Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Se viene encima la noche; suavemente la oscuridad nocturna va tendiéndose sobre la ciudad, pintándolo todo de negro, mientras andamos todos medio atolondrados, adaptándonos poco a poco al nuevo horario, que recién ha cambiado… En las inmediaciones de los panteones de La Cruz y de Los Ángeles, en la avenida Arroyo de los Arellano, se anima la feriecilla anual que se organiza con el pretexto de la fiesta de los fieles difuntos. Por todas partes surgen las luces, las músicas, y los aromas de todo tipo de productos que esperan a los festejantes.
Uno llega ahí atraído por el aroma de las enchiladas, el tocino de los perros calientes, el dulce cálido de las gordas de nata –Las auténticas, a $10 la bolsa-, el salado de las palomitas… En fin, está aquí una mezcla insólita de aromas dulces y salados, a la que se suman los nauseabundos de los chinchulines y el drenaje, que corre exactamente debajo de la calle.
Me acuerdo de cuando la entonces avenida Circunvalación, hoy de la Convención, corría en despoblado en esa zona de la urbe. Viniendo de sur a norte, al oriente de la arteria no se veía ni rastro del panteón, y más bien a lo lejos se divisaba aquella interesante construcción que todavía hoy se encuentra en la esquina de Fundición y Felipe Ruiz de Chávez, y no mucho más. Del otro lado, a lo lejos, una fábrica de carrocerías y al fondo el flamante panteón de eufemístico nombre –Jardines Eternos-… Pasando la calle de Guadalupe, la avenida sufría un suave declive, hasta que pasaba el arroyo. Este era tan pequeño que ni siquiera existía un puente en toda forma, sino tan solo uno de esos cilindros de concreto.
El Arroyo de los Arellano venía del oriente, me parece que de la zona de la llamada Presa de los Gringos, aunque me temo que no puedo asegurarlo de manera inequívoca. Lo que sí puedo afirmar es que de cuando en cuando se ahogaban personas por esa zona de la colonia Altavista, que en el contexto de una abundante tormenta caían al agua para no ver más la luz del Sol, y aparecer más o menos por ese lugar donde hoy en día se realiza la fiesta que en el pasado tuvo como escenario el frente del templo de San Diego.
Pero hay otros productos que no despiden olores, y que quizá con los anteriores, sean una bomba atómica para cualquier estómago medianamente cuidado. Están, por ejemplo, los camarones “embarasados” (sic) –que porque están en varitas- y aparentemente adobados, las papas fritas, las palomitas, las gorditas michoacanas, el pan directamente desde Huejotzinco, Tlaxcala, horneado ahí mismo –queso con zarzamora, cajeta con nuez…-. Pásele, mire, siéntese, ¿qué le servimos?…
La verdad es que es esta una feria como cualquier otra; una fiesta que perdió la identidad que tuvo en el pasado, o que quedó reducida a su mínima expresión. Incluso los objetos característicos de esta temporada se mezclan con otros, importados. Por ejemplo, ahora que están de moda los zombies, ahí están, ahora sí que de máscara presente. Están ahí con sus caras estúpidas, sangrantes, malvadas, y comparten espacio con calabazas, máscaras de vampiros, disfraces de bruja, calaveras de barro que ahora son catrinas, esqueletos, calaveritas de las de siempre, otras de azúcar, pequeñas frutas de vivos colores.
Un puesto expende coronas, no como las de antes, de estructura de madera, paja, hoja de palma y flores de cempasúchil, sino de tela, encaje y plástico, y en el centro la imagen de San Judas Tadeo, ruega por nosotros; Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, ruega por nosotros; Virgen de Lourdes, ruega por nosotros; Nuestra señora de San Juan, ruega por nosotros; Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros; Sagrado Corazón de Jesús, ampáranos… Coronas con colores chillones, tanto así como para levantar a un muerto, rosas, amarillas o violetas. Desde luego tampoco faltan las cañas de azúcar, sin cortar ni pelar, o viceversa, los cacahuates recién tostados, y las pirámides de mandarinas, preludio, también, de navidad…
De ahí en más, en una abundante cantidad de casos, encuentra uno aquí lo que en San Marcos, o en agosto, cuando los aguascalentenses celebramos a Mariquita de la Asunción: juguetes, chácharas, ropa de estambre, inciensos y copales, volantines de todo tipo. ¡Vaya, hasta lencería!… Como ese puesto que parece tendedero, con el montón de pantaletas de ensueño –ensueño de tener un cuerpo que quepa en esas prendas-. ¿Y qué me dice de esos sostenes? ¿Quién usaría esos gorritos para sus gemelitos, morados, tan coquetos con su encaje en las orillas, y aquellos en rayas cafés y blancas?, unos para mujeres que merecen, de pechos breves, muy formales y serios, mientras que otros son para damas de grandes pechos, matronas que amamantan y tranquilizan a sus hijos y/o a sus hombres…
Pensándolo bien, esto de encontrar una lencería en la feria panteonera, con todo lo que evoca, me parece un gesto de gran simbolismo, el contraste total entre la vida y la muerte, la posesión y disfrute del cuerpo, eso único que somos y tenemos y que la muerte nos arrebata; nos roba, y su pudrición y pestilencia, la belleza convertida en fealdad, lo agradable que termina provocando asco, el polvo en que la muerte nos convertirá.
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