Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Todo mito sobre creación tiene a su propio diablo…

Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg) acaba de tener una idea. Después de romper con su pareja (Rooney Mara) tras una discusión que involucraba un interrogatorio megatónico en cuanto a sarcasmo que bordeaba el sadismo, este alumno de la Universidad de Harvard permite que el despecho tome el control de su brillante mente para crear en el transcurso de una noche un sitio alimentado por los rostros de todas las estudiantes féminas de tan prestigioso recinto mediante un hackeo (o ultraje a la privacidad) a sus perfiles y permitir a los usuarios votar por aquella que consideren más atractiva. Tan ociosa tarea la ha denominado “Facemash” y su éxito es tal que el sistema informático de Harvard sucumbe ante los 2,200 individuos que emiten su voto…esa misma noche. Tal proeza llama la atención de los atléticos y adinerados gemelos Winklevoss (ambos interpretados por Armie Hammer) y su compañero Divya Narendra (Max Minghella), quienes convocan a Zuckerberg para trabajar juntos en el desarrollo de una ambiciosa red social con potencial para marcar paradigmas y generar millones de dólares. Él acepta, pero tan solo para desarrollar su propia visión del proyecto en algo que a la postre se denominará “Facebook”, situación que lo pondrá en confrontación directa y legal con los Winklevoss y posteriormente con Eduardo Saverin (Andrew Garfield), su mejor (único) amigo y pieza clave en la creación de la ambiciosa empresa.
Siempre es gratificante verificar cualquier proyecto que el talentoso cineasta David Fincher tenga a bien obsequiarnos en cine, pero en esta ocasión ha confeccionado un filme que resulta tan ingenioso, brillante y perceptivo como su personaje-tema, elaborando una trama genuinamente absorbente partiendo de una anécdota que, teóricamente, resultaría imposible de adaptar, pero que gracias a la labor del guionista Aaron Sorkin y su narrativa estructurada en constantes flashbacks conforme se desenvuelve el litigio contra Zuckerberg, se ha logrado un ritmo ágil que permite a su director un amplio espacio para que sus personajes y las situaciones respiren y no se vean confinadas a la mera concatenación de eventos en frío, dotando a la historia de cierto dinamismo impulsado por un diseño de personajes centrado y sólido, dotados de diálogos que rebasan la mera exposición psicológica y algunos incluso se tornan memorables. Es esta construcción meticulosa del protagonista, lo que permite visionar al relato como una puesta al día de los megalómanos afanes de un Charles Foster Kane posmoderno por dominar esta nueva vía de comunicación, aún cuando ésta involucre traicionar a su única amistad real y corpórea en aras de tener 500 millones de ellas en forma virtual debido en gran parte a las manipulaciones de otro gurú de la red: Sean Parker, fundador de la extinta Napster y Plaxo, encarnado por Justin Timberlake quien inserta la sana sensibilidad capitalista clásica del empresario norteamericano en su fértil pero ‘naif’ masa encefálica, aislando aún más su plástica conciencia. Tal vez Zuckerberg (Bill Gates, Ted Turner, Carlos Slim, y Donald Trump) padezca del Síndrome de Asperger.
Es precisamente esta faceta sobre la despersonalización lo que hace de “La Red Social” la parábola idónea para esta época donde la inmediación en información trivial y el cultivo de “amistades” (habrá que repasar el genuino sentido del término) inmateriales funge tan solo como la posibilidad de culminar las fantasías mediáticas que McLuhan pronosticaba para su Aldea Global, pero que aquí sólo mitigan las egocéntricas fantasías de los simples mortales, y los genuinos protagonistas son las entidades detrás de tales artificios que se han erigido como las nuevas deidades del paraíso virtual al punto de inspirar reflexiones agudas y devastadoras como “Black Mirror”. En el caso del Facebook, pareciera es la fuente de oxígeno vital y hasta la capa de ozono en la blogosfera.
Por supuesto, para que todo esto funcione en un filme, es necesario que los actores puedan generar el pathos necesario para que el público no perciba la verdadera distancia que existe entre estos informáticos superdotados y el hombre común, situación que se salva con las magníficas interpretaciones de Eisenberg -quien para este punto en su carrera brillara en cintas como “Tierra de Zombies” y “Adventureland”- y Garfield, un talento que sólo destaca bajo el mando de directores avezados, quienes logran penetrar la hermética consciencia de sus personajes. Una magnífica producción donde la moral pasa a segundo término para demostrar que la suma de una perspectiva humana con la fundación de un imperio multimillonario es, y siempre será, una reverenda aporía. Ah, y también que hasta un nerd en toda la regla puede festejar como un rockstar consumado.

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