Las ventanas del alma también se rompen.

Argentina, 1999. Un hombre, Benjamín Espósito (Ricardo Darín en uno de sus mejores papeles) se reúne en un café con una mujer, Irene Menéndez-Hastings (Soledad Villamil) después de 25 años de no verse. Ella es una jueza y él un investigador criminal retirado Es evidente que existe algo entre ellos más allá de lo profesional. La reunión es para que Irene evalúe el borrador de una novela que él pretende desarrollar sobre un caso en el que ambos se vieron involucrados hace un cuarto de siglo donde una mujer fue brutalmente asesinada por un atacante desconocido y que trascendió a nivel de parteaguas en muchos aspectos en la vida de estos dos seres que viven en un extravío emocional, incapaces de retener a una pareja por demasiado tiempo.
Así comienza “El Secreto de sus ojos”, producción argentina ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera en el 2010 dirigida por el experimentado Juan José Campanella (“El Hijo de la Novia”, “Luna de Avellaneda” y varios episodios de “La Ley y el Orden” y “Dr. House”, entre otras), quien desarrolla un drama oscuro con guiños al thriller urbano diseñado en las entrañas del film noir posmoderno donde aplica la narración no lineal a modo de flashbacks entre el presente y el año 1974, cuando Espósito (Darín) comienza a investigar el crimen ya mencionado junto a un colega, Pablo Sandoval (el comediante Guillermo Francella explorando su lado más serio) que prefiere ver el fondo de una botella al de un caso. La policía ya ha apresado a dos trabajadores a quienes se les imputa el siniestro, pero Espósito está convencido, después de una investigación por su cuenta, de que se trata de un ex enamorado de la finada llamado Isidoro Gómez (Javier Godino) después de revisar algunas fotografías donde aparece el sospechoso con una mirada peculiar que encierra, según el protagonista, “un secreto en sus ojos”. A partir de ahí, se genera un relato que explora los recovecos psicológicos y existenciales de Esposito para culminar en una vuelta de tuerca sorpresiva pero algo forzada, por la relativa inverosimilitud con que se plantea.
La lectura correcta a este filme apasionado y de absorción intelectual inmediata se produce mediante la mediación que se genera entre el desarrollo de los tiempos, un pasado y un presente que hablan de lo mismo: la esperanza abatida por la realidad. Su planteamiento resulta exitoso gracias al hábil y meticuloso montaje del mismo Campanella en conjunto con la magistral composición musical de Federico Jusid, generando aportes visuales y acústicos a la trama sin que sirvan de mero adorno, abriendo puertas narrativas al espectador para comprender que el thriller de calidad no es exclusivo de Francia, Alemania e incluso de E.U.
La habilidad de Campanella para armar una trama coherente a partir de trozos de tiempo disperso se ve sustentada en una construcción sólida de personajes y una fotografía impecable (cortesía de Félix Monti) que, además de estructurar diversas atmósferas que van de lo evocativo a lo ominoso, genera una serie de composiciones plásticas que le dan un sello preciso a la cinta (en materia técnica, destaca un soberbio plano secuencia que se efectúa en un atestado estadio de fútbol donde se desarrolla una persecución digna de David Fincher), amén de un cuadro de actores magnífico que vende a los personajes con resolución y compromiso. El filme se esfuerza por esquivar los baches del cliché – aunque no de momentos predecibles- para erogar en un discurso sólido donde lo que brilla es la concreción y ambición narrativa, producto de un director que comprende su medio y que, desafortunadamente, no filma -para la gran pantalla- con la velocidad que uno desearía. Pero este filme será uno de sus indiscutibles legados, tanto a un género poco o mal explorado en Latinoamérica y al amante de relatos con altas dosis de ominosidad y angustia existencial de calidad.
Correo: corte-yqueda@hotmail.com

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