Noé García Gómez

El 4 de marzo de 1929, bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), el ex presidente Plutarco Elías Calles dio origen a lo que hoy se llama Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Dicha institución con todas sus tres transformaciones tienen como origen el ser un partido creado desde el gobierno para conservar el poder desde los pactos cupulares y de élite política. Como PNR tenía el objetivo de aglutinar a los grupos revolucionarios y los partidos y caciques locales, para que la disputa pasara de los campos de batalla y la atomización local, al cabildeo, negociación y concertación política, girando en torno a un líder revolucionario, Plutarco Elías Calles; ahí inicio la etapa del maximato, donde este líder ponía y quitaba presidentes de México.

Después Lázaro Cárdenas lo transformó en el Partido de la Revolución Mexicana, donde se le dio el giro para cerrar la etapa del maximato y que una institución girara en torno a un cacique nacional, para pasar a que los distintos grupos giraran en torno a una institución. Es por ello que fue conformada por sectores, el militar, popular, campesino y obrero.

Finalmente, en 1946, con la llegada de una nueva élite política, dejando atrás las influencias de los caudillos de la revolución se transforma en el PRI, donde la figura presidencial, sin importar quien la encabezara, era su leit motiv. Cumpliendo una premisa, cambiar para seguir igual.

De ahí hasta el 2000, donde dicho partido se cimbró ya que perdió aquello que hacía que girara, el poder ejecutivo, algunos intentarían presagiar su desaparición o transformación, pero no, simplemente con rapidez entendieron que ante la falta de experiencia del foxismo podrían ser útiles y conservar parte de lo que les interesaba, importantes cargos e influir en el poder.

Pero tenemos que visualizar algo importante, los verdaderos liderazgos y cuadros partidistas, de todos los niveles, no sentían empatía con el foxismo o panismo, sentían una especie de repulsión en privado, pero concertación pública. Por ello su estrategia fue ser pacientes, para comenzaron una etapa de reaglutinamiento, y en 2012 con una joven camada de liderazgos regionales encabezados por el gobernador del Edomex, Enrique Peña Nieto, recuperaron el poder Ejecutivo.

Increíblemente, sólo 6 años después tuvieron el peor resultado electoral de su historia.

La llegada de López Obrador (al que le recuerdan su breve y local pasado priista) generó un escenario muy distinto aquel del año 2000. Hoy muchos (no todos) de sus cuadros nacionales, regionales, locales y hasta de colonia del PRI, sienten una empatía “ideológica” (así, entre comillas) con López Obrador y Morena. Lo que ha generado una serie de apoyos abiertos y soterrados hacia el proyecto de Morena y Andrés Manuel.

Un ejemplo es Aguascalientes, como el desdibujamiento de la dirección del PRI local ha engordado el caldo al proceso interno de Morena, 23 aspirantes de Morena cuando menos ocho tienen un pasado priista, y que rebasa al número de aspirantes del mismo revolucionario institucional. Pero además es de todos conocido que importantes liderazgos (ex gobernadores y ex candidatas) mandaron a esos aspirantes así como estructuras a las filas de Morena.

El PRI tiene que hacerse varias preguntas, cada uno de los priistas tiene que empezar por una fundamental: ¿Cuál es el PRI que le sirve al país y tiene futuro político electoral? Dicen que en tiempos de crisis es cuando la creatividad mejor se da.

Es momento que ese instituto político y los que sientan empatía por sus principios se sienten a rescatarlo, eso conllevará sacrificios y postergar los resultados cortoplacistas para cosechar a mediano y largo plazo. Pero lo peor que le puede pasar es que sus propios liderazgos hagan labor de zapa y terminen corroyendo una institución que fue cuestionable pero que no podemos negar tiene una experiencia en la conformación de instituciones de este país.