José Luis Gómez Serrano
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En 1897 Lenin fue desterrado a Siberia durante tres años por sus actividades subversivas; una condena relativamente leve: tendría que vivir en un pueblo elegido por las autoridades, pero le daban dinero para que pagara alojamiento como pensionista, era libre de recibir correspondencia y visitas. Lo primero que hizo al llegar al destierro fue averiguar quién tenía la mejor biblioteca en el pueblo, se hizo su amigo y aprovechó el tiempo para leer y estudiar. También podía recibir libros, y sus amigos lo proveían de las últimas novedades en socialismo publicadas en Alemania (Lenin sabía inglés, francés y alemán). En esos años, disponer de una biblioteca era el único camino para leer y aprender; la gente tenía excusa para ser ignorante: las fuentes de conocimiento no estaban al alcance, principalmente las comunidades rurales; el analfabetismo era superior al 50% en México, muy poca gente iba a la universidad.

Pasa un siglo, el conocimiento en todas las áreas está en el internet, y cada uno de nosotros carga con la biblioteca en su bolsillo, el teléfono, que instantáneamente nos comunica a cualquier sitio, para leer sobre cualquier tema, porque toda la sabiduría del pasado y la que se acumula día con día, están en el internet. Es pertinente la pregunta: ¿somos ahora menos ignorantes que en 1897?

Junto con la “sabiduría”, es decir los sitios dedicados a divulgar el conocimiento como Wikipedia, hay una infinidad de lugares dedicados básicamente a la gratificación personal: chismes, sexo, música, películas, compras en línea, comunicación instantánea, más algunos dedicados a la autogratificación como fb, donde cualquiera crea su página en cinco minutos y está listo para competir con George Steiner, que ha publicado veinte libros pero no tiene página. Y sucedió lo que tenía que suceder: la humanidad en su conjunto, en vez de buscar y detenerse en las fuentes de conocimiento para abrevar de ellas, se brinca a lo divertido y se estaciona ahí.

Como resultado final, los sitios dedicados al entertainment avasallan con su presencia y monopolizan el tiempo de los visitantes. Las razones son entendibles, es más fácil vender una película pornográfica que escribir un libro (lo sé nada más de oídas, yo solamente he escrito libros), hay más dinero en la banda sinaloense que en las óperas de Verdi, para la gente es más fácil chatear atentando contra el idioma que refinar una carta, línea por línea, para que adquiera la perfección deseada.

La Naturaleza se rige por leyes minimalistas, algo así como “seguir la línea del menor esfuerzo”. Cuando vaciamos un bote de agua en la tierra poco a poco, el agua va buscando un camino entre las piedras, que siempre es en la dirección donde el suelo está más bajo; si lo decimos de otra manera, los ríos corren hacia el mar y no hacia la montaña. La ley minimalista es aprovechar la energía potencial de la gravedad, corriendo el agua hacia abajo y dispersando un poco de esa energía en el camino. La cuerda se rompe por lo más delgado, no por lo más grueso. Engordamos del estómago primero y después del tórax, porque las costillas detienen (durante un tiempo) el proceso de engordar y nuestra querida panza no tiene nada que la sostenga. Así actuamos los humanos: ante nosotros está el whatsapp y un artículo que nos indicó el profesor había que estudiar; la tendencia es irse hacia lo fácil, a chatear con los amigos “qué difícil está el artículo”, aunque no lo hayamos leído.

En 1910 algunos afortunados sabían cómo tocaban los grandes pianistas, porque habían escuchado a Liszt, Busoni, Anton Rubinstein, Rachmaninov, von Bülow; ellos describían la maravilla del sonido producido, cómo hacían cantar al piano, si el efecto era mágico o arrebatador. Después se formaban las leyendas, y así nos llegan ahora en forma fragmentaria, para que imaginemos como tocó Liszt. Era una época en que la única forma de escuchar música en una casa era tocarla: el piano era un objeto habitual en la sala, alguien de la familia tocaba, invitaban al pianista del pueblo para que los deleitara. Si tú querías oír música, tenías que aprender a tocar o buscar alguien que tocara para ti. Era la época de las leyendas acerca de los grandes intérpretes.

Un siglo después, la música está en todos lados, tan ubicua como el internet, y las casas de discos se han preocupado por restaurar las grabaciones viejas de Rachmaninof, von Sauer, Hoffman, Busoni y todas las leyendas de pianistas que grabaron a principios del siglo XX. Escuchamos grabaciones menos perfectas que las hechas ahora, pero son vehículos maravillosos para darnos una idea de qué tan grande era el arte de Rachmaninof. Teniendo ese recurso a la disposición, puede utilizarse como un gran aliciente para estudiar el piano y perfeccionar el cantábile que uno consigue en, digamos, la Serenata de Schubert; o bien, nos sentamos plácidamente y disfrutamos de la maravilla de escuchar a Rachmaninof. ¿Qué es más fácil? ¿Tocar como Rachmaninof o escucharlo? Y así, nos vamos por la línea del menor esfuerzo y nuestro cantábile suena como tambor batiente, “tocas tan feo que me harías odiar a mi amado instrumento”, como le dijo una vez Artur Rubinstein a Stravinski, refiriéndose al sonido que producía el compositor cuando tocaba el piano.Ya no es necesario un piano y un pianista en casa para escuchar música, y hemos aprovechado esta oferta de la modernidad: en prácticamente cada casa hay equipo de sonido, pero en muy pocas hay piano, poca gente lo estudia. Lo que digo del piano puede aplicarse al canto, a la poesía, al deporte, al tema que sea: es más fácil seguir siendo espectadores que convertirnos en actores.

El internet ha puesto a nuestra disposición todo el saber y toda la diversión; hemos elegido, como grupo, la diversión.

Este cambio de mentalidad ha llegado al salón de clases. Hace cuarenta años, cuando yo enseñaba matemáticas, en la primera semana dividía mentalmente al grupo en dos: los que querían estudiar y los que no; daba clases para el primer grupo, dejaba reprobar al segundo. Los alumnos estaban atentos, yo permanecía atento para preguntarle al distraído, más otros métodos del gulag académico que eran permisibles entonces. Me dicen mis hermanos profesores que ya no es así: los alumnos están más atentos al celular que al maestro, están distraídos, son alérgicos a investigar, no se les puede llamar la atención y no se puede reprobar a la mitad porque entonces la universidad pierde su gloriosa Certificación o peor aún, el presupuesto de la Federación. Yo creo que las matemáticas, la física, ingeniería, anatomía y derecho de amparo son tan difíciles ahora como en 1980, no creo que con una atención disminuida y compartida con internet se pueda aprender mejor. Además de todo, ya no se puede regañar al alumno, porque los jóvenes tienen derechos inalienables que ningún profesor puede pisotear. El resultado son profesionistas substandard, como dicen en EUU; mediocres, en español. La complacencia en el salón de clases la paga la sociedad en su conjunto, porque en unos años esos alumnos de atención dispersa serán nuestros profesionistas.

Tuvimos oportunidad de entrevistar a varios candidatos a desarrollador de software. Eran egresados universitarios, no pasantes ni estudiantes de prepa; algunos inclusive trabajaban como profesores. Fue  una pequeña muestra de 20-25 personas, pero suficiente para constatar que el nivel académico de esos egresados era completamente inadecuado para competir en el mercado laboral del software; su nivel estaba para hacer macros en Excel, no para desarrollo en C++.

Yo no puedo decir que sea culpa del internet, porque siempre han coexistido libros y diversiones. El problema es que gracias a la ubicuidad del internet, como sociedad nos hemos trivializado, chateamos en mal español en vez de conversar, hemos aprendido a pensar y a expresarnos en términos de 140 caracteres, más que eso es enfadoso y es demasiado; estamos aquí para ser felices, dice la sabiduría contemporánea e individualista. El símbolo de nuestro tiempo es el presidente de Estados Unidos, comunicándose con el mundo a través de Twitter.

No conozco la solución, pero puedo sugerir proponer algo para mejorar: propongo Un día sin Facebook, bajo el lema menos face y más book.

Lea un libro, también se consiguen en internet.

 

 

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