Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Las palabras no tienen el poder de impresionar a la mente sin el exquisito horror de su realidad”
– Edgar Allan Poe

Para una persona ajena a cualquier trastorno de comunicación, la cita previa podría referirse a un sinfín de elementos, desde posturas existencialistas hasta aspectos truncos en el proceso creativo. Pero para el rey Jorge VI de Inglaterra, esa realidad horripilante constituyó el principal catalizador para que sus palabras impresionaran no sólo su mente, sino las de todos sus súbditos, pues fueron enunciadas con elocuencia, gracia e inspiración para transformarse en un “zeitgeist” que trascendió las fronteras británicas al vencer a un atormentador demonio personal que ponía en riesgo tanto su iconicidad monárquica como la emisión misma de sus vitales mensajes a la nación en el umbral de la 2ª Guerra Mundial: era tartamudo. Indudablemente, una historia digna para una película.
El joven director inglés Tom Hooper (“La Chica Danesa”) –quien previo a la dirección de este filme en su currículum figuraban diversos trabajos para televisión y dos sólidos largometrajes (“Tierra de Sangre” y “The Damned United”)–, es el artífice de este proyecto basado en acontecimientos reales donde se esculpe en el monolito de la monarquía británica con el cincel de la desmitificación para tallar a un hombre que semeja a un niño extraviado ante la imponente tarea de dirigir a una nación por cuestiones meramente incidentales, no hereditarias, revelando a un ser humano allende el poderoso y fastuoso título de rey.
La historia se desarrolla en forma lineal y sobria pero muy efectiva en la concreta develación de capítulos al presentarnos a los personajes principales: el Rey Jorge VI (interpretado con mesura y entrega por el siempre excelente Colin Firth, amén de su merecido Oscar por este papel), quien lidia con el desprecio de su padre, el Rey Jorge V (Michael Gambon) y su desobligado hermano –además de heredero al trono– Eduardo VII (el siempre efectivo Guy Pearce). Su esposa –la futura reina– Isabel (una Helena Bonham Carter magistral y muy controlada) funge como el ancla emocional del protagonista, además de buscar soluciones a su problema psicógeno. Aquí es cuando ingresa el punto argumental del filme al contactar con un radical terapeuta del habla una vez que todos los expertos fracasan en su intento por corregir la dicción del Rey. El especialista, llamado Lionel Logue (Geoffrey Rush en plena forma y además, productor del filme), acepta el difícil caso a cambio de un alto precio para el futuro monarca: deberá despojarse de su gruesa coraza diplomática y humanizar su trato en el consultorio. Esta dinámica entre el hombre común y aquel que se encuentra en la estratósfera social, servirá como cauce argumental para que el director Hooper explore los aspectos más terrenos y naturales de los dos personajes, además de exponer las patologías de un individuo cuyo irrevocable destino es la de afectar las vidas de todo un país.
El guión, fraguado por David Seidler, atinadamente se centra en los conflictos emocionales del rey Jorge y su vínculo con la familia, mostrando una naturaleza frágil y atribulada que provoca su impedimento del habla, traduciéndose a su vez en un proceder inseguro y trastabillante, una materia prima invaluable para que Colin Firth ejecute excelentemente su desempeño histriónico, mostrando un rango dramático que va desde lo más sutil a la línea más visceral, alejándose de desgañitamientos innecesarios o lágrimas facilonas. De igual forma, Helena Bonham Carter muestra señales de grandeza actoral al mostrarse como su contraparte y complemento simultáneos en la búsqueda de la identidad de líder de su esposo, ya que traduce la experiencia con serenidad y franqueza pero con un ojo avizor a los intereses tanto de la nación como de su consorte, profundizando al personaje más allá de la mera reverencia.
Un drama de época que se precie jamás descuida los elementos visuales y escenográficos, mas en este filme las sutilezas plásticas las localizamos principalmente en interiores, ya que los aspectos más importantes de la trama siempre se ejecutan en algún espacio cerrado, ya sea el sombrío pero matizado consultorio de Logue o los aparatosos y barrocos ambientes del palacio de Windsor, todo retratado con exquisita austeridad lumínica y atmosférica.
Al final, lo más interesante del relato no es el rey tratando de vencer a su antagónico impedimento vocal o fortalecer su presencia ante una Inglaterra asediada por el espectro de la guerra, sino la honesta noción de amistad que enlaza a los personajes de Firth y Rush que humaniza al primero y trasciende al otro, brindando una dinámica en momentos hilarante y en otras francamente conmovedora sin recurrir a las clásicas tácticas ya probadas de situaciones similares en otras producciones erogando en un absorbente y catártico desenlace. “El Discurso del Rey” es además un punto de inspiración sobre el firme manejo de un líder frente a una nación en tiempos de crisis, algo sobre lo que Peña Nieto bien podría tomar nota en estos momentos.

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