Por J. Jesús López García

La infraestructura y sistemas arquitectónicos que se destinan a la diversión o al ocio, son un fenómeno con unos antecedentes muy longevos. La distracción, la recreación o el esparcimiento son situaciones que han acompañado a las comunidades humanas una vez que han accedido a cierto nivel de bienestar colectivo capaz de  soportar acciones alejadas de la productividad económica o de la mera supervivencia. Por ello, es en las ciudades donde los espacios, ámbitos o territorios destinados a promover, auspiciar o mantener el entretenimiento de sus habitantes donde esos sitios se dan de manera natural, y lo hacen así, por cumplirse varias circunstancias donde destacan una masa demográfica suficiente para sostener en funciones al lugar y tiempo libre necesario, por parte de los ciudadanos, con el propósito de dedicarlo a actividades no productivas.

Siempre que hablamos de tradiciones y tipos de edificios antiguos, nos remitimos a la ciudad de Roma. No es fortuito ya que la metrópoli romana fue la primera civilización occidental que tuvo como detonante fundacional, la constitución de su ciudad homónima. Desde esa perspectiva, edificios como circos y anfiteatros servían para proveer de manera gratuita momentos de solaz para los habitantes de la gran urbe.

Durante la Edad Media y en buena parte de los primeros años de la Edad Moderna -iniciada desde el Renacimiento-, esos grandes espacios públicos destinados a la diversión comunitaria, languidecieron fuertemente. Fue algo natural, pues en la Edad Media, las ciudades decrecieron y muchas también desaparecieron; la población fuertemente rural tenía poco tiempo disponible para gestionar su entretenimiento y los días pasaban como repitiéndose unos a otros sin mayor variación. Hasta el reflorecimiento de las localidades occidentales en el siglo XV, la infraestructura del recreo volvió de manera paulatina y tímidamente a aparecer. Teatros como «El Globo» donde se representaban las piezas de Shakespeare y algunas otras estructuras más abiertas se sumaban a los ancestrales cosos donde se llevaban a cabo justas de resonancia medieval -como las aún practicadas corridas de toros- o juegos de azar. Al correr los tiempos el esparcimiento empezó a especializarse; el «sano ocio» se decantó por ofertas culturales y la diversión más ligera por atracciones más vigorosas.

Con las ideas del siglo XVIII en torno a una mejor convivencia social o a la consecución de sociedades más justas e integradas, parques y jardines públicos, museos y espacios para las artes, aparecieron como parte de la infraestructura urbana moderna, situación que se hizo más acuciante ante una industrialización que empezaba ya desde el siglo XIX a evidenciarse con una cara cada vez más depredadora para el hábitat humano.

Sin embargo, por otra parte esa misma industria indujo a crear atracciones populares mecanizadas. Coney Island en Brooklyn, Nueva York, es un ejemplo de lo anterior; los circos itinerantes por su parte tuvieron un mayor impacto por la capacidad de movilidad que el ferrocarril y las carreteras propiciaron, así como los parques temáticos fueron implantándose en las ciudades como parte de un entramado de válvulas de escape para el ajetreo urbano contemporáneo.

En Aguascalientes hace unas décadas se construyó el parque de diversiones que la empresa de muebles J. M. Romo instituyó para sus trabajadores. A las formas infantiles de castillos y otros volúmenes de fantasía, el conjunto antepuso ante la ciudad una fachada más sobria justo en el barrio de Triana a pocos pasos del templo del Encino; eso ha propiciado que el conjunto con su colorido y vivacidad visual no irrumpa en su contexto con una solución desintegradora. El grupo muestra un frente urbano de la finca con grandes macizos de aplanado y piedra y su acceso de voladizos prominentes en una composición tardo moderna característica de los años 70 y 80 del siglo XX.

En la época de la diversión virtual, los parques temáticos tal vez ya no tengan el brillo del asombro –amusement park como les llaman los norteamericanos-, pero queda mucho en ellos ese sentido infantil por tratar de probarlo todo y buscar llegar al límite de alguna experiencia intensa en adrenalina y diversión. Los parques temáticos infantiles son, por otra parte, un componente urbano que de alguna manera involucra uno de los grandes bienes de toda sociedad: los niños. Donde hay juego, indudablemente se reunirán niños y el tomarles en cuenta en la planeación urbana o en la actividad empresarial, es una medida de atención a un sector que representa el foco de los mayores cuidados de la ciudadanía. Desde la diversión antigua enfocada en los adultos -si bien se vivía muchos menos años que hoy, con promedios de años de vida de alrededor de apenas 32-, a la diversión infantil o infantilizada actual, llegamos a esos estridentes o discretos, ruidosos o sosegados espacios de la diversión.

Sin duda alguna que este tipo de infraestructura enriquece la imagen urbana de las ciudades, y no solamente eso, sino que con la participación de grandes y pequeños, las poblaciones tienen «vida» ya que la algarabía, alboroto, bullicio y griterío que producen los infantes no es comparable con nada.