Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Agentes secretos agitados, no revueltos.

En algún punto de la cinta, dos personajes de relevancia charlan sobre sus películas favoritas sobre espías, destacando aquellos elementos por los que funcionaban y otros por los que se transformaron en clichés que permearon la conciencia comunal. Este intercambio de diálogos es esencial para comprender las intenciones satíricas y posmodernas del director británico Matthew Vaughn, quien ha hecho carrera adaptando notorios comics con aspiraciones revisionistas a la pantalla grande (“X Men: Primera Generación” para la Marvel y Fox, “Kick Ass” del siempre polémico creador galés Mark Millar y ésta que nos ocupa, también autoría de Millar) y que parece divertirse de lo lindo manoseando y reconstruyendo esos arquetipos tan familiares del espionaje cinematográfico en su vena más exótica y netamente inglesa (los Bond, sin ir más lejos) para desembocar en un filme templado y muy entretenido que se disfruta por sus escasas ambiciones intelectuales pero guiadas por un honesto desenfado, rico en secuencias ultra dinámicas que se amparan en un ritmo medido, coreografiado electrizantemente y, por supuesto, la violencia a granel característica del autor fuente que se hace notar con bastante fuerza en más de una secuencia, lo que produjo encontronazos con la censura y una conciencia sujeta a la doble moral de los distribuidores norteamericanos.
La película encuentra a un desparpajado protagonista en Gary “Eggsy” Unwin (Taran Egerton), un joven rebelde cincelado en los cánones habituales de la delincuencia inglesa, que es reclutado inesperadamente por un misterioso agente con nombre clave “Galahad” (Colin Firth) como una deuda de honor hacia el padre del muchacho, pues fue también parte de un grupo de agentes secretos muy encubiertos denominada “Kingsman”, defensores irrefrenables de la corona británica y la libertad, muy acorde a los principios artúricos de leyenda (de hecho, sus integrantes adoptan como alias los nombres del mítico monarca y sus caballeros de la mesa redonda). Poco a poco “Eggsy” y sus imberbes compañeros de curso comienzan a desarrollar su mente y cuerpo mediante extenuantes sesiones de entrenamiento que involucran riesgo, compañerismo forzado y situaciones límite donde exponen su vida para transformarse en sofisticados agentes secretos como lo dicta la norma ‘Sean Connery’, todo bajo la tutela del director Arthur (Michael Caine) y su segundo al mando, Merlin (Mark Strong). Su preparación como espías se pondrá a prueba cuando deban enfrentar a Valentine (Samuel L. Jackson) un multimillonario megalómano con impedimentos del habla (algo parecido a un Bill Gates investido de supervillano, por redundante que parezca) que trama un ominoso plan para salvar el medio ambiente pero a un costo muy elevado: exterminio casi total. Así, entre secuencias de simpática brutalidad, fuertes dosis de humor negro y la presencia de una villanesca asistente llamada Gacela (Sofía Boutella) equipada con afiladas extremidades inferiores que van con una impresionante agilidad para hacer honor a su nombre y que recuerda a aquellos estrambóticos adversarios fraguados por Sir Ian Fleming (Oddjob, “Mandíbulas”, etc.), se conjugan con un sólido cuadro actoral favorecido por la dirección de Vaughn, quien aprovecha la anárquica plástica del cómic al generar escenas que estilizan las atmósferas del mejor cine de espías, lo que hace de “Kingsman” un trabajo con suficiente licencia para matar… el aburrimiento. De revisión obligada ante el estreno de su secuela en cartelera hidrocálida.
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