Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Reza el dicho: “La realidad es más extraña que la ficción”; pero pareciera que nuestra existencia es un simple capricho de la ficción, pues ésta puede embalar la materialidad de nuestras vidas para hacerla aún más extraña, como ocurrió en un lejano noviembre de 1979 cuando un grupo de militantes iraníes tomaron la embajada norteamericana en la ciudad de Teherán como represalia por el acogimiento del recientemente depuesto Shah por el gobierno de los Estados Unidos. 50 miembros del staff fueron secuestrados, mientras que 6 lograron huir hasta la embajada canadiense donde permanecieron ocultos hasta que se tomara una decisión sobre cómo extraerlos sin problemas de la conflictiva nación. Esta realidad histórica, que a la postre sería una mancha en el historial político de Ronald Reagan debido a su infame intercambio de armas por rehenes, tuvo una bifurcación poco conocida que no se revelaría sino hasta 1997, cuando la CIA autorizó la develación de datos que indicaban cómo se logró el rescate de esas 6 personas en un ambiente de ánimos caldeados y antiyanquis. Los pormenores son la base argumental de esta cinta, basada a su vez en un artículo de Joshua Bearman que ponen de manifiesto cómo efectivamente la realidad no necesariamente supera a la ficción, sino que van de la mano con descabellados propósitos en un mundo sometido por políticas internacionales absurdas y donde, si la norma es la locura, el disparate es la respuesta. En este caso, la en apariencia irracional idea de fingir el rodaje de una cinta de ciencia ficción estilo “La Guerra de las Galaxias” en el inhóspito territorio iraní con el fin de colar a los trabajadores encubiertos en la supuesta producción y hacerlos pasar como miembros de la producción y así sacarlos del país. Una idea digna para una película, y así ocurre en esta adaptación de los hechos por cortesía del actor metido a cineasta Ben Affleck, quien brilla en ésta lid al exponer los acontecimientos de manera sobria, concisa y, justo es decirlo, madura, pues no cae en los encantos del maniqueísmo barato o la enarbolación de ostentosas banderas, pues comprende que los hechos ya son de por sí fantásticos como para panfletearlos. Affleck protagoniza esta interesante cinta (después que Brad Pritt rechazara el papel debido a problemas de agenda) encarnando a Tony Mendez, un experto en extracciones contratado por la CIA para encontrar solución a tan delicado problema, pues simplemente no existe un modo legal o militar para sustraerlos sin incurrir en invasiones ilegales o quebranto de política extranjera. La epifanía llega cuando Mendez ve por TV: “Batalla por el Planeta de los Simios” y fragua un plan para generar una filmación ficticia en Irán con el fin buscar locaciones para un filme de ciencia ficción titulado “Argo”, decisión avalada por la inteligencia yanqui una vez que el género se encontraba en boga gracias al exitoso trabajo de George Lucas. Para darle autenticidad al proyecto y que las autoridades iraníes no sospecharan, Mendez contrata al veterano maquillista e insider de Hollywood John Chambers (un excelente John Goodman) para que lo auxilie, así como al productor Lester Siegel para que coordine la quimérica producción e incluso al legendario artista Jack “El Rey” Kirby (interpretado por Michael Parks) para la realización de storyboards, todo bajo la vigía del supervisor Jack O’Donnell (Bryan Cranston dando otra gran interpretación), cuyo cuello está constantemente en la guillotina con cada paso de esta desquiciada operación.
El titulo de la cinta refiere al navío donde Jasón viajó con su tripulación para encontrar el vellocino de oro en el conocido mito griego, y sirve además como herramienta simbólica para comprender el tipo de travesía que deberán enfrentar los personajes. El desarrollo procede con un fino hilo de suspenso que jamás decae y las actuaciones son más que sólidas. Es imposible no apreciar las acertadas decisiones de Affleck en cuanto a ambientación y encuadres, todas muy cercanas a las propuestas plásticas y estéticas de la época e incluso claras referencias a filmes como “Todos los Hombres del Presidente” (Pakula, 1976, E.U.) en su puesta en escena, ya que tiende a los planos generales cuyo centro de gravedad son los personajes y no necesariamente los escenarios, aun cuando éstos se perciben detallados y minuciosos en cuanto a la exposición histórica y exudan fidelidad, así como el vestuario y las elecciones cromáticas, todas muy acertadas.
Sorprende la solidez con que Affleck, un rostro cuya carrera como actor se ha distinguido por la ambivalencia, ha logrado cimentar su vía creativa mediante la dirección, pues de “Sucedió una noche” a ésta, pasando por la ya notable “Atracción peligrosa”, se nos muestra como un director comprometido y en la tradición de actores-directores que conjugan este binomio con miradas honestas a sus temas como Clint Eastwood o George Clooney, coincidiendo además con el sacrificio de su postura galante a favor de personajes facialmente desfavorecidos. En el caos de “Argo”, vemos un crecimiento notable en su calidad de cineasta y el tema en sí fascina por un elemento que sobrepasa la dramática premisa del rescate de unos funcionarios en tierra hostil: el cine como instrumento de salvación en una narrativa cinematográfica, un metadiscurso que, bien manejado, se traduce en una película que trasciende. Y “Argo” lo hace.

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