Jesús Eduardo Martín Jáuregui

PROFECÍA DE NOSTRADAMUS.- «Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra Señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía. Con la entrada de la primavera una iglesia arderá en fuego, una gran Iglesia de todos los tiempos se quemará por los pecadores. El fuego quemará los símbolos que se han utilizado para el ego de los hombres y no en el nombre de Jesús. En Francia, España o Italia arderán las cúpulas para purificarse. Una gran iglesia se quemará para traer buenas nuevas».

 

La Luna llenará en estos días, el ciclo lunar se vuelve a cumplir y el calendario litúrgico ajustado por los primeros días del año civil fija la conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, el Viernes Santo será el más cercano a la Luna llena después del Equinoccio de Primavera, aunque excepcionalmente por los intrincados cálculos astronómicos que acompañan la precisión del calendario religioso, puede prolongarse hasta cercano al 25 de abril, que para nosotros aquí en Aguascalientes, era retrasar el inicio de los festejos paganos. Ahora los festejos etílicos baquianos se inician con el primero del año y terminan la noche de San Silvestre. La Semana Santa sólo significa, ¡qué pena! Tres días más para emborracharse sin la preocupación de que la cruda nos impida ir a trabajar.

El proceso de Jesucristo es un suceso que ha marcado de tal suerte la historia de la humanidad que divide la historia: antes y después de la vida de su protagonista, que ha dado lugar a una de la grandes religiones monoteístas y que como doctrina de vida, al margen de la revelación, se apega a la regla de oro y es en sí misma valiosa. El proceso reviste características sociales, políticas y jurídicas, que dan material para una reflexión que viene bien a quienes creen, y mejor a quienes no creen, sobre los valores de la religión, el derecho y la sociedad, en un momento coyuntural en que las grandes migraciones, la brecha enorme entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados, la expoliación de la tierra poniéndola al borde de la catástrofe, la enajenación, etc., imponen la necesidad de hacer un alto y meditar.

Apenas unos días antes Jesucristo había realizado su entrada triunfal en Jerusalem, multitudes lo habían seguido y vitoreado, habían sido testigos y protagonistas de milagros que daban testimonio de su naturaleza más allá de lo humano. Sus prédicas privilegiaban el amor, el perdón, la concordia, pero cuestionaban los ritos y las enseñanzas de los sacerdotes que postulaban el apego a las formas, a los textos sagrados, a las escrituras. La contestación es lapidaria: “No todo el que diga ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos”. “La letra mata, pero el espíritu vivifica”, se dirá en los Hechos de los Apóstoles.

Los mismos que lo vitorearon, ahora, apenas unos cuantos días después habrán de blasfemar: su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. La muchedumbre es así. Para mal, una muchedumbre, como una caja de resonancia exalta, magnifica, los aspectos negativos que medran en el hombre y en su comunidad. La muchedumbre carece de razón pero sí es capaz de accionar, no tiene los límites normales de la vergüenza, del respeto, del decoro, se guía y se mueve por los más bajos instintos. En una muchedumbre cada uno es capaz hacer lo que jamás haría solo y no por la fuerza del grupo, sino por la falta de conciencia, se diría que se inhibe, como en la ebriedad, la corteza cerebral y se actúa animalmente, con perdón de los animales.

Los sacerdotes, casi de cualquier religión, aparte algunas ramas del budismo como el zen, temen, odian que les contradigan, que les cuestionen, que se pongan en tela de duda sus enseñanzas. El dogma dota de una armadura impenetrable a las creencias. Esto, el dogma, está más allá de todo cuestionamiento, más allá de toda duda. Prometeo hurtó a los Dioses el fuego del conocimiento y su castigo fue terrible. Adán y Eva decidieron arriesgarse al conocimiento de la ciencia del bien y del mal, y Yahvé castigó desde ellos a toda la humanidad.

La tradición cristiana recoge la piadosa leyenda de Nicodemo, que habría de hacer un defensorio ante el Sanedrín, alegato que no tendría más efecto que acrecer el temor de los sumos sacerdotes judíos, de que las enseñanzas heterodoxas de aquel nazareno que desde niño los cuestionaba, que se decía hijo de Dios y capaz de reconstruir en tres días el Templo. El Cristo era peligroso. Los romanos no.

Roma fue un crisol de etnias, que coincidieron en el Lacio para desarrollar la más admirable cultura jurídica, política y administrativa, y que como urbanistas, constructores y arquitectos no han tenido rival, dominaron todo el mundo en torno al Mediterráneo (Mare Nostrum) pero con ser terribles sus legiones, su dominación no era oprobiosa. Una vez conquistado el territorio, la Pax Romanae garantizaba el orden, permitía el culto religioso de los sometidos, no interfería en sus tradiciones ni en sus costumbres. ¿Qué importaba contribuir a la grandeza de Roma pagando sus contribuciones, si a cambio conservaban su fuerza, su influencia y su poder social?

El juicio de Jesucristo fue el juicio del ‘establishment’ contra la Buena Nueva, fue la respuesta de la anquilosada enseñanza decadente de una visión maniquea del mundo, en que los hombres desde su nacimiento llegaban con una etiqueta de grupo social, contra la visión gloriosa de una nueva humanidad, marcada por el amor, por la igualdad, por la justicia. La resurrección es la metáfora del triunfo, del renacimiento, del hombre de jubilosa llamarada.

¿En qué momento se perdieron esas enseñanzas? ¿En que momento nos apartamos del camino?

(Las campañas.- Patéticas por la pobreza, por lo repetitivo, por la apatía, por el aburrimiento. Plagadas de lugares comunes, epatantes y grandilocuentes. Opacadas por la Semana (de) Mayor desorden y ante la perspectiva de desaparecer de la faz pública durante la Feria de San Marcos, la inercia favorecerá sin duda a Tere Jiménez, más vale votar por alguien que tiene cara bonita y que todos los días sale en los medios. El triunfo de la imagen sobre el trabajo, dirán los contrarios. El pueblo, no dirá nada, hace mucho que no dice nada, porque hace mucho que dejó de ser escuchado).

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