Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Porque en el ocaso, todos somos unos u otros

Algo muy extraño ocurrió en el ya lejano año de 1998: esta extraordinaria cinta jamás vio la luz de un proyector de un cine mexicano a pesar de las arrolladoras críticas y las constantes postulaciones a premios internacionales (incluido el Oscar para dos de sus actores principales), negándonos la posibilidad de ver en pantalla grande una de las mejores cintas en el ocaso de aquella década y probablemente uno de los proyectos más logrados de los involucrados tanto a nivel creativo como histriónico. ¿Que porqué no se estrenó en México? Bueno, las especulaciones abundan, desde la entonces falta de reconocimiento en marquesina de sus estrellas hasta la trama, que bien pudiera considerarse escabrosa para los paladares medievales de algunas autoridades -y públicos, faltaba más.
La cinta es dirigida por Bill Condon, adorador y pupilo del más destacado cine B cincuentero en la mejor tradición de Joe Dante o John Landis y artífice de cintas de considerable culto como “Extraños Invasores” (1983), “Hermana, Hermana” (1987) y “Candyman: Adiós a la Carne” (1995), así como filmes de un gusto más mainstream como “Kinsey, el Científico del Sexo” (2004), “Soñadoras” (2006) y las más recientes “Crepúsculo: Amanecer” partes 1 y 2 y el remake de “La Bella y la Bestia”, siempre con mano firme y un ojo para la composición plástica estilizada.
“Dioses y Monstruos” se erige como el proyecto más interesante para este realizador de profiláctico apellido, ya que aborda los últimos días del legendario director James Whale (encarnado con humillante maestría por Sir Ian McKellen) en el año 1957. Whale, como ustedes recordarán, fue el director que abrió senda en el género de horror en los E. U. y permitió la solidificación de los Estudios Universal durante la década de los 30’s con las cintas “Frankenstein” (1931), “El Caserón de las Sombras” (1932), “El Hombre Invisible” (1933) y su obra maestra: “La Novia de Frankenstein” (1935), cintas que, sin embargo, lo marcaron y encasillaron a pesar de que su talento era caudal de historias interesantes y absorbentes, alienándolo poco a poco de la maquinaria hollywoodense, además de una faceta de su personalidad que en aquel entonces (bueno, en nuestro país sigue siendo tema de retrógradas polémicas) resultaba por demás escandaloso: su homosexualidad. Este factor resulta imprescindible como detonante narrativo de la cinta, ya que su existencia reclusa y casi misantrópica se ve alterada con la llegada de un fornido jardinero de nombre Clayton Boone (encarnado por un sorprendente Brendan Fraser, demostrando que el binomio de un personaje dimensionado y trabajado y un buen director pueden extraer una magnífica interpretación hasta de “George de la Selva”), quien se tornará objeto de sus fantasías lascivas y a quien paulatinamente comenzará a fascinar a través de la fuerza más seductora conocida por el hombre: la creatividad.
La historia está basada en el libro escrito por Christopher Bram titulado “El padre de Frankenstein” -también inédito en nuestro país- y adaptado por el propio Condon, quien enfoca todo el peso dramático en la absorbente relación que se entreteje entre dos sujetos tan disímbolos como pueden ser un cosmopolita y extrovertido cineasta y un bruto trabajador manual incapaz de sostener una conversación profunda e ineficaz para seducir a una mujer (como se puede apreciar en una interesante secuencia en un bar donde Boone trata de perpetuar su relación con una bella chica del lugar fracasando miserablemente), además de las constantes intromisiones de Hannah, el ama de llaves del lugar y confidente del decadente director (la siempre bienvenida y finada Lynn Redgrave en otra sólida actuación). Sin embargo, ambos despiertan fascinación uno en el otro y terminan enlazados en una bizarra amistad donde uno busca escapar de su opresiva y humilde realidad, mientras el otro reencontrarse con la humanidad y, tal vez, llevarse a la cama a un musculoso fornicador, aspectos que desembocan en una exploración psicológica notable sustentada en diálogos fluidos y viñetas que subrayan la realidad de la anécdota, como las conversaciones que mantienen mientras Whale trata de pintar a Boone donde se revelan aspectos de su pasado y manías.
La cinta está retratada con una sobriedad impecable por Stephen Katz, quien aprovecha todas las oportunidades a nivel compositivo que proveen los espacios en locación exterior y, especialmente, la suntuosa y oscura mansión de Whale, jugando así con algunos aspectos cromáticos que permiten rescatar exitosamente las añejas atmósferas de la década de los 50’s en conjunto a una excelente ambientación y trabajo del departamento de arte que le dota verosimilitud y concreción al relato.
Una película producida por, ni mas ni menos, que el escritor Clive Barker (el otrora “futuro del horror” literario como lo describiera Stephen King y creador de la célebre saga “Hellraiser”), quien supo ver en este texto algunos de los aspectos que inquietan y motivan al humano, ya sean los dioses que moran en las sombras de su espíritu o los monstruos que se regodean a la luz de sus acciones. Sólo hay que decidir cuál dejaremos salir el día de mañana…

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