Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Vienen a atraparte, Bárbara”, enuncia ominosamente Johnny (Russell Streiner) a su hermana (Judith O’Shea) en un cementerio donde inicia la horripilante odisea zombi que orquesta el consagrado director George A. Romero con su brillante y multirreferenciada cinta “La noche de los Muertos Vivientes” (1968), filme que arrebató el mando que tenía el vudú sobre las funciones locomotoras de los fallecidos en las versiones cinematográficas de los 40’s y 50’s, para transfigurarlos en entes que trémulamente avanzan motivados por un insaciable apetito por nuestra carne y masa encefálica, sin razón alguna o explicación científica o lógica, simplemente una parábola sobre nuestra capacidad de desentendimiento del entorno social y cultural para entregarse a las sensaciones más inmediatas. Es así que los muertos vivientes evolucionaron su presencia fílmica más allá de la mera amenaza fantástica para cimentarse como la alegoría perfecta de una sociedad que se resiste a ser formada intelectualmente y se conforma, cual zombi, a satisfacer su pragmática necesidad de consumir el vacío inmediato (en este caso, futbol, programación de Televisa, reggaeton y demás muestras de la cultura insípida), aspectos que Romero exploraría en la excelsa secuela “El amanecer de los Muertos” (1978), donde los protagonistas se verán confinados en un centro comercial donde la opción simbólica es clara: comprar o morir.
En “La Horda”, filme francés dirigido por los nóveles Yannick Dahan y Benjamin Rocher, los personajes también se ven atrapados en un voluminoso edificio para salvar sus vidas de una invasión de finados reanimados, pero ahora en lugar de utilizar la historia como envase para satirizar la condición humana ―algo que Romero ya ha ejecutado sobresalientemente―, los directores centran sus esfuerzos creativos en explorar las dinámicas interpersonales hasta sus últimas consecuencias, donde el riesgo vive tanto en la mordedura de un zombi como en la compañía humana.
La cinta gira en torno a los detectives Jiménez (Aurélien Recoing), Aurore (Claude Perron), Ouessem (Jean-Pierre Martins) y Tony (Antoine Oppenheim), quienes buscan equilibrar la balanza desajustada por la muerte de un compañero suyo a manos de los mafiosos nigerianos liderados por el implacable e imponente Markudi (Eric Ebouaney), atrincherado en un gigantesco edificio de departamentos junto con su hermano Bola (Doudou Masta) y un grupo de “gangstas” de corte europeo. El conflicto sube la escala cuando los detectives logran derribar las defensas armadas del recinto y penetran el lugar para tratar de hacer justicia por su cuenta. Desafortunadamente, de manera simultánea se produce la inesperada infestación de cadáveres hambrientos que sitian a ambos bandos en el edificio, por lo que deberán unir fuerzas para resistir los embates de estos zombis atléticos que corren cual maratón olímpica.
Si bien la trama está sustentada en elementos ya revisados en otras producciones similares (las cintas de Romero, “Exterminio” y secuela, etc.), la cinta posee una serie de virtudes que la consolidan como un trabajo cinematográfico sólido, amén de modas y rutinas. De entrada, el excelente trabajo actoral por parte del reparto, ya que los personajes poseen la suficiente redondez que las motivaciones, elemento central de toda caracterización, se perciben factibles y dimensionadas, distanciándolos de los rasgos caricaturescos facilones propios de una cinta hollywoodense y presentados como individuos conflictuados, tanto a nivel psicológico como emocional, reforzado por aspectos anecdóticos tales como: una detective embarazada, un maleante con afanes paternalistas y las lealtades y vínculos que una experiencia límite como ésta sugiere, evitando pues el maniqueísmo convencional.
La dirección es otro factor sobresaliente, ya que se percibe controlada y a favor de la construcción de atmósferas opresivas y angustiantes propia de espacios confinados, apoyada en una fotografía en video donde la composición y encuadres riesgosos sobresalen y con ciertas virtudes plásticas a pesar de las abundantes dosis de hemoglobina que salpica generosamente la pantalla, sobre todo cuando los muertos vivientes logran ingresar el edificio.
“La Horda” logra consolidarse como una efectiva cinta de horror que ―y, creo, sobra decirlo― no es apta para intestinos delicados o sensibilidades hollywoodenses, ya que la historia y las imágenes logran desenvolverse con dura pero firme convicción narrativa, permitiendo que el espectador se sorprenda con algunas vueltas de tuerca y situaciones más allá del mero impacto visual y que refresca lo que “The Walking Dead” ya ha exprimido hasta el sacio.
Efectivamente, vienen a atraparnos y, al parecer, este asedio va para largo.
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