Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

En memoria de todos los que no se habían muerto, pero ya se murieron…

Día de muertos. Tengo en la boca un sabor de tierra… Es un gustillo como de tierra irredenta, sin vegetación, subterránea y oscura; un sabor de insana humedad, como de día de muertos, y quizá esto no sea otra cosa que la certeza, ahora suave; apenas como un toquecito en el hombro, de que hacia allá voy -vamos-, y de que nada ni nadie podrá salvarme -salvarnos- de ese trance final. Desde luego no hay día en que esa realidad terrible no se me haga presente, ya sea por imaginarme de cuerpo presente, tal y como me encuentro en este momento, pero ya sin el ánima que me llena de energía cada mañana, impulsa mi pensamiento, ilumina mis ojos y da cuerpo a mi voz, o por enterarme de tanta mortandad como ocurre hoy en día por las causas que usted conoce muy bien, esto último por aquello de “cuando veas las barbas del narco mojar….” -hace mucho que no veo películas de terror; me basta con la lectura del periódico o la visión de los noticieros-. Pero esta conciencia se agudiza en estos días, en que la celebración de los fieles difuntos se acerca, y pone en juego un sinfín de opciones de remembranza, de las calaveritas de barro o azúcar a los ejecutados; de los panteones adornados a las narco fosas; de los versos bien rimados a las mantas que acompañan a los encobijados.

¿Se fija cómo somos con los muertos?… Hablamos de ellos como si todavía estuvieran aquí, pero en otro lado; en otra dimensión, por ahora inalcanzable para nosotros. Decimos del padre, la madre, el amigo, que cumplieron x años de muertos, como si en realidad siguieran cumpliendo algo; como si todavía fueran; estuvieran, casi sin caer en la cuenta, o más bien sin querer reconocerlo, que morir es el futuro terrible del verbo no ser, disolverse, esfumarse, se acabó, se fini, finito, nunca más ¿Cómo rayos tendríamos que decírnoslo para que entendiéramos? Nos hacemos ilusiones de que en realidad los muertos están vivos, nomás que en otro lado, y que los veremos nuevamente cuando llegue nuestro turno de asumir la misma condición que tienen ellos ahora y vayamos a donde suponemos que están. ¿Se fija como somos?

Los muertos están vivos, pero en el cielo, o en el nirvana, los campos elíseos, el valhalla, el mictlan, el tollocan, y en cuantos lugares han creado las culturas del mundo para depositar a sus difuntos. O permanecen colgados de una espiritual nube observando ídem de coraje lo que hacemos acá, en la carnal tierra, sin ellos. Ya el viudo conoció a una mujer que le levanta el ánimo, y a veces el ánima, y la mujer a la que se le difunteó el marido tiene quien le mantenga tibio el hogar, aunque ya la leña se haya quemado y sólo queden rescoldos. Y sin embargo ¿quién sabe?; pensándolo bien quizá esas brasas sean mejores, fuego sin llama, profundo, intenso, silencioso, de mayor durabilidad y calor; fuego de luz tenue, íntima. ¿Y qué me dice de la pobre mujer aquella, esposa de uno de esos potentados que abundan en “Pueblo Chico Infierno Grande”; aquí en “Pueblo Quieto”, al que le profetizaron que sería el hombre más rico del panteón? ¡Tacaño hasta la pared de enfrente el condenado viejo!… Pero ahora que está muerto y sepultado, y que no resucitará ni al tercer día, o al cuarto o quinto, la viudita se da la gran vida, gastando como si no hubiera ganado lo que el ahora cadáver le negó por haberlo ganado y, por tanto, valorado…

¿Cómo tendrían que decirnos para que comprendamos que los muertos ya se murieron; que no hay vuelta de hoja ni regresarán ni nada por el estilo?

De veras cómo somos; unas creaturas extrañas porque, fíjese: como si todo lo anterior no fuera suficiente, luego nos referimos a la muerte como si se tratara de una persona; un ser, ente, espíritu o lo que guste y mande, y algunos hasta la canonizan y le llaman, ¡hágame el frabón calor!, la santa muerte -por lo tanto, es mujer-. Otros, como dicen que quiso hacer este señor de los monos grabados, don Lupe Posada, quieren convertirse en su amante, o convertirla a ella en tal cosa, ella, que es negra, de vestido largo y sombrero belle époque, los ojos huecos, vacíos.

¿Cómo podría definirse la muerte? ¿Cómo podríamos decirla? Fíjese nomás de qué cuantas maneras nos referimos a ella, tan solo por sacarle la vuelta a enfrentarla por su nombre, decir las tremendas palabras, muerte o morir: exhaló el último suspiro, dejó de ser contado entre los vivos, se petateó, estiró la pata, dejó de existir, se chingó, concluyeron sus funciones vitales, colgó los tenis, finó, ya goza de Dios, se peló, se nos adelantó, ya descansó, se fue al otro mundo, se enfrió, entregó el equipo, encontró la paz de la vida eterna, se lo llevó la chingada, pasó a la mansión de los escogidos; Dios se acordó de él; se espichó Nikos Kazantzakis, Cristo de nuevo crucificado, la diñó, pagó tributo a la madre naturaleza, falleció, se lo cargó la calaca, fue llamado a la casa del Padre, se adelantó en el viaje eterno, chingó a su madre, pasó a mejor vida, palmó, lo sacaron con los tenis pa’delante, le dieron mastuerzo…

Una sola realidad y múltiples formas de nombrarla. La muerte tiene una buena cantidad de sinónimos que en última instancia expresan nuestra impotencia para enfrentarla y asimilarla; una realidad que nos rebasa y apabulla.

Ahora la festejamos, o a los muertos, y lo hacemos con artes plásticas, gastronomía, volantines, teatro, literatura, música, documentales, flores de cempasúchil, etc., pero transcurrido el 2 de noviembre todos los tiliches serán recogidos y guardados, y hasta el próximo año. Entonces sólo quedará la muerte real; trágica. La que nos mutila y rompe, la violenta o tranquila, en una calle de la ciudad, en una cama de casa o de hospital. La muerte de siempre, la que avisa y nos da tiempo, o que se presenta de improviso. La muerte de cada día, esa que está ahí, agazapada, oculta, esperándonos con toda la paciencia del mundo, y con la certeza de que nomás no nos libraremos de ella, la muerte.