Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se ha convertido en la mas importante de México y según se dice, también la mas grande e importante de Iberoamérica. La presencia de mas de ochocientos autores desde Antonio Lobo Antunes que creo fue el plato fuerte de los escritores, hasta, ¡Créame! Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que ni el Presidente Enrique Peña Nieto se ha animado a leer, la convierte en el aparador por excelencia para los autores, aunque con tanta editorial, tantos libros, tantos eventos, etc., se corre el riesgo de sufrir una indigestión de letras, de manera que es muy recomendable que si Ud. se decide a ir, y para ello tiene todavía el resto de la semana, revise la programación en www.filcom.mx y elija y ubique el evento y las secciones de su interés. Le aseguro que se ahorrará tiempo y molestias.

Hace algunos años aquí en Aguas, conocí por medio de Gustavo de Alba Mora a Oscar Roberto Bretón, hecho que se suma a las muchas cosas que tengo que agradecerle a Don Gus. Oscar pronto se convirtió para mí en un “nuevo amigo viejo amigo”, es decir reunía por supuesto la novedad, tenía sus añitos y era como si toda la vida nos hubiéramos conocido, nuevo amigo, viejo amigo. Nuestras charlas eran interminables y como él era un pozo de conocimientos y sensibilidad, las charlas se entiende, eran como las homilías, uno hablaba y los demás escuchaban. Oscar Roberto me presentó a muchos escritores que me eran desconocidos acompañándolos de sabrosos y profundos prólogos verbales, que eran el aperitivo exacto para degustarlos, los ponía de cuerpo presente a la mesa del café y era, también, como si los conociera de tiempo atrás. Así me presentó a Antonio Lobo Antunes e hizo más. Me regaló su novela “En el culo del mundo” que fue un deslumbramiento, la prosa bruñida, esplendente, precisa, elegante, luminosa, relujada, constituye un regalo para el lector, pero, como suele suceder con algunos platillos suculentos o con algunas imágenes deslumbrantes, quien se encuentra por primera vez con la prosa de Lobo Antunes, debe tomarse su respiro, meditar en lo leído, regodearse en la forma y aprehender los contenidos que corren el riesgo de envanecerse entre los efluvios de la riqueza formal.

Luego de “En el culo del mundo”, me di a buscar mas obras de él y me encontré con maravillas sucesivas “Tratado de las pasiones del alma”, “Mi tiempo en el infierno”, “Manual de inquisidores”, “Acerca de los pájaros” y una medianamente larga lista de títulos pendientes de adquirir y por supuesto de leer. Y Lobo Antunes, se agregó a la lista de mis escritores de cabecera: Cervantes, Quevedo, Gracián, Reyes, Borges, Torrente Ballester, Italo Calvino, Carver y Vargas Llosa. (Rulfo no se me olvidó, no lo escribí).

El anuncio de la presencia de Lobo Antunes es, para que los amables lectores me entiendan, es como si viniera Messi para los aficionados al futbol o Ronaldo para las aficionadas al futbol, ¡así de ese tamaño!, de manera que no me lo podía perder, afortunadamente conseguí la compañía de dos amigos, destacados mosqueteros de las artes y lo adecuadamente vagos para disponer de su tiempo sin melindres y nos lanzamos a la FIL de Guadalajara. Llegamos a tiempo de no entrar porque para el público en general se abrían las puertas a las 5 p.m., pero la venerable edad y cierto aire entre artista y haragán nos permitió colarnos bajo el rubro de profesionales de la lectura. El lugar de comida rápida de la Expo Guadalajara, sede de la FIL, estaba atestado, pero, como sucede con el que vive atento a la oportunidad, una comensal desganada nos heredó una pizza que se complementó con sushi y unas serpientes bien elásticas para apagar la sed.

Lobo Antunes se presentó en el Foro Juan Rulfo, que por cierto me recordó el enojo de la familia de Rulfo porque en la FIL le confirieron el premio Rulfo a Carlos Monsiváis y la solidaridad que José Emilio Pacheco con su ex vecino de la Portales, de quien siempre fue amigo y al que muerto siguió queriendo y admirando. El portugués es bajito, rechoncho, de ojos de un azul muy intenso, su pelo blanco que una vez fue rubio, entra al recinto entre un grupo de edecanes al pendiente de cada uno de sus pasos y caballerosamente permanece en pie, hasta que su compañera de esta tarde la escritora colombiana Laura Restrepo se sienta.

La escritora, también con una lista de novelas espléndidas en su haber, es la encargada de dar el pie para escuchar a Lobo Antunes, que, por otra parte, se ve que no necesita de estímulos ni impulsos, de motu proprio confiesa su inclinación a las mujeres guapas y Laura lo es, habla de su niñez y de su temor a convertirse en escritor, porque su abuelo brasileño chapado a la antigua sostenía que para ser escritor habría que ser “maricón” y como hizo su carrera de médico psiquiatra antes de decidirse a escribir formalmente. Establece un parangón entre la gestación de un libro y la de una criatura y como finalmente al darlo al publicarlo extraña la vida de sus personajes que más que personajes concibe como personas. En un chispazo nos dice: hace poco, dos meses, acabo de terminar una novela, ya tengo un título, Los pájaros que morirán dentro de mí, o algo así, ya solo me falta escribirla. Steinberg, dice, que es un escritor admirable al que no admiro, sostiene la alegría de crear y eso lo comparto, luego el escribir tiene sus ratos de sacrificio y los de alegría. Escribir es instalar un desorden que en el fondo tiene un orden, que la misma obra nos va pidiendo, el libro es más inteligente que el autor.

Cuando Laura Restrepo le pregunta como ve su obra desde la perspectiva de los años, Lobo Antunes recuerda su niñez, los olores de las amigas de su madre que eran viejas, muy viejas, como de treinta y tantos años, y sostiene que la adultez es una niñez fermentada, por eso “nadie puede escribir como yo”, cada autor debe encontrar su propia voz, esa es la tarea, y su aspiración es, la que narra una anécdota de Teophile Gautier. El poeta quiso conocer de cerca la obra de Velázquez y viajó a Madrid al Museo del Prado, ante la pintura de Las Meninas, permaneció sentado por mas de dos horas, cuando regreso del éxtasis preguntó: “¿Y el cuadro, dónde está?”. Lobo Antunes concluye, aspiro a crear una novela que cuando el lector termine de leerla se pregunte: ¿Y la novela, dónde está?.

 

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