Luis Muñoz Fernández.

¿Es lícito desobedecer a la autoridad? Esta no es una pregunta ociosa porque hoy, con una densidad y frecuencia inusitadas, vemos ascender al poder a auténticos patanes (“persona zafia y tosca”) elegidos por la vía democrática. No es un fenómeno nuevo, pero destaca porque confirma que sucede a despecho de lo que supuestamente nos ha enseñado la historia y, además, se repite cíclicamente. Contra ese tipo de autoridad no hay prevención ni remedio, sólo resistencia.

Sorprende todavía más que pueblos enteros se sometan voluntariamente a las órdenes de reyezuelos y caciques. En su “Discurso de la servidumbre voluntaria”, Étienne de la Boétie (1530-1563) se ocupó de esta paradoja. De la Boétie quiso “averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades, tantos pueblos toleran a tiranos que no tienen en realidad más poder que el que ellos mismos les conceden. Cosa extraña es y, sin embargo, muy corriente, ver a millones individuos que doblegan su cerviz y sirven a quien no deben temer, porque es uno solo y carece de fuerza para dominarlos a todos, ni deben amar, porque no tiene nada digno de ser amado”.

Para De la Boétie la paradoja de la servidumbre voluntaria se resuelve con otra paradoja: “Para liberarse de un tirano no hace falta combatirlo, basta con ignorarlo; no es necesario alzarse en armas contra él, basta con no obedecerlo. No lo apoyéis, y él se derrumbará por sí mismo. No hay que quitarle nada, no hay que hacerle nada, es suficiente con que nadie se moleste en hacer algo en beneficio suyo, y la servidumbre desaparecerá”.

Trescientos años después, un norteamericano llamado Henry David Thoreau (1817-1862) se negó a pagar sus impuestos cuando se enteró de su país se proponía invadir México movido sólo por intereses mezquinos (¿hay otros en una empresa bélica?). Aunque por breve tiempo, Thoreau fue encarcelado. Tiempo después, escribió un libro titulado “Desobediencia civil”. Famosa es aquella cita que dice: “El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto, y cuando los hombres estén preparados para ello, esa será la clase de gobierno que tendrán”. Thoreau creía que, por encima de la ley civil, existe la ley superior de la propia conciencia.

La respuesta a la pregunta del primer párrafo es la siguiente: si lo que la autoridad nos ordena se opone a nuestra ética personal y profesional, nuestro deber es desobedecer.

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