Jesús Orozco Castellanos

Cuando uno ve las grandes catedrales, las basílicas, los imponentes palacios de las capitales europeas, no puede dejar de pensar en la enorme cantidad de conocimientos técnicos que se requirieron para ese tipo de construcciones. Aún hoy, con toda la tecnología y el acervo arquitectónico disponible, resulta difícil entender cómo fue que el arquitecto italiano Filippo Bruneleschi diseñó y construyó el domo de la catedral de Florencia. Esas gigantescas estructuras que apuntaban al cielo, requerían una cimentación adecuada y un cálculo preciso del peso y los espacios. Jamás se les cayó una, salvo la basílica original de Santa Sofía en Constantinopla (la antigua capital de Bizancio), hoy Estambul. Además, se daban el lujo de decorar los interiores con esculturas y pinturas de la más alta calidad. Lo mismo ocurrió en el continente americano. Los conquistadores españoles y portugueses construyeron en América imponentes obras que se han incorporado al patrimonio cultural de la humanidad. Baste mencionar la iglesia de Santo Domingo en Oaxaca, verdadera joya del barroco americano. También es el caso de la capilla del Rosario en Puebla. Otras edificaciones, que no se distinguen precisamente por su riqueza artística, son verdaderamente monumentales, como la iglesia de Aparecida en Brasil. Se dice que le caben 100 mil personas. Era más o menos el aforo del circo romano y del hipódromo de Constantinopla. Para darnos una idea más cercana, el estadio azteca tiene cupo para 114 mil personas sentadas.

Nada de eso hubiera sido posible sin los conocimientos de matemáticas y geometría que nos heredaron los griegos, sin el alfabeto de los fenicios, sin la numeración arábiga y sin el sistema métrico decimal. Este último tuvo que ser adoptado por la NASA en Estados Unidos. Para los viajes interplanetarios resulta impensable atenerse a un código numérico tan imperfecto como el sistema inglés de pesas y medidas. Lo mismo ocurre con el sistema español de varas, leguas, arrobas, solares, sitios, caballerías. Y qué decir del sistema tradicional que todavía se utiliza en algunos de nuestros pueblos indígenas: los granos se pesan por medio de cuartillos (cubos de madera a los que les cabe aproximadamente un kilo y medio) y las distancias pequeñas se miden a cuartas. Y qué decir también de los números romanos: no tienen decimales. Es punto menos que imposible usar esos sistemas en el mundo actual de la nanotecnología en el que se usan medidas que representan millonésimas de milímetro o de miligramo. Resultan imperceptibles incluso mediante el uso de microscopios electrónicos. Imagínese usted cuál sería una millonésima de libra o de pulgada. Los ingleses mantienen su sistema, por imperfecto que sea, porque tienen un respeto ancestral por sus tradiciones. A duras penas decidieron incorporarse a la Unión Europea pero mantienen la libra esterlina como su moneda oficial en lugar del euro. Son tan conservadores que los escoceses optaron recientemente por mantenerse dentro de la Gran Bretaña, seguramente para seguir disfrutando de los beneficios del sistema de seguridad social de los ingleses, uno de los mejores y más caros del mundo.

Por otra parte, en la escritura antigua se utilizaban sólo mayúsculas. Las minúsculas aparecieron hasta la Edad Media. La combinación de mayúsculas y minúsculas permitió que la escritura tuviera fluidez. Eso facilitó la tarea de los copistas de los monasterios, que se dieron a la tarea de recuperar el legado literario de los griegos y los romanos. Gracias a ellos conocemos los Diálogos de Platón, la Física de Aristóteles, las Catilinarias de Cicerón y las Meditaciones de Marco Aurelio, entre otras obras.

Es una falacia pensar que la Edad Media fue una época de oscurantismo en la que la cultura brilló por su ausencia durante mil años. Nada más alejado de la verdad. Gracias a la obra minuciosa y paciente de los copistas en los monasterios, fue posible establecer un puente valiosísimo entre la era antigua y la moderna. Además, los pensadores más brillantes como Santo Tomás de Aquino, se las arreglaban para dictar a la velocidad de su pensamiento; él disponía de cuatro o cinco copistas a los que les dictaba simultáneamente. Después unía los fragmentos y así formaba sus libros. Y son verdaderas joyas de la teología y la filosofía. Su sistema de dictado suponía una agilidad mental fuera de serie. Por algo se le considera un genio. Y también fue un hombre que vivió de acuerdo con el código de ética en el que creía. Se dice que sus padres no querían que se convirtiera en monje. En algún momento le llevaron a su habitación una prostituta para ver si las tentaciones de la carne lo convencían de seguir un camino distinto. Tal vez sea leyenda pero cuentan que se enfureció y tomó una silla para sacarla de su cuarto a golpes. Lo cierto es que permaneció fiel a su vocación y gracias a ello podemos apreciar sus grandes obras como la Suma Teológica o la Suma contra los Gentiles. Fue uno de los pilares del pensamiento medieval.

Y en la Edad Media no sólo hubo grandes pensadores. Se construyeron también iglesias imponentes como la ya mencionada basílica de la Santa Sabiduría en Constantinopla; en Roma: San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros, San Pedro (destruida por el papa Julio II en el siglo XVI para construir la impresionante basílica actual), Santa María la Mayor; en Francia: Nuestra Señora de París y la catedral de Chartres; en Alemania la catedral de Colonia. Son sólo algunos ejemplos de la excelencia de la arquitectura medieval. Algunas de esas iglesias han sobrevivido a lo largo de 1,600 años. Ha habido cambios en la decoración pero las estructuras son las mismas.

Recuerdo que cuando estábamos en la universidad, como no había computadoras, fotocopiábamos los libros y recortábamos con tijera los fragmentos seleccionados para elaborar los trabajos que nos encargaban. O sea que nos parecíamos ligeramente a Santo Tomás, pero sólo en el recorte. No teníamos ni su talento ni sus virtudes personales.

En fin, la cultura no le hace daño a nadie. Sólo Don Quijote se volvió loco por leer tantos libros de caballería, pero no olvidemos que es ficción, obra de don Miguel de Cervantes, uno de los más grandes genios de la literatura universal. A propósito de cultura, en el diplomado sobre Historia del Arte Sacro que estoy tomando en la Universidad Pontificia de México, hay varios jóvenes. Sobresale por su inteligencia y agudeza la hija de un buen amigo mío. Es muy alentador que la juventud se esté preparando para elevar su nivel de conocimientos. Con frecuencia nos quejamos de que los jóvenes no leen. Afortunadamente no podemos ni debemos generalizar. El hecho mismo de que estén surgiendo nuevas instituciones de educación superior, es muestra del interés creciente de un sector de la juventud por mejorar su formación académica. Y como no todo mundo dispone de los recursos para viajar y conocer “in situ” las grandes obras de la arquitectura universal, existe una gran cantidad de literatura impresa y de materiales audiovisuales que nos permiten apreciar los tesoros del mundo sin tener que desplazarnos. Y más ahora que disponemos del internet, esa maravillosa herramienta que pone a nuestro alcance, casi sin límites, el acervo del conocimiento humano.