Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Guerra de adentro para afuera.

El convencionalismo cultural dicta que la medida en la caladura de un héroe es directamente proporcional a su capacidad de respuesta en contingencias riesgosas. En el caso de “El Sobreviviente”, la proeza se reduce simplemente a resguardar la integridad física y no perder la cordura o la vida.
Basada en una historia real, la cinta narra la odisea vivida en Afganistán por el marine norteamericano Marcus Luttrell (Mark Wahlberg en uno de sus mejores papeles a la fecha) y su pequeño regimiento durante una misión cuyo objetivo era el asesinar al líder talibán Ahmad Shah, pero que se ve truncada al ser descubiertos por un humilde grupo de pastores, situación que detonará un conflicto de índole moral entre los soldados, al debatir sobre el destino de unos civiles cuyo único delito fue llegar al sitio equivocado en el momento incorrecto. Este punto argumental plantea las bases dramáticas y motivacionales del filme, pues mientras algunos miembros del pelotón no dudan en eliminar fríamente a los pastores afganos y así eliminar testigos, Luttrell establece una brújula moral y pragmática señalando las polémicas implicaciones de tal acto si la prensa internacional llegara a enterarse. Tal división desencadenará una serie de eventos que culminará con la persecución de este reducido grupo militar por parte de las fuerzas armadas afganas y una intensa lucha por sobrevivir en un terreno hostil donde los ambientes naturales juegan un papel importante en el desenvolvimiento de la refriega. Como colofón argumental, la cinta nos muestra cómo el personaje principal deberá encarar otra batalla de índole más íntima: ocultarse en una aldea local y tratar de ganarse la confianza de sus asustados habitantes conformando un tercer acto tenso y pletórico de dramatismo.
El actor, director, escritor y productor Peter Berg, quien aquí debuta su mancuerna con Wahlberg en una relación que se ha prolongado en proyectos de calidad variable como “El Día del Atentado” (2016) y “Milla 22” (2018), muestra con claridad el refinamiento de sus habilidades como cineasta y logra trascender su material narrativo base para generar un relato interesante y repleto de áreas grises, pues está ausente la veneración con que los norteamericanos suelen retratar a sus tropas en el cine y el enfoque se equidista entre la conflictiva dinámica que brota en los confundidos y dispersos soldados estadounidenses, las incongruencias deontológicas al dividir la perspectiva ética que involucra el rescate de asesinos profesionales que se asumen salvadores (los gringos) y un orgullo puesto de rodillas cuando la fuerza no significa nada si se está solo y en desamparo. Mark Wahlberg brilla en un papel rico e interesante donde expresa convincentemente un extravío total al percatarse que el lenguaje de las armas es inútil en el contexto en que se encuentra, además que su eficaz uso del lenguaje corporal y manejo de miradas se torna esencial para la humanización del personaje. Producción bélica donde las secuencias de fragor militar no están ausentes pero que no descuida el origen de la verdadera batalla: el corazón y mente humanos, los cuales no siempre comprenden porqué deben sacrificar su integridad en aras de un supuesto bien mayor. Un filme que aporta este nivel de reflexión bien vale la pena un visionado.
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