Juan Pablo Martínez Zúñiga

“La vergüenza no es una emoción lo suficientemente fuerte para detenernos a hacer lo que queramos.”
– Michéle Leblanc

El director holandés Paul Verhoeven (Amsterdam, 1938) es un genuino provocador. Sus filmes sondean la identidad social y cultural en turno mediante elaboradas metáforas que se mimetizan de acuerdo al género que aborda, ya sea una sátira a los constructos capitalistas que invariablemente erogan en una aplicación fascista de la ley y los medios en “Robocop” (1987) o una farsa sobre la doble moral occidental que tiende a cubrir con un velo color de rosa el menester erótico del ser humano mediante una muestra de carne humorista y desenfadada, malentendida por la crítica de la época como porno pretencioso en “Showgirls” (1995), patentizando la diversificación de discurso que el cine y la pertinente mirada de un autor adhieren al quehacer cinéfilo, independiente de su recibimiento en taquilla. Verhoeven siempre se ha manifestado distante a esta ecuación donde los factores monetarios y articulistas equivalen a validez, pues en sus películas siempre involucra incluso un sutil desdén a la concordia comunal, atacando con elegancia y vehemencia componentes sacros a la ideología norteamericana como corrección política, divulgación imperialista, conformismo cultural y estancamiento intelectual vía culto a la banalidad, entre otras. Su más reciente trabajo, uno que irrazonablemente eludió nuestras salas de cine hidrocálidas (probablemente por no encajar en los cánones de la taquilla local), sincretiza todo esto mediante el oscuro lirismo que secreta un argumento aparentemente sórdido pero con un fondo insondable en sus niveles de lectura y apreciación. La cinta en cuestión, titulada “Elle: Abuso y Seducción”, no sólo es uno de los filmes más logrados y maduros de Verhoeven, también tiene toda la hechura de un clásico moderno al hablarle a los ojos y sin tapujos a una generación que prefiere las evasivas argumentales de un ser tan complejo, potente y enigmático que la narrativa cinematográfica apenas ha abordado en 120 años limitados aspectos de ello: la mujer. Añadan una trama marinada en la visceralidad más noble que procura eliminar con finura cada títere y su cabeza para dejarnos con una de las cintas más admirables en lo que va del siglo.
La vértebra emocional y dramática de la película es de la siempre magnífica Isabelle Huppert, madura actriz parisina quien aporta mediante sus adustos pero bellos rasgos una figura femenina que define etéreamente la composición de la mujer enérgica, concluyente y susceptible a determinadas emociones que debe navegar en un océano de imperturbables millenials incapaces de asimilar una hembra de este talante. Aquí, Huppert interpreta a Michéle Leblanc, la cabeza de una exitosa compañía de videojuegos asentada en París que se encuentra al borde de presentar su más reciente trabajo al público consumidor. Leblanc parece indestructible, pues ordena con firmeza a sus jóvenes programadores delineando claramente qué elementos necesita el juego para que supere sus éxitos anteriores, a la vez que mantiene una relación amistosa con su ex marido Richard (Charles Berling), de quien se separó debido a una violenta confrontación física. Su voz de mando traspasa el ambiente laboral para acompañarla en su vida personal, reflejado en su ambivalente relación con su hijo Vincent (Jonas Bloquet), quien ha embarazado a su novia con los esperados resultados de tensión y rechazo, y el amorío que sostiene con Robert (Christian Berkel), el esposo de su mejor amiga, Anna (Anne Consigny). Esto no es más que un caos sistemático que adquiere una pasmosa estructura cuando Michéle es violada por un enmascarado que irrumpe en su casa. Tal invasión domiciliaria y corporal modifica la perspectiva de la protagonista y se da a la tarea de descifrar la identidad del atacante ¿Será Kurt (Lucas Prisor), un joven empleado que resiente primitivamente el dominio estrogénico de su jefa? ¿O será Patrick (Laurent Laffitte), el vecino casado por quien siente una atracción física y quien aparece en los momentos más convenientes para asistir a Michéle? La verdad no será tan impactante como la progresión perceptual y psicológica de nuestra protagonista, quien conjuga su sagaz mente con la oscura Caja de Pandora que es su cuerpo a la vez que lidia con su tormentoso pasado, uno que incluye el ser hija de un asesino serial.
Paul Verhoeven mide con precisión los alcances dramáticos de su cinta para no demoler su meticulosa construcción de personajes y situaciones mediante estridencias producto de tragedias zalameras y conmueve a la vez que horroriza mostrando las facetas más ominosas de la naturaleza humana generando un ethos claro para distinguir las intenciones narrativas en tan intrincado discurso, a la vez que los actores brillan por su robusta interpretación, favorecidos por el excelente y dramatúrgico guión de David Birke y una fotografía de exquisitez minimalista cortesía de Stéphane Fontaine. “Elle: Abuso y Seducción” sobrepasa la ingenua interpretación que sobre la cinta han tenido los adormilados tituladores nacionales, pues el abuso en realidad es autodescubrimiento y la seducción es nula, a menos que se aluda al efecto que esta formidable cinta produce en el espectador. De revisión obligada ahora que finalmente se encuentra a nuestro alcance en formato casero.

Correo: [email protected]