Josemaría León Lara Díaz Torre

Así como se pone el sol al terminar el día para dar paso a la noche con su luna, así también habrá de caer la luna para dar paso a un nuevo día; un ciclo que se renueva al paso de veinticuatro horas, confirmando la regla de que todo lo que empieza, tiene que terminar. Y eso es precisamente lo que está por suceder con el primer inquilino de Los Pinos, quien desde el ocaso puede observar el final de su era. Pues a poco menos de un año para que se lleven a cabo las elecciones que habrán de ungir a su sucesor, el presidente Peña y su administración, cada día que pasa se alejan más del interés colectivo.
Supongo que todo gobernante al comenzar su mandato tiene en mente lo que será su posible legado, aquello por lo cual el pueblo los recordará y los libros de historia inmortalizará. Seguramente lo que llegó a tener Don Enrique en diciembre de 2012, está bastante lejos de lo que con su gobierno pudo lograr; y es que la presidencia peñista de facto ya tiene sus días contados, pues solo le queda ser un administrador silencioso los meses que le restan como primer mandatario. La historia quizá nunca le haga justicia a Enrique Peña Nieto, recordándole por sus errores y olvidando sus aciertos por muchos o pocos que estos sean.
Por otro lado los motores ya están más que calientes, se acerca la carrera más peleada de este mundo fantástico al que llamamos política en México. Quedaron ya muy lejanos, aquellos años dónde el partido oficial nombraba a su candidato y lo convertía en virtual presidente electo del país, sin ni siquiera tener que hacer campaña, de un modo u otro, el elegido, tomar su lugar correspondiente como el tlatoani en turno. Afortunadamente en las últimas tres décadas, en México hemos ido conociendo lo que aparentemente es la democracia; ciertamente debatible y siempre criticable, pero quienes antes no tenían voz ahora la tienen y quienes antes no podían ni aspirar a gobernar, ahora lo hacen.
La posibilidad real de rompimiento con un sistema producto de un supuesto ideal revolucionario, tomó lugar en el mes de julio del año 2000; aunque en el 2012 decidiéramos comprobar el famoso refrán de: chango viejo, no aprende maroma nueva. Ahora estamos en condiciones para reconocer y verdaderamente aprender la lección de nuestros errores históricos, pero para ello hace falta mucho más que buenos discursos, de buenos perfiles y sobre todo de buenas intenciones; puesto que la solución que todos buscamos, no se encuentra en una sola persona, aunque cada vez más y más mexicanos así lo crean.
La popularidad de López Obrador y su pseudónimo “Morena” van en aumento cada día que pasa, lo que lo convierte en el potencial ganador de las elecciones presidenciales del próximo año; y a pesar del hartazgo ciudadano que este señor utiliza como bandera, también es cierto que los que sí son partidos, no tienen absolutamente nada en concreto que ofrecerle a la ciudadanía. Aunque es necesario reconocer que al menos en el PRI ya se están poniendo de acuerdo, lo que momentáneamente podría sacar de la ecuación a PAN y PRD.
Y es que en el caso del PAN, están perdiendo tiempo demasiado valiosísimo que difícilmente podrán recuperar. Ver a Acción Nacional tan dividido, tan lleno de pugnas internas y enfrascado en protagonismos absurdos, solo deja pensar que sus posibilidades para recuperar la presidencia en 2018 son cada vez menores. Y de lo que quedó del PRD, pues el panorama no podría ser peor, pues dicen los que saben, que si no va en alianza a las elecciones federales, es momento de que vaya cavando su propia tumba.

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@ChemaLeonLara