COLUMNA CORTEAño: 1988. Contexto: La guerra mediática y de palabras entre George Bush padre y Michael Dukakis por hacerse de la Oficina Oval estaba en ebullición, U2 lanzaba su álbum-mito Rattle and Hum, “Rain Man” de Barry Levinson se erigía como la triunfadora en la entrega de los Óscar, Carlos Salinas de Gortari comenzaba su infame sexenio y Chayanne y Flans insistían en grabar discos… por ende, situación: caótica. Sin embargo, lo que nadie sabía es que en un pueblito de Virginia llamado Middlesex, el fin del mundo ya estaba vaticinado para el 31 de octubre de ese año, por un conejo humano llamado Frank y de conocimiento por tan sólo un joven oscuro, tan oscuro como su apellido: Donnie Darko.
Así damos el primer paso a un universo retro elucubrado con primorosa atención por el norteamericano Richard Kelly, director y guionista de una de las cintas de culto modernas por antonomasia y todo un éxito entre la cultura Emo: “Donnie Darko”, filmada en el año 2001 y producida por, entre otros, Drew Barrymore (“E.T.”, “Los Ángeles de Charlie”, “La mejor de mis bodas”), actriz de abultados cachetes y carismática presencia, quien también participa frente a la cámara junto a su protagonista, un jovencito Jake Gyllenhall en el papel que le abriera las puertas en Hollywood, y su hermana Maggie Gyllenhall, así como la porcelanizada Jena Malone (“Orgullo y prejuicio”, “Las ruinas”) y el finado Patrick Swayze (“Ghost, la sombra del amor”, “Punto de quiebra”, “El Rudo” ), interpretando lo que indudablemente fue el personaje más dimensionado en su carrera.
¿Cómo definir esta cinta? Bien, digamos que estamos ante un drama psicológico ominoso con ribetes filosóficos y de ciencia ficción, donde un adolescente con antecedentes de trastorno mental – Donnie Darko (Gyllenhall) – despierta, en la primera secuencia del filme ubicada según un rótulo el 2 de octubre de 1988, justo en medio de la boscosa carretera de su pueblo al salir el sol. En apariencia, sufre episodios sonámbulos donde un ente semejante a una grotesca liebre le notifica que el Armagedón se aproxima y éste ocurrirá en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos. Esta información es tan sólo una pieza del rompecabezas existencial de nuestro personaje principal, ya que además del Apocalipsis debe lidiar con una familia disfuncional que incluye a unos padres (Colmes Osborne y Mary McDonell) desapegados emocionalmente que insisten en mandarlo a terapia recurrente, una hermana adolescente (Maggie Gyllenhall) desubicada académicamente y una pequeña (Daveigh Chase) que sueña con triunfar en el concurso de talentos musicales junto a su grupo de baile denominado “Chispitas” con cierto dejo de ironía.
Es así que los Darko deambulan en un marasmo suburbano donde la educación en el colegio local restringe el pensamiento independiente y la actividad académica propositiva (en una hilarante secuencia, la maestra titular del lugar -una certera Beth Grant- trata de impedir que los alumnos lean “Los destructores”, de Graham Greene, confundiendo al autor con el protagonista de la añeja serie de T. V. “Bonanza” – o sea, Lorne Greene- por lo que el guión alude ingeniosamente a que las deficiencias formativas en los maestros van más allá de nuestro IEA) y la presencia de un fraudulento predicador de autoayuda de nombre Jim Cunningham (Patrick Swayze, emulando involuntariamente a nuestro fraudulento Carlos Cuauhtémoc Sánchez) con fórmulas baratas de apapacho emocional… por lo que tal vez, piensa Donnie, lo mejor sea que llegue el final.
Y éste tiene un anticipo en forma de una gigantesca turbina de avión que cae en la habitación de nuestro protagonista, situación que altera su vida familiar y da pie a una serie de reflexiones sobre el destino del ser, la interrupción de sus caminos trazados y la filosofía del viaje en el tiempo, temas esenciales para desenmarañar un relato que no busca contentarse en meras anécdotas y pretende un nivel de interpretación por parte del espectador para despertar inquietudes sobre aspectos de identidad y este juego de ajedrez cósmico que llamamos vida.
Aún así, el filme logra despojarse de pretensiones y enfoca todo el peso dramático en la correcta interpretación de Gyllenhall (ahora un confiable actor de renombre y adorado por incontables féminas, mi adorada esposa Norma incluída), quien logra establecer un punto de equilibrio entre la locura y la iluminación y hace creíble sus conversaciones con el ya mencionado (y ahora legendario) lepúrido gigante, el cual a su vez, más que una extravagancia de su director, es un símbolo conciso cuya identidad es revelada en el punto climático del filme.
Éstos son tan sólo algunos de los incontables puntos que revisa esta suerte de épica minimalista, donde lo paradójico, lo existencial y el nihilismo convergen en un relato con un nivel tésico sencillo, tan sencillo que pone los pelos de punta: todos llevamos un Apocalipsis dentro, sólo es cuestión de dejarlo salir…
La película (jamás estrenada en cines ni distribuida en formato de video casero de nuestro país) se encuentra a la renta en la Videoteca del Centro Cultural Casa Jesús Terán

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