Jesús Orozco Castellanos

Gobernar a la defensiva es una de las peores estrategias. En el argot del boxeo se dice que la mejor defensa es el ataque. Es cierto. Por ese camino inició sus labores el actual gobierno federal: con propuestas concretas, a la ofensiva. Pero después hubo un giro radical. El tema de las casas ilustra muy bien esta nueva ruta. El más reciente caso es el de la casa de descanso en Ixtapan de la Sal (estado de México). El diario norteamericano The Wall Street Journal publicó una nota sobre ese asunto y ya dio la vuelta al mundo. Adquirió la casa Enrique Peña Nieto a unas semanas de haber tomado posesión como gobernador del estado de México. Se la compró a Roberto San Román Widerkehr a un precio de 374 mil dólares. La relación de los Peña con la familia San Román es de larga data. Es una relación de amistad y compadrazgo. Todo parece indicar que la operación de compraventa fue completamente legal. El problema está en que la familia San Román recibió contratos multimillonarios de obra pública tanto en el gobierno del estado de México como en los dos años de la presente administración federal. Por eso se habla de conflicto de interés. Sin embargo, la Presidencia de la República se atiene a un guion inalterable: todo se hizo conforme a derecho.

El articulista Jorge G. Castañeda señala que varios secretarios del actual gobierno federal compraron casas en octubre del 2012, dos meses antes de la toma de posesión de Peña Nieto. Castañeda sugiere que les conviene adelantarse y hacer públicas esas operaciones. Es decir, que actúen a la ofensiva. No me parece tan fácil, justamente porque el gobierno prefiere actuar a la defensiva. Así ocurrió en el caso de las propiedades de la primera dama. Algunos comentaristas manifestaron que el Presidente mandó a su esposa al coliseo romano, la puso en manos de los leones de la opinión pública. También actuó a la defensiva el secretario de Hacienda, Luis Videgaray en el tema de la compra de su casa de descanso en Malinalco, estado de México. Los demás secretarios permanecen callados.

En el caso del presidente Peña Nieto, resulta por demás explicable que después de haber sido diputado local del estado de México y secretario de Administración en el gobierno de Arturo Montiel, haya podido comprar una casa de descanso de menos de seis millones de pesos. Sobre todo considerando la generosidad en las remuneraciones en los tres órdenes de gobierno de la entidad mexiquense. Los ingresos acumulados en seis años son más que suficientes para consolidar un patrimonio, una mediana fortuna. O incluso más: el ex gobernador Arturo Montiel tiene casas en Toluca, Metepec, Atlacomulco, Ixtapan de la Sal, la Ciudad de México, Acapulco, Cancún, el Caribe francés, dos casas en España y un departamento en París. Montiel aspiraba a ser candidato a la Presidencia de la República en el 2006 y Televisa, por órdenes de Martha Sahagún, paró en seco esas aspiraciones al hacer público el asunto de las casas, mostrando imágenes de algunas de ellas.

Para colmo, el semanario británico The Economist, el mismo que llegó a considerar a Peña Nieto como uno de los más sobresalientes líderes de la actualidad, se sumó a las críticas surgidas tras la publicación de la nota en The Wall Street Journal. The Economist señala que la casa de Ixtapan de la Sal es “la última vergüenza”. Nuevamente, la información se originó en el exterior, como ocurrió en el caso de la matanza de Tlatlaya.

Con lo de la casa en Ixtapan de la Sal está creciendo, dentro y fuera de México, una percepción generalizada de corrupción, de opacidad y falta de rendición de cuentas. Y la verdad es que, insisto, el asunto se ve relativamente fácil de explicar a la opinión pública. Y, si como se afirma, hay más casas que podrían ser del conocimiento público, habría que coincidir con la letra de Juan Gabriel: “Pero qué necesidad”.

A todo esto hay que agregar una noticia que se dio a conocer el viernes pasado: Carlos Slim compró The New York Times, considerado el más importante diario norteamericano. ¿Qué tiene que ver esto con el gobierno de Peña Nieto? Mucho. Para nadie es un secreto que hay una muy estrecha relación entre el Ing. Slim y Andrés Manuel López Obrador. Se hicieron muy amigos cuando AMLO fue jefe de gobierno de la Ciudad de México y le otorgó multimillonarios contratos de obra pública a Slim, uno de los hombres más ricos del mundo. Así, el diario neoyorkino se podría convertir en plataforma de crítica al actual gobierno, preparándole el terreno al político tabasqueño que aspira a ser nuevamente candidato presidencial en la elección del 2018, si su salud se lo permite, como él ha dicho en varias ocasiones. Por cierto, no dejó pasar el tema de la casa de Ixtapan de la Sal. En un evento en Puebla señaló que “es una pena ver cómo se deteriora la imagen de México en el exterior debido a la corrupción en el gobierno de Enrique Peña Nieto”.

Así están las cosas en la coyuntura política. Un dato más: los expertos de la Universidad de Innsbruck en Austria, llegaron a la conclusión que todo mundo esperaba: no es posible obtener el ADN de los huesos que les fueron enviados para su análisis. Tenían un exceso de calor. Supuestamente pertenecían a algunos de los normalistas desaparecidos (en realidad asesinados, como ya es del dominio público) en Cocula, Guerrero. El tema seguirá siendo pretexto para los grupos radicales que se han convertido en vándalos, ante la impotencia de autoridades de los tres órdenes de gobierno que en el mejor de los casos observan a los delincuentes; en el peor, los ayudan.

En este espacio he comentado que, desde mi punto de vista, el principal problema de México desde la Independencia (incluso antes) es la desigualdad social. Y el principal problema desde la Revolución hasta nuestros días es la corrupción. Los liberales no eran corruptos. Juárez era un ejemplo de austeridad. Incluso algunos de los personajes vinculados a la Revolución, como el maestro José Vasconcelos, eran profesionales que vivían de su trabajo. En alguna ocasión recorrió Europa durante varios meses, sosteniéndose con los artículos que publicaba en El Universal. Hay un chiste en boga: el único presidente de México que no robó a manos llenas fue el general Álvaro Obregón… porque era manco. La verdad es que sí le metió la mano al cajón, como todos los sonorenses, con excepción de don Adolfo de la Huerta, que pasó sus últimos años en Los Ángeles, dando clases de canto. Obregón decía que no había quien resistiera un cañonazo de 50 mil pesos (eran pesos en oro). A precios actuales deben ser unos 75 millones de pesos. No hay quien resista un cañonazo de esos. Incluso por menos hay quienes se prestan a lo que sea. Viéndolo bien, el tema de las casas es “peccata minuta”. Imagínese usted: en una obra como el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en la que están de por medio miles de millones de pesos, no faltarán quienes se den por bien servidos con mucho menos del canónico diez por ciento. Con un solo puntito de comisión en un proyecto como ése, cualquiera puede resolver su vida y la de sus hijos y nietos. El único problema a resolver es cómo retirar de los bancos esas cantidades. Se las ingenian.