desmañados pero perseverantes gemelos detectives Hernández y Fernández con todas las características rítmicas y fisonómicas que distinguen a los longevos personajes. Mas no es en la fidelidad donde recae el éxito formal e interno de la cinta, sino en una compleja estructura narrativa que se desmadeja con placer ante nuestros ojos gracias a la eficiente dirección de Spielberg, un guión opulento donde intervinieron los talentosos cineastas británicos Edgar Wright (“Shaun Of The Dead”) y Joe Cornish (“Attack The Block”) y las argucias verbales de los personajes, quienes jamás decaen de nuestra simpatía, gracias a la expresiva locuacidad con que fueron dotados y su sólida construcción motivacional, dotándolos de cierta nobleza ya extinta en nuestro moderno cine de proezas inimaginables.
“Las Aventuras de Tintín” reconstituye nuestra fe en producciones apoteósicas que no requieren de explosiones o persecuciones ad nauseam para estimular nuestra curiosidad. Un protagonista de desinteresada postura con disposición al peligro y una historia trabajada donde pueda desenvolverse siempre bastarán. Una cinta apropiada para un 30 de abril y permitir que los pequeños aún dotados de su capacidad de asombro se emocionen con las aventuras de Tintín y su peculiar copete.

Correo: [email protected]