“[…] Mira, estoy aquí con mi compañero y otras nueve personas, ¿ves? Y estamos muriendo, hombre. ¿Sabes? Vas a ver nuestros sesos desparramados en la acera y nos van a eviscerar. ¿Vas a mostrar eso por televisión? ¿Todas las amas de casa lo verán, en vez de la telenovela matutina? O sea, ¿qué tienes tú para mí? Porque quiero algo por ello…”

–    Sonny (Al Pacino), durante entrevista televisiva en pleno atraco bancario.

COLUMNA CORTEEl dilema del hombre común no es su pugna con el cotidiano, ése que percibe como el sustractor de todo aquello que la experiencia cultural le ha insertado vía oftálmica en su conciencia, prácticamente adjudicado por derecho divino: trabajo, consorte, mascota, tele de LCD, iPhone, laptop, agua corriente a temperatura agradable y una dosis mentalmente antihigiénica de Laura Bozzo, sin remordimiento; sino consigo mismo, ante una percepción bicéfala que acepta amorosamente tales nonadas, pero busca de reojo aquello que le otorgue un mínimo dejo de trascendencia, el cisma que derrumbe su meticulosamente construida autocomplacencia e indolencia existencial, con la idílica fantasía de reedificar un yo potente que lo acerque más a sus inquietudes ontológicas y que repele las patologías anormales de espectáculos intelectualmente minusválidos, como “La rosa de Guadalupe”, por ello algunos leen, otros disertan, otros contemplan y evalúan y otros, claro está, delinquen, pues la transgresión que de las leyes perpetra un ciudadano común -y hago la aclaración para determinar el tipo de criminal al que se hace referencia y no confundirlo con el delincuente estándar como políticos o abogados- plantea esa metamorfosis en la objetividad racional y le dota de características violentadoras al orden social, que sacia los ímpetus anarquistas y catárticos de las masas, pues mientras que el trabajador honesto y condicionado permanece anónimo en su desempeño, el ladrón celebra su condición al verse glorificado con detalladas fotografías en publicaciones pasquineras que relatan y ensalzan sus hazañas (ya saben, las que emulan una redacción preescolar y silvestre en tonos monocromáticos carmesí o albicelestes, con imágenes de seca brutalidad oportunista que harían ver pudorosos los esfuerzos gore de Herschell Gordon Lewis). Tal sociopatía equivale a cierto encumbramiento que, a diferencia de los atracos que ocurren en los manufacturados universos cinematográficos, procuran ser penalizados. Mas en las películas, el acto de robar es una crítica subversiva sobre un sistema capitalista que nutre tales ansias al malograr los repetidos intentos de sus protagonistas de integrarse a vías legítimas de conducta si se le coarta una posibilidad de empleo y simultáneamente etiquetar onerosamente aquello que ella misma le indica debe poseer (para más referencia, ver y leer “El club de la pelea”), por lo que empuñar un arma y dirigirla a un ser humano a cambio de efectivo, sólo puede redituar en un mensaje que se regurgita calladamente a nivel comunal: es mío y lo tomo por derecho… aun si debo quebrantar el tuyo.
“Tarde de perros”, filme norteamericano de 1975, dirigido por el ya extinto Sidney Lumet, desentraña esa criatura urbana llamada proletario, ubicándolo en el contexto ya mencionado para generar uno de los discursos más contundentes al respecto, amén de consolidarse como un clásico contemporáneo que fundamentó la contracorriente ideológica mainstream de un Hollywood setentero que aún corría riesgos y patrocinaba proyectos de esta índole (curioso, considerando que sus colegas europeos ya les llevaban 20 años de ventaja al respecto desde la Nueva Ola Francesa). Que la cinta fuera protagonizada por la maravillosa dupla de Al Pacino y John Cazale, entonces emergentes iconos de la boyante estructura fílmica norteamericana post-Vietnam, es tan sólo la cereza del pastel.
La historia reluce ante su sobria y sencilla premisa: dos desaliñados individuos de nombre Sonny (Pacino) y Sal (Cazale) entran a un banco con el fin de robarlo. Sin embargo, lo que debió ser un atraco exprés termina por convertirse en una situación de rehenes, prolongándose lo suficiente para transfigurarlo en un circo de tres pistas mediático, donde la participación del nuevo testamento audiovisual (la T.V.) es integral en el basamento del discurso, pues una nota roja convencional termina acaparando la atención pública, especialmente por el aura que destilan los atracadores de pertenecer a su colectivo. Aquí es donde entra en juego la habilidad de Lumet para equilibrar una narrativa sustentada en la sobriedad visual, pero de agobio existencial para sus ficticios involucrados y el desempeño actoral de los protagonistas, que deslumbra por su completa y compleja mímesis del hombre común en una situación desesperada y casi insólita, en particular Pacino, pues su personaje adquiere liderato involuntario gracias a un guión saturado de pathos, cortesía de Frank Pierson (basado a su vez en un evento real), que le obsequia a través de los sagaces diálogos la titularidad del relato por antonomasia, ya sea encarando al jefe de policía que busca su detención pacífica (Sonny: -“Bésame. Cuando me quieren @$%& me gusta que me besen, y mucho”), enardeciendo a la creciente concentración de curiosos que atestiguan el evento invocando actos de impunidad y brutalidad institucional (“¡ATTICA, ATTICA, ATTICA!”) o al revelarse el motivo que lo ha orillado a asaltar un banco (en el espíritu reformador y quebrantador de la época, resulta que lo único que quería era pagarle una operación de cambio de sexo a su amante masculino, encarnado por Chris Sarandon), todo calado en la sofocante atmósfera veraniega que contribuye a la exasperación de nuestros sudorosos personajes.
“Tarde de perros” le habla directamente al espectador, sin desviar la mirada a jugueteos pueriles o efectistas, refiriéndose respetuosamente a la entidad que labra la identidad de cada monstruo urbano, desglosando las causas y efectos de un acto que pretende resolver a punta de pistola la condición de cualquiera, ya sea suya o mía, y eso es lo que hace el revisar esta cinta un acto atemporal, pero de considerable vigencia en esta época recesiva y carente de elementos económicos… pero de moraleja indiscutible, pues su clímax borra toda intención sembrada por la energía del filme, de amagar a los empleados y clientes del Banamex más cercano, pues en nuestro país, tal expiación equivaldrá a un buen tehuacanazo.

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