Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La llamada me sobresalta y me vuelve a la realidad. El timbre del teléfono siempre me ha sobresaltado y a estás alturas está visto que es algo que no superaré. ¡Sea por Dios y venga mas!. Que me llaman de Saltillo. Repaso mis pendientes y no tengo presente a Saltillo. Hace unos días busqué al Señor Armando Fuentes Aguirre, el que se firma Catón, para invitarlo a dar una conferencia aquí, en Agüitas, pero sus emolumentos, honorarios, estipendios o anatas, son tan excesivos, caros, desmesurados, inalcanzables para nuestras posibilidades que de plano desistí. ¡Qué pena que para otros actos haya gente dispuesta a patrocinar y gente dispuesta a pagar una entrada y no para una conferencia, aunque sea de Catón!. Y no, no era el Sr. Fuentes, aunque en su homenaje merece la pena recordar el chascarrillo del esposo que llega por la madrugada a casa, en estado cre-do y al que naturalmente la abnegada esposa le recibe con cajas destempladas: – ¿De dónde vienes desvergonzado?- – Estaba con mis cuates- contesta el con razón apostrofado de sinvergüenza, – Hueles a alcohol – le grita indignada la sin-sorte, – No vieja, no huelo, la que hueles eres tú, yo apesto- riposta el granuja, -Tu gramática me importa lo que se le unta a un queso, además hueles a mujer- concluye amenazante la enervada cónyuge – Sí- responde el infeliz – ¡Si huelo, pero no soy!- Tan, tan.

Me llamaba el profesor Andrés Mendoza de la Subsecretaría de Cultura de Saltillo para comentarme que el día de ayer se conmemoraba el 75° aniversario de la muerte del General Eulalio Gutiérrez que fuera declarado presidente de México por la Soberana Convención Militar cuyo centenario estamos por celebrar. Como seguramente el amable y no tan ocupado lector recordará, uno de los episodios sobresalientes en cuanto a tensión y gravedad lo protagonizó el licenciado Antonio Díaz Soto y Gama de la delegación Zapatista cuando tomó en sus manos la bandera sobre la que habían firmado los jefes revolucionarios, Villa incluido, y estrujándola la tildó de “trapo”. Los ánimos de por sí caldeados se pusieron a punto de ebullición. Milagrosamente en una asamblea armada y particularmente excitada Díaz Soto y Gama salió ileso aunque apostrofado y maltratado. La bandera en que firmaron los generales revolucionarios el compromiso de lealtad a la Convención se ha perdido. Hace 25 años durante el gobierno del Ingeniero Miguel Ángel Barberena en que también se realizaron actos por el 75 aniversario se realizaron pesquisas para dar con el paradero del lienzo que a su valor simbólico une el anecdótico del revolucionario zapatista.

Han pasado 25 años mas y con el entusiasmo del gobernador Ing. Carlos Lozano de la Torre en el centenario de la Convención, se han programado una serie de acciones conmemorativas, pero, nuevamente surgió la inquietud ¿dónde quedó la bandera?. La tradición apunta hacia los herederos del general Eulalio Gutiérrez, que sería bien explicable que el general en su carácter de presidente provisional designado por los convencionistas tuviera la autoridad y el ánimo para conservar la enseña que sirvió se soporte para el pacto. Personalmente tuve oportunidad de platicar con uno de los nietos del Gral. Eulalio Gutiérrez, el me aseguró que su familia tendría tanto o mas interés que los aguascalentenses para dar con el paradero de la bandera, pero que no tenían noticias fidedignas de que podría estar en poder de los herederos de Antonio I. Villarreal que fue designado presidente de la Convención cuando se trasladó a nuestra ciudad.

El Dr. Lorenzo Rodríguez metódico y acucioso al frente de las conmemoraciones cívicas del estado, por su parte también ha establecido contactos y llevado a cabo investigaciones sin que a la fecha hayan dado resultados positivos. Por mi parte animado por la noticia que me diera el nieto me dediqué a buscar a los herederos de Villarreal con resultados igualmente infructuosos. Hace unos días platicando con otros destacados saltillenses que la prudencia aconseja omitir sus nombres me decían que a su parecer el lienzo se encontraba en posesión de la familia Gutiérrez que lo conservaban con cuidado y con sigilo. La razón, me dijeron, y resulta explicable, es el temor de que al considerarse un objeto de índole histórica que tuvo el carácter de ser emblema de la Convención que se autonombró soberana y que designó un presidente para la república acéfala, fuera reclamada por el Gobierno Federal como reliquia nacional y les privara de su tenencia.

Dejemos a la bandera en paz y en paz a los familiares del ilustre caudillo coahuilense nombrado presidente aquí en Aguascalientes, donde por cierto gobernaba su paisano Alberto Fuentes Dávila, (el anarquista ilustrado, ¿te acuerdas Juan Pablo?, uno de tus héroes), y que por estos días hace 100 años, aconsejado por su Secretario otro ilustre coahuilense aquerenciado en estas tierras, David Berlanga, decretara tres medidas que constituyen un hito revolucionario y antecedente muy directo de lo que habría de ser el artículo 123 de la Constitución de 1917.

Pero hablar de Fuentes sin recordar a José F. Elizondo, el inefable Pepe Nava y a su heterónomo Kien, sería imperdonable: “Aguascalientes, la del agua caliente/ que lo mismo mejora las reumas/ que deja inmediatamente/ cualquier pollo sin plumas/ yo lo sé./ Aguascalientes, la de Alberto Fuentes D./ el que te abrió una calle/ quien sabe para qué!, porque a Fuentes se debe el haber abierto el antiguo callejón para abrir la “calle nueva”, la “calle de las lágrimas”, hoy renovada calle Madero.

Alberto Fuentes Dávila decretó tres medidas proteccionistas de los obreros, que ahora nos parecería impensable que no hubiesen existido desde siempre: el salario mínimo que se estableció en un peso diario, para tener una referencia un peso era el salario de un soldado raso en tanto que un maestro ganaba un peso cincuenta centavos, hoy lamentablemente un soldado raso gana mas que un maestro raso, la segunda medida fue establecer la jornada máxima de trabajo tasándola en nueve horas y, finalmente el descanso hebdomadario, señalando el domingo como el día de asueto. Medidas extraordinarias que colocaban a Aguascalientes y su gobierno en la vanguardia de las reivindicaciones sociales por la vía pacífica.

La oportunidad de la conmemoración del centésimo aniversario de la Convención es también propicia para recordar las medidas del gobernador “muertero”, así apodado por ser dueño de una funeraria y que, por cierto luego de la Convención cuando se desató la lucha de facciones, hubo de salir furtivamente de Aguascalientes, escondido simulando ser un cadáver dentro de uno de sus ataúdes en un vehículo que conducía su leal empleado de apellido Juárez, a quien luego dejara su agencia funeraria, y cuya familia sigue sirviendo a Aguascalientes en esa triste pero necesaria función.

Fuentes D. merece más que una estrofa ingeniosa.

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