Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cuando Henry Hill (Ray Liotta) manifiesta en «voz en off» que lo único que deseaba en la vida era ser un gángster al comienzo de “Buenos Muchachos” (Scorsese, E.U., 1990), no se refería tan solo a saciar una fantasía sociópata -aunque algo había de eso-, sino ofrendarse a una existencia de riesgo, adrenalina, respeto ajeno pero no por lo ajeno y saturarse sensorialmente de todo lo que la abundancia en dólares pueda proveerle (bienes materiales, mujeres y droga en cantidades industriales). Aquí, el excepcional Martin Scorsese golpeaba con su acostumbrada brutalidad de terciopelo la condición cultural del Norteamérica, pues mientras el ciudadano promedio saluda con dedicación a su bandera y la milicia que planta en toda nación que se deje y adora su estilo de vida, su genuina devoción yace en el rincón más oscuro de su habitación, donde se refugia del cotidiano banal para acariciar por unos momentos el espejismo de alcanzar la cima del sueño americano: lograr la trascendencia mediante el éxito o la ilusión del ser mejor que los demás a través de cuantiosos caudales. Un impacto incisivo gracias a ese cirujano de la cultura que es Scorsese y que retomó con “El Lobo de Wall Street” cuando Justin Belfort (Leonardo Dicaprio), el personaje principal del filme, proclama desde el inicio de la cinta que lo único que deseaba en la vida era ser rico. Pero ni él ni Henry Hill, ambos sustraídos de individuos y eventos auténticos, pudieron prever lo que sucedería cuando su caro deseo se cumpliera, pues al ponerse en manos de su ego y ambición éstos los condujeron al jerarca más caprichoso de todos, aquel que no perdona a sus hijos descarriados: el sistema. Y sin embargo, estamos ante una cinta que repele el sublime dramatismo y compleja narración de la mencionada epopeya mafiosa para entregarse de lleno al humor negro más exquisito y visceral, ese que incomoda a las audiencias del «chick flick» o la acción barata por su naturaleza honesta y porque lo que vemos en pantalla es hilarantemente real. Leonardo DiCaprio trabaja como nunca en su rango histriónico encarnando a Belfort, un joven codicioso que en 1987 comienza desde abajo trabajando como corredor de bolsa en Wall Street bajo la tutela del cacofónico y carismático Mark Hanna (un efímero pero memorable Matthew McConaughey), quien lo alienta para que alimente ese apetito por el capital con consejos memorables como “Busca la manera de trasladar el dinero de tu cliente a tu bolsillo” y “Mastúrbate varias veces al día, lo necesitarás en este trabajo”, al ritmo de un golpeteo que se antoja más un remedo de posmodernidad que una práctica genuinamente tribal. Sin embargo todo colapsa cuando a tan solo unos días de lograr su anhelada meta llega el catastrófico Lunes Negro, apocalíptico crack bursátil que obliga a Belfort a abandonar su puesto y buscar alternativas laborales que llega en forma de una humilde asociación de venta de acciones a centavo donde obtendrá dos componentes importantes que marcarán su destino: 1.- La base económica para despegar y 2.- Donnie (Jonah Hill), un vendedor de muebles cachetón de fulgurante sonrisa a quien conoce por casualidad y que se volverá su mayor aliado. Juntos arman un equipo en base a sus ambiciones conjuntas y crean una compañía de acciones sustentada en el fraude, pues toman el dinero de sus empobrecidos clientes que sueñan con una mejoría económica y jamás ven réditos, pues Belfort y Co. se queda con todo. Como dicto narrativo, somos testigos del enriquecimiento in crescendo del protagonista hasta amasar una fortuna incalculable, involucrando a su padre (el genial Rob Reiner) y entregándose a los placeres más hedonistas y absurdos posibles, desde orgías con prostitutas de 500 dólares hasta lanzar enanos cubiertos de velcro hacia dianas gigantes… todo en plena oficina. Una bacanal en el círculo del infierno más confortable de todos: la casa de bolsa americana.
Scorsese se atrinchera en la silla de director y deja que su milimétrico caos tome el control de la cinta, erogando en una de las comedias más notables y jocosas que un servidor haya visto en años, despreciando los excesos gratuitos y examinando sus consecuencias, motivos y oleaje, pues cuando la fiesta debe terminar cortesía de las investigaciones del FBI, Belfort está en un punto más allá del bien y del mal. El genuino punto de conflicto involucra tanto el estrepitoso aterrizaje del protagonista a una posible realidad tras las rejas y los conflictos que sostiene con su escultural esposa (una formidable Margot Robbie), escalando ambos en intensidad y fuerza hasta llegar al inevitable quiebre emocional, manejado con sutileza y madurez por un director acostumbrado a revisar personajes conflictuados que sucumben ante el peso de sus actos (“Toro Salvaje”, “Taxi Driver”, “El Rey de la Comedia” e incluso “La última Tentación de Cristo”, por mencionar algunos ejemplos).
Una cinta formidable donde las haya con actuaciones impecables, un ritmo y montajes que maravillan por deslizar en la conciencia del espectador tres horas de película que nunca se sienten y el truculento sentido del humor de esta salvaje bestia cinematográfica que permite reírnos de sujetos intoxicados por quaalude con fecha de expiración pasada o la inhalación de cocaína como símil del efecto de las espinacas en Popeye. Una joya disponible en DVD que resplandece por su inteligencia y desenfado al no importarle lo que la gente piense o diga de su sobrado gusto por el sexo, la guarrez y la droga, igual que el mismo Belfort. Simplemente brillante.
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