Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Aunque, si algo ya quedó claro a través de los últimos 40 años, gracias a trabajos audaces, procaces y mordaces como “Fritz el Gato”, “American Pop”, “Heavy Metal” o series como “Los Simpson”, “South Park” y “Rick y Morty”, es que el formato animado hace mucho dejó de ser exclusivo para audiencias infantiles, y para muestra tenemos esta cinta del 2016 titulada “La Fiesta de las Salchichas”, una irreverente, obscena, grosera, vulgar y muy, pero muy divertida cinta que le hará ver a los alimentos en su ‘refri’ de otra manera (menos a los que tengan apariencia fálica. A esos ya los usamos como objeto de albur desde hace décadas). Escrita, producida y estelarizada por ese niñote cuarentón llamado Seth Rogen, la cinta provee un discurso mucho más profundo de lo que sus chistes sobre longaniza puede aparentar, pues más allá de la guasa política, social y cultural que también provee, la película centra su foco en una provocativa reflexión sobre la fe, los dogmas y cualquier postura de índole kerigmática, aunque eso sí, envuelta en una sarta de palabrotas y chistes de doble, triple y hasta cuarto sentido cuando no se muestran elementos francamente explícitos (después de todo, es una película de Seth Rogen y salchichas).
La cinta gira en torno a Frank (Rogen), un embutido que sueña con penetrar a su novia Brenda (Kristen Wiig), un bollo para hot dog. Ambos “viven” en un supermercado donde diariamente todos los alimentos entonan una canción sobre la esperanza de que los dioses (humanos) los elijan y lleven al “Gran Más Allá” (el mundo allende las puertas de la tienda) donde están convencidos “nada malo les sucederá”. Así sucede para Frank y Brenda, quienes terminan siendo seleccionados por un ama de casa, pero un pequeño accidente con el carrito de compras producto de una mostaza dulce que ha descubierto la realidad sobre los humanos (no son dioses y devoran lo que compran) termina por sacarlos del carrito de compras y lanzarlos al suelo, lo que les produce pavor al verse lejos de sus estantes, En el trayecto de vuelta a sus lugares, Frank descubre la terrible verdad sobre su destino una vez adquiridos por sus dioses por parte de los alimentos no perecederos (lácteos y demás), mientras Brenda se muestra desesperada por retornar a su sitio ya que considera esta situación como un castigo divino por tratar de escapar de sus empaques y “tocar la puntita” de Frank mientras estaban en el área de víveres. Por si esto fuera poco, una ducha vaginal enloquecida de poder (a estas alturas ¿Por qué no?) será la antagonista al tratar de tomar ventaja de la confusión y tomar control del supermercado, a la vez que sueña con cumplir su genital misión.
Las aventuras que viven estos personajes son frenéticas, por lo que el humor proviene más bien de los juegos de palabras que brotan constantemente entre los diálogos, pero la identidad y tuétano narrativo del filme recae en sus cuestionamientos sobre las creencias y la ceguera existencial ante lo desconocido, dándole firmeza a una trama juvenil y francamente impúdica (el clímax de la cinta se da en una literal orgía de comida que, al verla, produce excitación y hambre simultáneas), pero indudablemente honesta, además de un trabajo de caracterización sólido y momentos muy entretenidos. “La Fiesta de las Salchichas” podrá no ser el antojo de cualquiera, pero es un hecho que ofrece más proteína y sustento que muchos otros productos animados para adultos (sobre todo los que pululan en Netflix, en su mayoría efectistas y humor guarro del montón). Así que rente esta película en el Centro Cultural Casa Jesús Terán y disfrute de estas “Salchichas” bien sentado frente al televisor.

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