Las democracias carecen de viabilidad si sus ciudadanos no las comprenden.

Giovanni Sartori

 

Imagínese que usted y mil personas más están presenciando cómo una presa se encuentra al borde del colapso; las grietas dentro del muro avanzan sin obstáculo minuto a minuto, en eso, una persona propone reforzar el acantilado colocando costales de arena y en cambio, otra propone evacuar el lugar de manera inmediata. El caos se genera, queda poco tiempo para deliberar, la gente vota por permanecer en el lugar, construyen la barricada de sacos de tierra, ésta es insuficiente y todos mueren.

Siguiendo con el catastrófico escenario de la presa, ahora supongamos que una persona propone utilizar los costales de arena para reforzarla, mientras que otro, intenta advertir la insuficiencia de esa acción pero se le prohíbe emitir su opinión y en consecuencia, se da el mismo mortal resultado que en el primer caso.

Como apreciamos, el primero, propio de una sociedad democrática, mató a sus integrantes, y el segundo, propio de una autoritaria, también; sin embargo, las dos guardan diferencias fundamentales, en aquél existió la libertad y en éste no.

En la actualidad no son pocas las sociedades que se encuentran desilusionadas de la democracia, acusándola de ser un instrumento fallido para la generación del bienestar, la protección de la libertad y la tutela de la justicia; esta condena, motivada por una reducida y errónea comprensión del concepto sumada a la prostitución que éste ha sufrido, se encuentra alejada de la razón.

Giovanni Sartori en su ensayo ¿Qué es la democracia?, amplía la concepción de democracia y superando la óptica instrumental y añadiendo una valorativa, la entiende como un ideal, es decir, como una “reacción frente a lo real y que, por lo tanto, su quehacer es contrastarlo”; así, la democracia podemos verla como una brújula, como una estrella cargada en su interior de los valores de la libertad, la justicia y la igualdad, que se constituye en orientadora del comportamiento social.

La mala práctica que se haga de ella, su perversión en demagogia y los cientos de intentos reales fallidos, no legitiman que se le reclame; como tampoco, el desencanto que generen sus resultados. La democracia tiene ideas y no hechos. La democracia no es meta sino camino.

Al respecto, en el mismo ensayo citado con anterioridad, este brillante pensador italiano manifiesta: Las democracias, en su gris actuar cotidiano, con frecuencia merecen poco crédito. Pero lamentarse de su actuación cotidiana es una cosa y descreditarlas por principio, otra. Hay un descrédito merecido y otro inmerecido: el que deriva de un perfeccionismo que sin tregua aumenta mucho la apuesta. La ingratitud que parece caracterizar al hombre contemporáneo es la desilusión que acompaña con frecuencia a los experimentos democráticos. El verdadero enemigo que amenaza a una democracia, que oficialmente no tiene enemigos, está en reclamar una democracia perfecta, lo que puede debilitar y derribar la que realmente existe.”

Incluso, aun cuando sabemos que cualquier sistema democrático vive una constante lucha por su permanencia, que adolece de ciertas conjugaciones que fácilmente lo puede llevar a su perversión y a su extinción y que nadie a la fecha ha logrado su perfección, ni siquiera estas duras realidades pueden refutar a los sólidos principios de la democracia, justo porque aquellas hablan de actos y éstos de ideas. Por más tediosa o compleja que resulte en la práctica, la democracia como concepto valorativo seguirá siendo el óptimo ideal. Las condiciones humanas llenas de torpezas e inmoralidades jamás serán argumento para debatir a la forma política.

En donde sí se vale la crítica y sobre todo se recibe la propuesta, es en el campo de la democracia práctica o empirista, es decir, en un momento espacial determinado, con sociedad definida: ¿Cuál es el mecanismo eficaz que nos permite lograr los postulados democráticos?

Por ejemplo, no sólo México, sino la mayoría de las democracias contemporáneas occidentales están sufriendo gradual y sistemáticamente, un aumento en la crisis de representatividad de sus sistemas, en otras palabras, en el mundo cada vez son menos los ciudadanos que viviendo en democracias, se sienten representados por las autoridades y cada vez son más los que prefieren participar directamente mediante su opinión gracias a los avances tecnológicos, en lugar de hacerlo a través de la intermediación de algún representante.

Debemos pensar en nuevas reglas para nuevas realidades pero invariablemente sustentadas en la democracia.

@licpepemacias