Por J. Jesús López García

La ciudad que conocemos es una localidad que borra y vuelve a dibujar sus contornos de manera constante incluso los edificios, calles y demás espacios públicos que percibimos casi como inmutables, van experimentando adiciones, sustracciones, modificaciones, cuando no, demoliciones en diversa escala. En urbes donde el patrimonio arquitectónico y urbano tiene un mayor peso, ese fenómeno parece mitigado, sin embargo, en un ejercicio de reconocimiento histórico, podemos mencionar que eso es una especie de cuidado en la preservación ciertamente reciente, y que incluso ese, puede algún día dejar de brindar su protección. Vemos casos como la ciudad de Roma que padeció su destrucción constante hasta que en el siglo XVIII se revaloró su indiscutible aportación a la arquitectura occidental, se le tomó como paradigma para fundamentar el neoclasicismo y se convirtió en objeto de estudio para la naciente disciplina de la arqueología, pero incluso en su apogeo como Caput Mundi -la Cabeza del Mundo- durante su pasado imperial, la capital estuvo siempre en un constante proceso de cambio.

Tan importante como lo que se construía, era lo que se demolía; todo era un gesto simbólico, social, político y/o económico. Una vez asesinado Nerón por un golpe de Estado, su increíble palacio, la Domus Áurea -o Casa de Oro-, se cubrió con escombros por orden del emperador Trajano, lo que permitió que algunas de las zonas del conjunto permanecieran intactas hasta el momento en que se descubrieron en el siglo XV.

Las ciudades como en el caso de nuestra Aguascalientes, han estado siempre sujetas a cambios de todo tipo. En tiempos virreinales, la burguesía construyó o ayudó a levantar obras pías más que edificios para la vivienda o uso particular; es por ello que de aquel periodo histórico, lo que más hay en el patrimonio construido son templos o espacios religiosos más que casas, casonas o palacetes. Los edificios civiles y la traza urbana eran sujetos a una modificación permanente, e incluso los mismos inmuebles religiosos del periodo novohispano en nuestra ciudad muestran algunas señales de intervenciones, cambios y sustituciones de elementos posteriores a su periodo inicial o principal de construcción.

Por su parte, los edificios domésticos, si no eran levantados en piedra, prerrogativa de los estamentos más acaudalados que en la vieja Villa de la Asunción eran una minoría, se construían en adobe, material que no tenía una durabilidad muy larga y que por tanto, requería un mantenimiento constante o un proceso de reconstrucción periódico. Al emplearse nuevos materiales y técnicas constructivas a partir del siglo XVIII, los edificios aumentaron en durabilidad y disminuyeron en sus cuidados de mantenimiento, pero ahora es el precio del suelo y el potencial de uso, entre otros, lo que produce el desarrollo de intervenciones de demolición, sustitución y modificación.

Transitando por las calles de nuestra ciudad, para quienes superamos los treinta años, es común encontrarnos con edificios, lotes baldíos u obras en proceso de construcción donde no hacía tanto tiempo estaba algún inmueble que hasta no hace mucho pensábamos seguía en el sitio; puede ser que lo demolido no nos ocasionase algún sentimiento desagradable, incluso de sorpresa. Hay ocasiones que los arquitectos evocamos un edificio de cierto valor arquitectónico notando que el sustituto es de menor calidad y que su aportación a la disciplina arquitectónica es nula, pero también hay ocasiones en que seamos arquitectos o no, lamentamos la pérdida de alguna finca querida por ser parte de los recuerdos o un fragmento de la vida por haber transcurrido en ella, parte de nuestra existencia; el cambio es imparable para desgracia o fortuna.

En la mancha urbana existen un sinfín de ejemplos de lo mencionado, tal es el caso de una finca, que si bien no está en una condición constructiva precaria -por el contrario se percibe bien constituida y fabricada-, poco a poco empieza a ser escondida por la plaga de anuncios, marañas de cables y otros objetos que pese a su ligereza realmente dan cuenta de que ese edificio comienza a ser apartado de la vista y de la memoria pública.

Ese proceso ni siquiera es del todo consciente, es sólo un reflejo más de la rentabilidad -o ausencia de ella-, que de manera gradual comienza a buscar para los inmuebles oportunidades de mejora. Este en particular, ubicado en la avenida Adolfo López Mateos, cercano a la esquina con Josefa Ortiz de Domínguez ha llamado la atención desde que se levantó, dadas las características plásticas y espaciales, sobre todo su vestíbulo lateral cubierto por una losa reticulada a doble altura con la escalera helicoidal que presenta una progresión almenada; muros de ladrillo aparente, paramentos aplanados y el concreto aparente en la circulación vertical y la cubierta sobre de ella del acceso principal, conviviendo en una construcción tardo moderna que empieza a mostrar las licencias de la posmodernidad de los años ochenta o principios de los noventa. Un edificio que es deseable perdure en el tiempo por mostrar aspectos interesantes. En vista de la incertidumbre de perdurabilidad de este tipo de inmuebles, permanezca lo expuesto como testimonio de su existencia.

 

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