Carlos Reyes Sahagún

Me escribió Gloria Isabel Rodríguez Cortés a propósito de lo afirmado aquí en la entrega anterior, sobre la Biblioteca Central Centenario Bicentenario. Ella considera que no fue acertado disminuir el acervo de la Biblioteca Jaime Torres Bodet de la manera en que se hizo, así como el hecho de que se haya trasladado dicha colección a la actual biblioteca central. Además opinó que Aguascalientes debería contar, no con uno de estos establecimientos, sino con varios, en pareceres con los que estoy de acuerdo porque independientemente del crecimiento demográfico hacia las orillas, el corazón de la ciudad, donde se encuentra la Torres Bodet, sigue siendo una de las zonas más frecuentadas de la urbe. Y sin embargo, pensándolo bien, esta idea de una biblioteca central me parece… un tanto nebulosa, ficticia porque en rigor, ¿qué debe tener una biblioteca para que sea llamada central? ¿Será una biblioteca general, con un poco de todo pero nada a profundidad?; ¿una biblioteca escolar, básica o de educación superior? ¿Un establecimiento que tenga aquello de lo que carecen otras, más pequeñas? Pero ¿bajo qué criterio se constituiría, así como para merecer este título? Porque, como se verá en próxima entrega, esta biblioteca central, de ninguna manera es general, y más bien está enfocada hacia las artes y la historia. ¿Será cuestión del número de volúmenes?

En fin… que eso lo decidan los responsables. Por otra parte, Gloria Rodríguez me dice también que “en cuanto a que si se trató de una decisión visionaria –la de establecer la nueva biblioteca central en donde se encuentra–, pues habría que saber como para cuántos años a futuro fue esta visión, porque la nueva biblioteca no está recién inaugurada”. Finaliza informándome que ya existe una ruta de transporte urbano “que pasa por ahí, porque sinceramente caminar por esa zona cuando hay sol, es insoportable”.

La verdad es que estos planteamientos serían motivo de abundantes desarrollos; como por ejemplo, de una reflexión sobre la naturaleza y eficiencia de las políticas públicas encaminadas a promover la lectura y, consecuentemente, la proliferación de bibliotecas públicas.

Este asunto tiene un lado oscuro, que aquí he omitido a propósito por, como dice mi amigo Bernardo Turnbull Plaza, hacer triunfar el optimismo sobre la experiencia… Desde luego, nada de lo que aquí he afirmado sobre los libros y las bibliotecas dista de la realidad; o por lo menos de mi visión de ella pero, como digo, hay un lado oscuro según el cual miles de libros languidecen en las estanterías de las bibliotecas, cual vírgenes despreciadas a la espera de amantes que las hagan suyas. Libros antiguos con páginas sin cortar, esperando lectores que nunca llegan porque señora, señor, hoy en día todo conspira en contra del esfuerzo intelectual que significa leer, abstraer, comprender, reflexionar; todo en el contexto de una sociedad eminentemente visual, en la que la televisión campea cual león rampante.

Pero no se crea que visual de películas de Kosta Gavras, Stanley Kubrick o algún otro director que en sus largometrajes convoque la reflexión sobre la condición humana y la situación social, o pinturas de Pablo Picasso, Diego Rivera, etc., no. Visual de telebasura y de jueguitos de teléfono móvil o comentarios banales en cara de libro; visual de estar mañana, tarde, moda y noche menseán… Perdón: mensajeándose.

¿No le parecería, aplaudido lector, que un libro cerrado es como una voz acallada, amordazada; que hay que abrirlo y posar los ojos en sus líneas para que esa voz aprisionada entre sus páginas se libere y se haga escuchar?

Esto me recuerda un par de cosas, en primer lugar, un cartón que vi hace unos días, en el que aparecen una televisión y un libro que dialogan. Este dice: yo soy exigente, a lo que aquella contesta: yo no… En segundo lugar, está el ingenioso anuncio espectacular de la Librería Gandhi, ese que dice hidrocaleídos… Me acuerdo que la primera vez que lo vi pensé en lo que pasaría si la mayoría leyéramos; si, como sociedad, erradicáramos la ignorancia a punta de libros leídos.

Como si se tratara de un monstruo de mil cabezas, existen en la sociedad personas y organizaciones que se esfuerzan para promover la lectura, pero también existen otras fuerzas, ocultas y quizá hasta inconscientes, que actúan en sentido contrario, por más que se diga otra cosa porque señora, señor, una sociedad cuyos miembros se ilustran, se informan; se vuelve crítica, exigente, en una actitud que no gusta a quienes detentan el poder. Una sociedad de lectores tiene grandes probabilidades de convertirse en una sociedad de ciudadanos; auténticos ciudadanos, y no acarreados y/o clientes de políticas que no sólo no erradican la pobreza, sino que garantizan su existencia y alimentan a los partidos.

En este sentido, la medida de nuestro progreso está dada, sí, por la economía, las fábricas, comercios y servicios; por el equipamiento urbano de que disfrutamos, etc., pero también por la ingente cantidad de pedigüeños en los semáforos…

Por otra parte, sería interesante invertir algunas horas; algunas entregas de esta columna, a reflexionar a propósito de decisiones gubernamentales que en el momento de ser tomadas resultaron controvertidas y/o absurdas e impopulares, pero que a la vuelta de los años demostraron su bondad, como por ejemplo el trazo y construcción de las avenidas Circunvalación y López Mateos, que tanta polémica y oposición generaron en su momento y que, me parece, es el caso de esta biblioteca central. Pero, como digo, quizá se trate de un triunfo del optimismo sobre la experiencia.

En cuanto al transporte urbano que transita por las inmediaciones de la Biblioteca Centenario Bicentenario, de seguro que hace parada en el CRIT, por la avenida Heroico Colegio Militar, que está muy cerca de la biblioteca. Lo más sencillo será caminar por ahí a despecho del sol, deteniendo sus rayos y calor con un parasol, aparte de que buena falta que nos hace caminar. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).