RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

 

 

En tiempos de Televisa, del antiguo Sistema Político Mexicano, los televidentes éramos gente muy bien enterada de lo que ocurría en el mundo. Claro: pero menos enterados de lo que sucedía en la República nuestra. Dueña de la más portentosa red de corresponsales en todo el planeta, el consorcio entonces dirigido por Emilio Azcárraga Milmo, desplegaba recursos sin límite para tener entretenido al público de México con los sucesos que afectaban a otros países, por lejanos que estuvieran. “Eran los tiempos”, diría en una entrevista de café, Jacobo Zabludovsky.

En Chihuahua, una masa indignada por el resultado de las elecciones ganaba las calles, lanzaba maldiciones contra el Gobierno de Miguel de la Madrid, pero de eso los mexicanos que no vivíamos en Chihuahua, no nos enterábamos. Había que esperar a que saliera a la luz pública el semanario Proceso para recibir una información que, por la fuerza de la ideología a ultranza, llegaba exagerada, distorsionada.

Proceso nos daba una verdad a medias. Pero era lo único que había a nivel nacional.

Teníamos versiones de que algo muy grave estaba pasando en algún estado del país. Pero la tele no nos confirmaba nada. Las agencias nacionales, aliadas al Gobierno, escamoteaban la realidad. En estos casos, los diarios de los estados se nutrían de la información que mandaban las agencias internacionales.

Resultaba no sólo descorazonador sino indignante, que en la noche Zabludovsky leyera su indicador de noticias sin mencionar la verdadera noticia del día. Fue odiado por millones de mexicanos, siendo, paradójicamente, uno de los mejores periodistas que ha dado este país.

Hombre de vasta cultura, generoso en la amistad, respetuoso con los demás, magnífico cronista, era, sin embargo, un comunicador al que no le estaba permitido comunicar la verdad de las cosas. Era el más influyente periodista de México y en gran parte del mundo hispano. Pero no era el más querido.

En esos tiempos –así quería empezar este DIÁLOGO PRIVADO– nuestro tema cotidiano hubiera sido el de la consulta pública en Escocia, para sacarle el “sí” a los ciudadanos a la independencia centenariamente anhelada.

EL jueves PASADO los escoceses decidieron si se quedaban bajo el dominio del Reino Unido o, definitivamente, se independizaban de Inglaterra, con todo y su majestad la Reina Isabel. No era un asunto trivial, por más que alguno de mis dos que tres lectores me diría que aquí tenemos suficientes broncas como para andar interesándonos en las de los escoceses. Se trataba de un asunto de la mayor gravedad para todo un continente. O a lo mejor sólo para algunos cuantos países. Y en el menos malo de los casos, nomás para los escoceses y para los ingleses. De cualquier forma, lo del plebiscito fue de enorme impacto para países europeos que enfrentan problemas de separación de regiones. El más notable, es España, como bien se sabe.

Y precisamente los españoles estaban que se les quemaban las habas por saber el resultado de la consulta. Un triunfo de los independentistas en Escocia, podría haber tenido el efecto dominó que temen gobiernos de otros países. Para el Reino Unido –al que le quedan solamente cuatro naciones de las muchas que llegó a tener, es decir, Irlanda, Gales, Escocia y la propia Inglaterra– perder a Escocia les habría representado un enorme descalabro en todos los órdenes: es la región más representativa en Gran Bretaña de todo el mundo. Ya ve usted: en todo el mundo el whisky es conocido como escocés, no como inglés.

Y es que este licor se elabora en Escocia y se dice que anualmente exporta whisky por valor equivalente a 7 mil millones de dólares.

Luego, estaba la separación del Ejército. ¿Qué iba a pasar con las armas? En mares de Escocia se encuentra la flota de submarinos, que Inglaterra ha dicho pasarían a poder de la monarquía. Pero no se puede soslayar el hecho de que Escocia abarca la tercera parte del territorio de la isla, que comparte con Gales e Inglaterra.

Escocia tiene aproximadamente 6 millones de habitantes y cuenta con la segunda ciudad más importante de todo el Reino Unido, Glasgow, que no es la capital, por cierto.

Días antes del plebiscito los independentistas se mantuvieron en las calles, vistieron su atuendo tradicional, se exhibieron con la gaita en las fiestas públicas y enarbolaron la bandera de William Wallace, aquel escocés de origen galés, que en 1297 se rebeló contra el Rey Eduardo I.

Verdad y leyenda, Wallacees la inspiración de los escoceses del siglo XXI que después de varias consultas sin lograr la total independencia, creían que esta vez sí triunfarían. ¿Qué hubiera pasado con Inglaterra si hubieran ganado los que buscaban la soberanía absoluta de su nación? Porque incluso, militarmente Inglaterra quedaría vulnerable. Al final las cosas quedaron igual. Los resultados preliminares arrojaron una negativa a la independencia en 28 de los 32 distritos electorales. La participación de la población fue de alrededor del 85%, lo que constituye niveles récord. Hubo mucha animación, emoción y pasiones, sobre todo por parte de los secesionistas, los más comunicativos y dispuestos a explicar, arropados por banderas escocesas y con pancartas del “sí”, que el futuro de Escocia “debe estar en manos de los escoceses”.

DE UNOS AÑOS ACÁ A LOS gobiernos –de la República pero también autoridades locales– les ha dado por traer de Colombia a generales que sobresalieron en la guerra contra el narcotráfico y el terrorismo del narco de los años 90 y aun de principios de esta centuria. Usted recordará que el actual gobierno presentó al General Óscar Guajardo como asesor en materia de seguridad, cuando todavía era candidato o presidente electo, no tengo precisos los tiempos. La cuestión es que cuando nos presentan a estos mensajeros de la fórmula universal para contrarrestar al crimen organizado, lo hacen como si en Colombia se hubiesen resuelto los problemas de la violencia, la extorsión y el narcotráfico.

HAY TESTIMONIOS CONTUNDENTES de que Colombia no ha mejorado sustancialmente su sistema de justicia. Que sigue habiendo corrupción al interior de las fuerzas policiales, principalmente la Policía Nacional, una Entidad armada militarizada, y el propio ejército colombiano.

Déjeme decirlo: tengo por costumbre leer los periódicos de las ciudades más apartadas de algunos países, especialmente Colombia y España. Buscando pacientemente, uno logra dar con un medio independiente y es así como se puede llegar a la verdad de las cosas.

En una aldeacolombiana –informa un diario local– la extorsión y el cobro de piso sigue siendo una práctica común. El alcalde es empleado de las mafias regionales igual que muchos alcaldes lo han sido de La Tuta en Michoacán. O sea, que las policías están al servicio de la criminalidad. Analistas periodísticos de la propia Colombia, aseguran que el Gobierno colombiano llegó a una solución en el país pero no erradicó ni a las mafias del narco ni la violencia. Dicen que a estos arreglos les llaman “modus vivendi”.

Es decir, que habrían pactado que los cárteles se replegaran a las regiones más apartadas y dejaran en paz las grandes ciudades. De esta manera, afirman, los grandes empresarios, los bancos, los periódicos, los políticos y hasta las policías, hacen una vida normal y mandan al exterior el mensaje de que en Colombia se pudo acabar con el predominio de los criminales de la droga. De hecho, la justicia en Colombia es demasiado laxa. No por menos acaba de recobrar su libertad, tras pasar 22 años en una cárcel supuestamente de alta seguridad, uno de los que fueron jefe de sicarios de Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante más importante de todos los tiempos a nivel mundial. A lo mejor no fue el más rico, pero sí el más sanguinario y el que encabezó a docenas de grupos de narcotraficantes, integrados en el tenebroso y temible Cártel de Medellín, que sería conocido mundialmente como el cártel de “Los Extraditables”.

Se llama John Jairo Velásquez Vázquez, mejor conocido como “Popeye”, y a quien en la novela que después sería llevada a la televisión, se identifica como “Marino”. “Popeye” está confeso de haber sido el autor de 300 asesinatos y de haber coordinado la muerte de otros tres mil.

De todos los jefes de sicarios que tuvo Escobar, el más conocido –por su locuacidad y por sus revelaciones escalofriantes– es John Jairo Velásquez, “Popeye”.

“Popeye” confesó haber sido autor material de 300 asesinatos y haber coordinado otros 3000, incluyendo la bomba en el avión de Avianca, donde perecieron 110 personas. En 1992, cuando Escobar estaba siendo acorralado por las fuerzas policiales y sus enemigos del Cártel de Cali, “Popeye” se entregó a las autoridades. Durante 22 años fue el recluso más parlanchín de todo el país.

Sin dejar de venerar la memoria del “patrón”, narró la realidad del Cártel de Medellín, los secretos del grupo, las debilidades de los socios del capo, las infamias cometidas, los crímenes, el trasiego de cocaína a los Estados Unidos. Fue una fuente inagotable de información para la policía, aunque todo lo que contó ya se sabía. Sólo 22 años permaneció en prisión y, cuando por fin ganó la calle, nadie supo a qué horas salió ni hacia qué rumbo se fue. Hasta el final, la Policía Nacional lo protegió.

Frente a esta realidad, ¿de veras tenemos algo que aprenderles a los generales de Colombia?

México cuenta con policías bien preparados y con militares expertos en asuntos de inteligencia. Pero sobre todo, México es una realidad distinta a la de Colombia y según analistas la experiencia de los generales colombianos no es aplicable en México.