Por J. Jesús López García

A lo largo de la historia de la arquitectura en todo el mundo y en cualquier época, de manera alterna a las corrientes dominantes, a las técnicas constructivas y modos de composición recurrentes, se aprecian de vez en cuando objetos arquitectónicos que presentan como rasgo principal, el de la extrañeza. Son edificios que tienen cierto encanto a partir más que de sus características plásticas, compositivas, ideológicas, estructurales o significativas, en su situación de singularidad.

Hay de rarezas a rarezas, las construcciones que el poeta y escultor escocés Edward Frank Willis James (1907-1984) realizó en Xilitla, en la Huasteca potosina, poseen en su origen mismo la visión de crear algo extraño en un paraje natural sumamente rico. El resultado es casi onírico, surrealista, parecido a lo representado en las obras de la pintora y escultora inglesa Leonora Carrington (1917-2011), o a construcciones antiguas como uno de los cinco observatorios astronómicos: el Jantar Mantar de Jaipur en la India que mandó levantar el maharajá Jai Singh en 1728, con sus formas geométricas y sus colores encendidos contrastados con un paisaje, ésta vez, desértico.

El conjunto de James y el observatorio de la India poseen motivaciones en su fábrica muy distintas: el primero es una composición escultórica, proyecto artístico y estético muy personal de un excéntrico y adinerado hombre escocés; el segundo posee fines matemáticos y científicos perteneciente a una comunidad cuya cultura ancestral arraigada en el pensamiento exacto y en la observación de los astros inspiró a grandes hombres de la Antigüedad de la talla de Pitágoras. Aun así, ambos sitios paisajístico–escultórico–arquitectónicos poseen ese halo de extrañeza que sujetos a interpretaciones culturales, cronológicas o estéticas diversas, comparten esa esencia de extravagancia que les distingue del resto del acervo arquitectónico mundial.

Sin embargo también existen piezas extrañas que no son tan deslumbrantes, o mejor dicho, tan ajenas a toda tradición al menos inmediata. Obras arquitectónicas que se pueden inscribir en tendencias o estilos definidos aunque se encuentren en su periferia, o dentro de los objetos de difícil clasificación de esas tendencias o estilos. Poseen algunos de sus rasgos de manera pura, así como con características hibridadas y de peculiaridades, tendencias o estilos antitéticos, hay interpretaciones o elementos libres de toda catalogación, o simplemente el uso al que atendían les hizo ser modelos casi únicos.

Para algunos de esos ejemplares, el azar o el buen tino de alguien les hizo irrepetibles o casi icónicos, tal es el caso del «Cabaret L’Enfer» (Cabaret del Infierno) en Montmartre, por Antonin Alexander en el París de fines del siglo XIX y principios del XX. Con su fachada luciendo una puerta definida por un gran mascarón del Diablo, capturada por Eugène Atget y otros fotógrafos y que, aun hoy, a 68 años después de su demolición, es símbolo del ocio desenfadado de aquella ciudad, que con ese edificio ejemplificaba la decadencia de un estilo de vida que ya se estaba agotando y de una arquitectura no sujeta a otro canon que el del impacto visual para llamar la atención.

Hay rarezas mucho más discretas, propiciadas tal vez por cierta ingenuidad de constructores y patronos de la obra, donde el tanteo suple al conocimiento y que curiosamente, les añade ese toque de diferencia que puede acrecentarse aún más al paso de los años. Es el caso del inmueble que se ubica en donde culmina la avenida Alejandro Vázquez del Mercado esquina con la calle Primo Verdad y en la desembocadura a la avenida Héroe de Nacozari. En la finca se perfilan los rasgos del Art Déco en su simetría en la superficie del edificio que se encuentra en la esquina del vértice. Líneas rectas en sus ornamentos y un disco extraño en su eje de simetría aluden a la tendencia, la disposición de acuerdo a la variación «paquebote» del Déco también es propia del estilo, pero su masividad que parece evidenciar más su parecido a la proa de un barco y sus proporciones donde la planta de abajo es demasiado peraltada en comparación con los otros dos niveles terminan por darle un toque extraño a ese apartamento con local inferior. La casa tal vez no sea una construcción que llame la atención con estridencia, sin embargo definitivamente mueve a una discreta curiosidad. El mismo edificio en una ubicación más vistosa, o donde su disposición permitiese una percepción más amplia, sería definitivamente observado como un objeto más interesante y también más excepcional pero así como está, posee las características de lo difícil de clasificar en un primer intento.

Esta clase de obras son pequeñas piezas que rompen la monotonía que imponen los jacalones destinados a comercios varios que la construcción moderna favorece gracias a su formulismo constructivo obediente a una economía apretada. Son edificios que revelan el intento por hacer algo nuevo. Si se logró o no es independiente de la sensación de extrañeza que pueden suscitar. Sin duda alguna que el bloque es de una riqueza notable que bien vale la pena admirar con solo ir por el sitio mencionado.

¡Participa con tu opinión!