Por J. Jesús López García

Es común que con frecuencia utilicemos la palabra «estilo» con demasiada ligereza; la empleamos para designar una serie de características aparentes que muestran, o así lo creemos, cierta congruencia entre sí para constituir la apreciación de lo que denominamos «gusto». La manera en que ahora aplicamos el léxico de una forma muy superficial a muchos fenómenos, que en nuestro caso arquitectónico son los del «estilo» y del «gusto», tiene que ver con la simplificación en que el lenguaje ha ido centrándose, y que en aras de una facilidad en la comunicación, parece borrar los matices y sutilezas que eran en muchas ocasiones la raíz propia de las devaluadas palabras. Incluso el «gusto» ha ido definiéndose como una particularidad totalmente subjetiva, sin arraigo en ninguna tradición específica o en el cultivo del intelecto.

Sobre los estilos arquitectónicos podemos mencionar que desde que los procesos constructivos fueron evolucionando y sofisticando, adquirieron una presencia más allá de su oportunidad técnica, para establecerse como la representación misma de una cosmovisión. De esa manera los órdenes griegos, estilos constituidos de acuerdo a los elementos utilizados en columnas, trabes y entablamentos, adquieren su nombre a partir de los pueblos que conformaban el antiguo mundo helénico: dórico, jónico y corintio; durante el Renacimiento se añaden el toscano y el compuesto. Además de representarse en cada orden el carácter del pueblo del que toma su nombre: el severo dórico corresponde a los beligerantes dorios, el elegante jónico a los sofisticados jonios, entre otros.

Los estilos, en pocas palabras, son sistemas de representaciones de un grupo humano en un momento dado y en un espacio determinado. El problema con los estilos, como destaca la clasificación última de Serlio (1475-1554) durante el Renacimiento, es que son nombrados así, estilos, cuando el fenómeno artístico, arquitectónico o intelectual, ya pasó o está feneciendo -la clasificación renacentista ocurrió cerca de dos mil años después de la aparición del orden dórico-, por lo que hablar de estilos actuales es dictar una prematura sentencia de muerte a lo que realmente son «tendencias» que aún, muchas de ellas, están despegando y tienen mucho que ofrecer, o al menos que experimentar.

Es por ello que la corrección en la terminología no se refiere a la Escuela Moderna o al Movimiento Moderno como «estilo», pues esa tendencia tenía entre sus premisas la revolución de ideas y procesos, lo mismo que la experimentación constante -no confundir con el modernismo o estilo modernista español, Art Nouveau en Bélgica y Francia, el Jugendstil en Alemania y países nórdicos, en Austria como Sezession, el Liberty o Floreale en Italia y Modern Style en los países anglosajones.

En 1932 en plena efervescencia del Movimiento Moderno, en The Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, se realizó la exposición denominada «Modern Architecture-International Exhibition», organizada por Henry Russell Hitchcock (1903-1987) y Philip Johnson (1906-2005) -quien en la década de los ‘80 del siglo pasado bautizó otros dos «estilos» el Posmoderno y el  Deconstructivismo-, esa muestra de arquitectura europea y americana de vanguardia congeló lo revolucionario de las búsquedas modernas y acotó su experimentación, de paso se banalizó el contenido intelectual de las vanguardias y del Movimiento Moderno, así como el sentido de la palabra estilo, la cual adquirió un tinte más de etiqueta o marca que de un sistema de representación complejo como había sido.

A partir de ello, la modernidad arquitectónica se asemejó a los estilos y tendencias con las que pretendía romper y se le sujetó a la ortodoxia de un canon. Los maestros cuyas obras fueron parte de la muestra tal vez se sintieron halagados en su momento, pero trasluce en sus opiniones posteriores cierto desencanto por las promesas ya no cumplimentadas de una serie de tendencias que verdaderamente querían superar todo lo previamente practicado.

Síntoma de lo anterior es la semejanza que guardan edificios en todo el mundo que al margen de su bien o mal logrado diseño, ejecución de obra o asimilación dentro de sus ciudades respectivas, se parecen tanto que bien pueden estar en cualquier otra parte. Son elementos de un catálogo mundial de ese «Estilo Internacional», comprometido con su tiempo, más que con su lugar, transparente y de vanos horizontales, estructura sencilla y tendiente a montar nivel sobre nivel. Son una familia global que no obstante, es ya parte de una historia universal compartida.

En nuestra ciudad aguascalentense, existen un sinnúmero de obras llevadas a cabo con los cánones anteriormente expresados, tal y como lo muestra el «Edificio Lener» que se encuentra ubicado en la calle Talamantes frente a el Centro Escolar Urbano «21 de Agosto» -de 1946, también de corte moderno-, dispuesto con bandas horizontales donde la estructura retranqueada permite vanos corridos agudizado en su horizontalidad por franjas alternas recubiertas en cerámica. Un ligero zigzagueo marca el acceso y el cubo de circulaciones verticales le da un toque más particular. Encaminado a conformar un contexto de mayor altura en su zona se quedó finalmente como una sola muestra en el sitio de la modernidad congelada en vidrio del Estilo Internacional.

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