Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Adiós a las fantasías infantiles, hola a la imaginería adulta

Bueno, creo que el título lo dice todo y probablemente ese detalle sea precisamente el que polarice la atención del cinéfilo, pues todo lo que puede sugerir esas seis palabras funciona tanto como elemento alienante para quien encuentre descabellada una premisa de esta magnitud como un imán para todos los aquellos que fagocitan estos bocados posmodernistas. En última instancia, nos quedamos con una cinta que en efecto nos muestra de forma cabal y tácita a los otroras protagonistas del afamado cuento de los Hermanos Grimm en edad adulta y ejerciendo la actividad laboral descrita, lo que puede resultar en una abismal parodia de cruza transgénero o en un divertimento apto para juicios no muy exigentes que sepan apreciar el gozoso delirio que yace en una idea tan alucinante como inspirada. La ventaja que posee este proyecto es que a los mandos se encuentra el joven director noruego Tommy Wirkola, un talento de aquellos que logra parir el vientre geek cuya placenta fue la constante exposición al cine de horror y acción ochentero y noventero. Su carta de presentación fue la cinta “Dod Sno” (2009), filmada en su tierra nativa y, al igual que éste su debut en el cine angloparlante, podía sintetizar sus afanes escapistas en unas cuantas palabras: zombis nazis, y si esas dos mágicas palabritas no fueran suficientes para enganchar al cinéfilo ávido de sensaciones novedosas, entonces se está tan muerto de la capacidad de asombro como los cadáveres ambulantes del filme. Un ejercicio en humor negro, alusiones desmedidas a los componentes culturales mencionados y hemoglobina que salpicaba impúdicamente la pantalla dieron como resultado un culto inmediato, éxito en los mercados internacionales (menos el nuestro, claro, pues la disléxica prioridad de nuestros distribuidores pusieron en la cima de sus listas otros filmes de execrable naturaleza antes que la jocosa cinta de Wirkola, hasta la fecha inédita en cines) y las puertas abiertas de par en par en las oficinas de ejecutivos hollywoodenses, quienes vieron en esta joven promesa al siguiente Sam Raimi o Peter Jackson. Con un presupuesto módico pero generoso (cincuenta millones de los verdes) y la inserción de histriones generalmente asociados con dramas o proyectos de mayor envergadura (Jeremy Renner -Ojo de Halcón en “Los Vengadores”- y Gemma Arterton -“Apuesta Máxima”- como los consanguíneos titulares, además de Famke Janssen como Muriel, la bruja mayor y antagonista indiscutible de la cinta y Peter Stormare en el papel del prepotente y ensoberbecido alcalde de un pueblito rancio, medieval y prejuicioso donde se desarrolla la acción…(y no, no es Aguascalientes, aun si la descripción se ajusta perfectamente), la película cumple su cometido gracias a dos atributos: está completamente desnuda de pretensiones y la ferocidad con que Wirkola ataca el sentido visual de los espectadores mediante vertiginosas secuencias de acción sans ralentí y mazazos de violencia gráfica que incluyen diversas variantes en destrucción craneal que nos hacen recordar a un Raimi en sus mejores y más honestos tiempos. Incluso la historia es sencilla pero eficaz: Los hermanos sobreviven siendo niños a su fabulado encuentro con una terrible bruja y su domicilio erigido con golosinas, por lo que se encomiendan la erradicación de todo ser que practique la magia negra. En la ejecución de su deber descubren un plan por parte de la cofradía de hechiceras para raptar diversos niños y niñas a ser sacrificados en el Festival de la Luna Sangrienta y tomar el control del mundo. Hansel y Gretel se les interponen con la ayuda de su sofisticado armamento steampunk (incluyendo versiones rústicas de ametralladoras, mirillas de largo alcance e incluso un desfibrilador medieval utilizado en un momento clave de la cinta), amplio conocimiento de la lucha cuerpo a cuerpo y otros personajes que se suman a la batalla, incluyendo una bella campesina ( Pihla Viitala) que oculta un secreto pivotal para la resolución de la trama, un granjero adolescente admirador de la pareja de hermanos que aspira a ser como ellos cuando crezca (Thomas Mann, sin relación con el mítico escritor), el impetuoso pero asertivo asistente del alcalde (Björn Sundquist) y un troll llamado Edward, quien aborrece a las brujas y tiene una cuenta que saldar con Muriel (Janssen). Esta galería de personajes nos obsequia lo mejor y lo peor de los arquetipos a los que nos tiene acostumbrados el nuevo cine fantástico cumpliendo al pie de la letra con las motivaciones características: venganza, interés y/o justicia mientras que sus aventuras nos son contadas con la calidad de una malteada, sin mayor aspiración nutrimental mas que el dejar un sabor agradable en la boca al obsequiarnos una visión irresistible: personajes base de la literatura infantil madurados a un punto que niegan sus origen pueril para engrosar las filas del entretenimiento adulto.
“Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas” no es brillante, ni ingeniosa o mucho menos propositiva, pero definitivamente cumple su cometido escapista al llevarnos a su casita de dulce y hartarnos con todo aquello que nos gusta: violencia gratuita, chistes malos contados con ingenio y sangre a granel sin forzar demasiado el recurso, simplemente abordar esta nueva línea de reinvención de clásicos o trasgresión de mitos como ya lo han hecho “Blanca Nieves y el Cazador” (Sanders, E.U., 2012), “Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros” (Bekmambetov, E.U., 2012) o la inminente “Bright” (David Ayer, E.U.) a estrenarse por Netflix. Si el éxito de esta producción de Wirkola es un indicativo, poco falta para que veamos a otros personajes clásicos de la niñez aplicando la vieja ultraviolencia a sus adversarios. Por lo menos yo si pagaría por ver una versión clasificación “C” de “Caperucita y Pulgarcito Contra los Monstruos”, donde un Lobo Feroz maniaco-depresivo con la voz de “El Loco” Valdés destaza implacablemente a sus víctimas mientras el Zorrillito es un asesino a sueldo para pagar la operación de tráquea que le dará una voz más varonil. Mientras tanto, esta cinta cumple como parte de los delirios que esta generación comparte vía Twitter y Facebook.

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